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martes, 8 de marzo de 2022

Mi Madrina la Policía

 

Las tetas y el culo de mi Madrina, la policía

Obsesionado desde niño con mi madrina, al cumplir la mayoría de edad me convierto en un problema para mis padres. Desesperada, mi madre le pide a su comadre policía que le ayude. A partir de entonces descubro quién es en realidad mi madrina.

Desde niño, la comadre de mi madre fue mi oscuro objeto de deseo. Hasta hoy no me atreví a contar la historia que compartí con Manuela, mi tetona y culona madrina. 10 años menor que mi progenitora, recuerdo la fijación con la que la veía. El origen de mi obsesión era variado por una parte estaba su monumental anatomía pero también radicaba en que esa monada era agente de policía.

Era observarla vestida con ese uniforme que le apretaba sus enormes melones y que pensara en ella con sentimientos nada filiales. Para mí, no había nada tan sensual como verla llegar a casa de mis abuelos y que se dejara caer agotada sobre el sofá con su indumentaria de trabajo.

¿Cuántas veces me imaginé siendo detenido por ella?.....Cientos, quizás miles.

¿Cuántas noches soñé con disfrutar de esa bella agente?.... Incontables.

¿Cuántas veces me acosté con ella?.... Ninguna y jamás creí que pudiera darse el caso.

El carácter de esa morena era tan agrio como lo bella que era. La mala leche proverbial con la que mi madrina Manuela trataba a todos, hacía imposible cualquier acercamiento. Y cuando digo cualquier, ¡Era cualquier!.  Siendo una divinidad de mujer, nunca se le había conocido novio o pareja. Según mi padre eso se debía a que a que era tortillera pero según mamá, la razón que no había encontrado un hombre era por mala suerte.

-Ya encontrará un marido y tendrás que comerte tus palabras- le decía siempre defendiendo a su comadre.

Mi viejo reía y como no quería  más bronca, se callaba mientras yo en un rincón, sabía que ambos se equivocaban.  En mi mente infantil, mi madrina era perfecta y sin nunca había salido con nadie, era porque a ella no le interesaba.

“Cuando lo deseé, los tendrá a patadas”, pensaba sabiendo que esa noche tendría que masturbarme con la foto que me regaló en un cumpleaños.

Han  pasado muchos años, pero aún recuerdo esa instantánea. En ella mi madrina Manuela estaba frente a un coche azul con la porra en la mano.  La sensualidad de esa imagen la magnificaba yo al imaginar que ese instrumento era mi verga y que ella la meneaba cuando en realidad eran mis manos las que me hacían la chaqueta.

En mis horas nocturnas, mi imaginación volaba entre sus piernas mientras me decía a mí mismo que tampoco me llevaba tantos años. Lo cierto es que eso si era cierto, por aquel entonces yo tenía quince años y mi madrina veinticinco pero a esa edad,  esa brecha la veía como insuperable y por eso me tenía que contentar con soñar solo con ella.

Profesional eficiente y sin nadie que le esperara en casa, Manuela subió como la espuma dentro de la policía y con veinticinco años ya era inspectora jefe de la comisaría de Coatzacoalcos en Veracruz. Ese puesto que hizo menos frecuentes sus visitas, fue a la postre lo que me llevó a cumplir mi sueño desde niño……

Toda mi vida cambia por un maldito porro.

Acababa de empezar la carrera de derecho y como tantos muchachos de mi edad, estudiaba poco, bebía mucho y fumaba más. Y cuando digo fumar, no me refiero a los Marlboro que hoy en día enciendo sino a los canutos con los que me daba el puntito cada vez que salía a desbarrar.

Llevaba un tiempo causando problemas en casa, discutia con mis viejos en cuanto me dirigían la palabra, sacaba malas notas y lo peor a los ojos de ellos, mis nuevas amistades les parecían gentuza. Hoy desde la óptica que dan la experiencia, los comprendo: a mí tampoco me gustaría que los amigos de mi hijo tuvieran una estética de perroflautas pero lo cierto es que no eran malos. Eran…traviesos.

Hijos de papa como yo y con sus necesidades seguras, se dedicaban a festejar su juventud aunque de vez en cuando se pasaban.

Lo que les voy a contar ocurrió una madrugada en la que habiendo salido hasta el culo de pachecos de una discoteca, mis colegas no tuvieron mejor ocurrencia que vaciar los contenedores de basura en mitad de la calle. Para los que no conozcan, es una de las principales vías de acceso a la ciudad universitaria, por lo que aunque era muy tarde, había suficiente tráfico para que rápidamente se formara un monumental atasco.

La policía no tardó en llegar y viendo que éramos un grupo de diez los culpables del altercado, nos metieron a golpes a una patrulla. Envalentonado con la yerba y cabreado por la brutalidad que demostraron, fui tan pendejo de encararme con ellos. Los agentes respondieron con violencia de modo que al cabo de los veinte minutos, todos estábamos siendo fichados pero en mi caso la foto que me hicieron era una muestra clara de abuso policial.

Con los ojos morados y el labio partido, me dediqué a llamarles hijos de puta y a amenazarles con ir al juzgado. Fue tanto el escándalo que monté que el inspector de guardia salió de su despacho a ver que ocurría.

La casualidad hizo que mi madrina Manuela fuera dicho superior. Al reconocerme, pidió a uno de sus subalternos que me encerrara en una celda a mí solo.   Conociendo la mala baba que se gastaba su jefa, el agente no hizo ningún comentario y a empujones me llevó hasta esa habitación.

Yo, todavía no sabía que mi madrina estaba allí por eso cuando la vi aparecer por la puerta, me alegré pensando ingenuamente que mis problemas habían terminado y alegremente, la saludé diciendo:

-Madrina, tienes unos matones como subordinados, ¡Mira como me han puesto!

Mi  madrina sin dirigirme la palabra me soltó un putazo que me hizo caer y ya en el suelo me dio un par de patadas que aunque me dolieron no fue lo que me derrotó anímicamente sino el oírla decir a esos mismos que había insultado:

-Todos han visto que he sido yo quien se ha sobrepasado con el detenido, si hay una investigación asumo la responsabilidad de lo que pase.

Los policías presentes se quedaron alucinados que asumiera la autoría y si ya tenía a su jefa en un pedestal a partir de esa noche, para ellos no había nadie más capacitado que ella en toda la comisaría. Solo yo sabía, el por qué lo había hecho.

“¡Nunca me dejarían mis padres denunciar a mi madrina!”

De esa forma tan ruda, la comadre de mi madre cumplió dos objetivos: en primer lugar me castigó y en segundo, libró al personal bajo su mando de un posible castigo. Humillado hasta decir basta, me acurruqué en el catre del que disponía el calabozo y usando las manos como almohada, dormí la borrachera. 

Debían ser sobre las doce, cuando escuché que la puerta de mi celda se abría. Al abrir los ojos, vi entrar a mis viejos con mi madrina. Mi estado debía ser tan lamentable que mi madre se echó a llorar. Mi padre al contario, iracundo de ira, comenzó a soltarme un sermón.

-¡Vete a la mierda!- contesté intentando que se callara. Sus gritos se clavaban como espinas en mis sienes.

Al no esperárselo y ser además un buenazo, se quedó callado. Fue entonces cuando la zorra de mi madrina me agarró de los pelos y obligándome a arrodillarme, me exigió que les pidiera perdón.

Asustado, adolorido y resacoso por igual, no tuve fuerzas para oponerme a su violencia y les rogué que me perdonaran.

Mi madre llorando como una magdalena, se repetía con lágrimas en los ojos que no sabía que podía hacer conmigo. Mientras ella lloraba, Manuela se mantuvo en un segundo plano.

-¡No ves lo que nos estás haciendo!- dirigiéndose a mí, dijo- ¡Vas camino de ser un delincuente!- les juro que no lo vi venir, cuando creía que estaba más desesperada, dejó de llorar y con tono serio, preguntó a su comadre: -¿Serías tú capaz de enderezarlo?

Mi madrina poniendo un gesto de contrariedad, le contestó:

-Déjamelo un mes. ¡Te lo devolveré siendo otro!

Mi padre estuvo de acuerdo y por eso, esa tarde al salir de la comisaría, recogí mis cosas y me mudé con mi pariente.

Me mudo a casa de mi madrina.

Recuerdo el cabreo con el que llegué a su apartamento. Mi padre me llevó en coche hasta allí y durante el trayecto tuve que soportar el típico discurso de progenitor en el que me pedía que me comportara. Refunfuñando, prometí hacerlo pero en mi fuero interno, decidí que a la primera oportunidad iba a pasarme por el arco del triunfo tanto sus consejos como las órdenes que la zorra de mi madrina me diera.

“¡Ya vera esa puta!. ¿Quién se creé para tratarme así?”, pensé mientras sacaba mis cosas del maletero.

Mi pobre viejo me despidió en el portal y cogiendo el ascensor, fui directo a enfrentarme con esa engreída.

“¿Cambiarme a mí? ¡Lo lleva claro!”, me dije convencido de que aunque lo intentara no iba a tener éxito.

Tal y como había quedado con su comadre, Manuela me esperaba en el piso y abriendo la puerta, me dejó pasar con un sonrisa en la boca.

Supe al instante que esa cabrona me tenía preparada una sorpresa pero nunca anticipe lo rápido que descubriría de que se trataba, pues nada mas dejar mi maleta en el cuarto de invitados, me llamó al salón.

-Abre la boca- ordenó- quiero hacerte una prueba de drogas.

juro que al verla con el bastoncito en la mano, me llené de ira y por eso le respondí:

-Vete a la mierda.

Mi madrina lejos de enfadarse,  con un gesto de alegría en su boca, me pegó un empujón diciendo:

-¡Te crees muy machito! ¿Verdad?- y sin esperar mi respuesta, me soltó un bofetón.

Su innecesaria violencia, me terminó de enervar y gritando le contesté:

-Madrina, ni se te ocurra volver a tocarme o….

-¿O qué?- me interrumpió- ¿Me pegarías?

Sobre hormonado por mi edad, respondí:

-Nunca pegaría a una mujer pero si fueras un hombre te habría partido ya tu puta cara.

Descojonada escuchó mi respuesta y antes de que pudiera hacer algo por evitarlo, me volvió a soltar otro guantazo. Fue entonces cuando dominado por la ira, intenté devolverle el golpe pero esa mujer adiestrada en las artes marciales, me paró con una llave de judo tirándome al suelo.

-¡Serás puta!- exclamé y nuevamente busqué que se tragara sus palabras.

Con una facilidad que me dejó pasmado ese bombón de mujer fue repeliendo todos mis ataques hasta que agotado, me quedé quieto. Entonces luciendo la mejor de sus sonrisas, me soltó:

-Ya hemos jugado bastante, ¿Vas a abrir la boca o tendré que obligarte?

-¡Qué te cojan!- respondí.

Ni siquiera vi su patada. Con toda la mala leche del mundo, esa zorra me golpeó en el estómago con rapidez y aprovechando que estaba doblado, me agarró la cabeza y abriendo mi boca, introdujo el maldito bastoncito.  Una vez había conseguido su objetivo, me dejó en paz y metiéndolo en un aparato, esperó a que saliera el resultado del análisis:

-Como pensaba, solo mota- dijo y volviendo a donde yo permanecía adolorido por la paliza, me dijo: -Se ha acabado el fumar chocolate. Todos los días repetiré esta prueba y te aconsejo que no te pille. Si lo hago te arrepentirás.

No me tuvo que explicar en qué consistiría su castigo porque en esos instantes, mi cuerpo sufría todavía el resultado de la siniestra disciplina con la que pensaba domarme.   Si ya estaba lo suficiente humillado, creí  que me hervía la sangre cuando la escuché decir:

-Tu madre me ha dicho que en  mes y medio, tienes los primeros parciales y le he prometido que los aprobarías. Ósea que vete a estudiar o tendrás que asumir las consecuencias.

Completamente derrotado, bajé la cabeza y intenté estudiar pero era tanto el coraje que tenía acumulado que con el libro enfrente, planeé mi venganza.

“Esa zorra no sabe con quién se ha metido”.

Estuve dos horas sentado a la mesa sin moverme. Aunque me cueste reconocerlo, me daba miedo que mi madrina me viera sin estudiar y me diera otra paliza. Afortunadamente, llegó la hora  de cenar y por eso tuvo que levantarme el castigo y llamarme. Ofendido hasta la médula ocupé mi sitio y en silencio esperé que me sirviera. Cuando llegó con la cena, descubrí en ella a una siniestra institutriz que no solo me obligó a ponerme recto en la silla sino que cada vez que me pillaba masticando con la boca abierta, me soltó un zape.

“Maldita puta”, mascullé entre dientes pero no me atreví a formular queja alguna no fuera a ser que decidiera hacer uso de la violencia.

Al terminar, le pedí permiso para irme a la cama. La muy hija de perra ni se dignó a contestarme, por lo que tuve que esperar a que ella acabara.  Fue entonces cuando me dijo:

-Somos un equipo. Nos turnaremos en lavar los platos y en los quehaceres de la casa… Así que hoy te toca poner el lavavajillas mientras yo acomodo el salón.

Sintiéndome su puto criado, levanté la mesa y metí los platos en el electrodoméstico. Ya cubierta mi cuota, me fui a mi habitación y allí cerré la puerta. Ya con el pijama dejé que mi mente soñara en cómo castigaría la insolencia de mi pariente.

Lo primero que hice fue imaginármela dormida en su cama. Aprovechado que dormía, me vi atándola con las esposas que llevaba al cinto cuando salía de casa. Al cerrar el segundo grillete, mi madrina despertó y al abrir los ojos y verme sonriendo sobre ella, me gritó:

-¡Qué coño haces!

De haber sido real, me hubiera cagado en los pantalones pero como era MI sueño, le respondí:

-Voy a cojerte, ¡Puta!- tras lo cual empecé a desabrocharle su camisón.

Mi madrina intentó zafarse y al comprobar que le resultaba imposible, me dijo casi llorando:

-Déjame y olvidaré lo que has hecho.

Incrementando su desconcierto, le solté un guantazo mientras le terminaba de desabotonar. Con esa guarra retorciéndose bajo mis piernas contemplé  sus pechos al aire y sin poderme aguantar, me lancé sobre ellos y los mordí. Su chillido angustiado me informó de que estaba consiguiendo llevarla a la desesperación.

“¡Tremendas tetas!” me dije recordando sus pezones. Ese par de peras dignas eran de un banquete pero sabiendo que lo mejor de mi pariente era ese culazo, deslizé mentalmente su camisón por las piernas.

Hecha un flan, tuvo que soportar que prenda a prenda la fuera desnudando. Cuando ya estaba desnuda sobre la cama, pasé el filo de una navaja por sus pechos y jugueteando con sus pezones, le dije con voz perversa:

-¿Te arrepientes del modo en que me has tratado?

Mi madrina, cuando  vio que iba en serio, se meó literalmente.  Incapaz de retener su vejiga, se orinó sobre las sabanas. Temiendo que le hiciera algo más que no fuera el forzarla,  con voz temblorosa, me respondió:

-No me hagas daño, ¡Te juro que haré lo que me pidas!

Satisfecho al tenerla donde quería, bajándome la bragueta, saqué mi miembro de su encierro y  la obligué a abrir sus labios para recibir en el interior de su boca el pene erecto de su ahijado.

-¡Mámamela!

Tremendamente asustada, se metió mi miembro hasta el fondo de la garganta. Al experimentar la humedad de su boca y tratando de reforzar mi dominio, en mi sueño, le ordené que se masturbara al hacerlo. Satisfecho, observé como esa estricta policía cedía y llevando una de sus manos a su entrepierna, se empezaba a tocar.

-Te gusta chupármela, ¿Verdad?- le solté para seguir rebajando su autoestima y cogiendo su cabeza entre mis manos, forcé su garganta usándola como si su sexo se tratara.

Unas duras arcadas la asolaron al sentir mi glande rozando su campanilla pero temiendo llevarme la contraria,  en mi mente, se dejó forzar hasta que derramándome en su interior, me vine dando alaridos.

Tras lo cual me quedé dormido…

Mi primer día en casa de mi madrina.

-¡Levántate vago!

Ese fue mi despertar. Todavía medio dormido miré mi reloj y descubrí que todavía era de madrugada. Quejándome, le dije que eran las seis de las mañana.

-Tienes cinco minutos para vestirte. Me vas a acompañar a correr- contestó muerta de risa.

Cabreado, tuve que levantarme y ponerme un chándal mientras mi madrina me preparaba un café. La actividad de esa zorra en la mañana me desesperó y más cuando urgiéndome a que me tomara el desayuno, me esperaba en la puerta.

“Hija de puta”, la insulté mentalmente al ver que empezaba a correr y que girando la cabeza, me pedía que la siguiera.

Curiosamente al correr tras ella, comprendí que tenía su lado bueno al observar el culo de esa zorra al trotar. Mi madrina se había puesto un licra de atletismo, por lo que pude admirar sin miedo a que se diera cuenta esa maravilla. Les juro que disfruté durante los primeros diez minutos, mirando las dos preciosa nalgas subiendo y bajando al ritmo de su zancada.

El problema vino cuando me empezó a faltar la respiración por el esfuerzo. Sudando a raudales, tuve que pedirle que descansáramos pero esa puta soltando una carcajada me contestó diciendo:

-Necesitas sudar toda la mierda que te metes- tras lo cual me obligó a continuar la marcha.

Para no haceros la historia larga, a la hora de salir a correr, volví a su casa absolutamente derrotado mientras esa mujer parecía no notar ningún tipo de cansancio. Dejándome caer sobre un sofá, tuve que aguantar sus bromas y chascarrillos hasta que, olvidándose de mí, se  metió a duchar.

El sonido del agua de la ducha cayendo sobre su cuerpo me hizo imaginar lo que estaba pasando a escasos metros de mí y bastante excitado me tiré en la cama, pensando en ello. Mi mente me jugó una mala pasada por que  rápidamente llegaron hasta mí imágenes de ella enjabonándose. 

“Esta buena esa maldita”, me dije y reconociendo que le echaría un polvo si pudiera, me levanté a ordenar mi cuarto.

A los diez minutos, la vi entrar ya vestida pero con el pelo mojado. Al observar que tenía la habitación ordenada y la cama hecha, sonrió y me mandó a duchar. La visión de su melena empapada, me excitó y antes de que mi pene se alzara traicionándome, decidí obedecer.

Cuando salí del baño, mi madrina ya se había ido a trabajar y viendo que todavía no habían dado ni las ocho, decidí hacer tiempo antes de irme a la universidad. Como estaba solo, aproveché para fisgonear un poco y sabiendo que quizás no tendría otra oportunidad, fui a su cuarto a ver cómo era.

Nada más entrar, me percaté de que al igual que su dueña, era pulcra y que estaba perfectamente ordenada. Abriendo los cajones, descubrí que su pasión por el orden era tal que agrupaba por colores sus bragas. Deseando conocer su gusto en ropa interior, me puse a mirarlas sin tocarlas no fuera a descubrir que no estaban tal y como ella, la había dejado.

Como en trance, pensé que quizás hiciera como su comadre y tuviera un bote de ropa sucia en el baño. Al descubrirlo en un rincón, lo abrí y descubrí un coqueto tanga de encaje rojo y más nervioso de lo que me gustaría reconocer,  lo saqué y me lo llevé a la nariz.

-¡Dios! ¡Qué bien huele!- dije en voz alta al aspirar su aroma.

Mi sexo reaccionando como resorte, se alzó bajo mi pantalón.  Dándome el gustazo, me senté en el suelo y usando esa prenda, me masturbé. Solo tuve cuidado al eyacular para no mancharla con mi semen. Una vez saciado, devolví el tanga a su lugar.

 Al ser ya la hora de irme, salí del apartamento imaginándome a mi madrina usando esas tangas.

“Definitivamente…. Esa puta tiene un culazo”.

 Ya en la universidad la rutina diaria me hizo olvidar a mi madrina y solo me acordé de ella cuando entre clase y clase, un amigo me ofreció un toque. Estuve a punto de cogerlo pero recordando su amenaza, me abstuve de darle una calada, pensando:

“Es solo un mes”.

Aunque ese día no caí en ello, mi transformación empezó con ese sencillo gesto. Mitad acojonado por ser cazado en un renuncio pero también deseando complacer a esa mujer, tomé la decisión acertada porque al volver a su apartamento, lo primero que hizo  al verme fue obligarme a abrir la boca para comprobar que no había fumado.

Esa vez, obedecí a la primera.

Mi madrina muy seria introdujo el puñetero bastoncito y al igual que el día anterior, se puso a analizar la saliva que había quedado impregnada en ese algodón. A los pocos segundos, la vi sonreír y acercándose a mí, me dio un beso en la mejilla como premio.

Si bien de seguro no lo hizo a propósito, al hacerlo sus enormes pechos presionaron el mío. El placer que sentí fue indescriptible, de modo que el desear que se repitiera esa  recompensa me sirvió de aliciente y desde ese momento, decidí que haría lo imposible por no defraudarla.

Tras lo cual, me encerré en mi cuarto y me puse a estudiar.  La satisfacción de mi madrina fue evidente cuando pasando por el pasillo, me vio concentrado frente al libro  y viendo que me empezaba a enderezar, se metió a hacer la cena en la cocina.

Debían de ser casi las nueve, cuando cansado de estudiar, me levanté al baño. Al pasar por el pasillo, vi a mi madrina Manuela bailando en la cocina al ritmo de la música. Sintiéndome un voyeur,  la observé sin hacer ruido:

“¡Está impresionante!”, me dije sorprendido de que supiera bailar sin dejar de babear al admirar el movimiento de su trasero:” ¡Menudo culo!”, pensé deseando hundir mi cara entre esos dos cachetes.

Fue entonces cuando ella me sorprendió mirándola y en vez de enfadarse, vino hacia mí y me sacó a bailar la samba que sonaba en la radio. Cortado por la semi erección que empezaba a hacerse notar bajo mi bragueta, intenté rechazar su contacto pero mi madrina agarrándome de la cintura lo impidió y se pegó totalmente  a mi cuerpo.

Aunque mi empalme era evidente, no dijo nada y siguió  bailando. Producto de su danza, mi sexo se endureció hasta límites insoportables pero aunque deseaba huir, tuve que seguirle el paso durante toda la canción. Una vez acabada y con el sudor recorriendo mi frente, me excusé diciendo que me meaba y me fui al baño.

Como imaginaran de antemano,  me urgía descargar pero no mi vejiga sino mis huevos y por eso, nada más cerrar la puerta, me masturbé con rapidez rememorando la deliciosa sensación de tener a esa morena entre mis brazos.

Tan llenos y excitados tenía mis testículos que el chorro que brotó de mi verga fue tal que llegó hasta el espejo.

“¿Quién se la cojera?” y por primera vez, no vi tan lejos ese deseo.

Aunque parecía imposible, esa recta e insoportable mujer cuando la llevabas la contraria, se convertia en un ser absolutamente dulce y divertido cuando se le obedecía.

Mi segundo día en casa de mi madrina.

Deseando complacerla en todo y que me regalara otro beso u otro baile como la noche anterior, puse mi despertador a las seis menos cuarto, de forma que cuando apareció en mi habitación para despertarme la encontró vacía.

Sé que pensó que me había escapado porque me lo dijo y hecha una furia entró en la cocina para coger las llaves de su coche e ir a buscarme. Pero entonces me encontró con un café. Sin darle tiempo a asimilar su sorpresa, poniéndoselo en sus manos, le dije:

- Tienes cinco minutos para vestirte.

La sonrisa de sus labios me informó claramente que le había gustado mi pequeña broma y  sin decir nada, se fue a cambiar para salir a correr. Al poco tiempo, la vi aparecer con unos leggins aún más pegados que el día anterior y un pequeño top que difícilmente podía sostener el peso de sus pechos.

“Viene preparada para la guerra”, me dije disfrutando del profundo canalillo que se formaba entre sus tetas.

Repitiendo lo ocurrido el día anterior, mi madrina iba delante dejándome disfrutar de su culo. El único cambio que me pareció notar es que esta vez el movimiento de sus nalgas era aún más acusado, como si se estuviera luciendo.

“Ese culo tiene que ser mío”, exclamé mentalmente sin perder de vista a esa maravilla.

Esa mañana resistí un poco más pero aun así al cabo del rato estaba con el bofe fuera y por eso no me quedó más remedio que pedirle que aminorara el paso. Mi madrina se compadeció de mí y señalando un banco, me dijo que me sentara mientras ella estiraba.

Agotado como estaba, accedí y me senté.

Fue entonces cuando sucedió algo que me dejó perplejo. Aunque el camino era muy ancho, se puso a hacer sus estiramientos a un metro escaso de donde yo estaba.  Les juro que aunque esa mujer me volvía loco, me exitó verla agacharse frente a mí dejándome disfrutar de la visión de su sexo a través de sus leggins.

“¡Se le ve todo!”, pensé totalmente interesado al comprobar que eran tan estrechos que los labios de su coño se marcaban claramente a través de la tela.

Durante un minuto y dándome la espalda, se dedicó a estirar unas veces con las piernas abiertas dándome una espléndida visión de su chocho y otras con las rodillas pegadas, regalando a mis ojos un panorama sin igual de su culo.

Si de por sí eso ya me tenía cachondo, no les cuento cuando sentándose en el suelo se puso a hacer abdominales frente a mí. Cada vez que se tocaba los pies, el escote de su top quedaba suelto dejándome disfrutar del estupendo  canalillo entre sus tetas.

Olvidando toda cordura, incluso llegué a inclinarme sobre ella para ver si alcanzaba a vislumbrar su pezón. Mi madrina al verme tan interesado, miró el bulto que crecía entre mis piernas y levantándose, alegremente, salió corriendo sin decir nada.

Mi calentura se incrementó al percatarme que no le había molestado descubrir la atracción que sentia por ella y por eso, con renovadas fuerzas, fui tras ella.

Al igual que la mañana anterior, nada más llegar a casa, mi madrina se metió a duchar mientras yo intentaba serenarme pero no pude porque por algún motivo que no alcanzaba a adivinar, mi madrina dejó medio entornada la puerta mientras lo hacía.

Al descubrirlo, luché con todas mi fuerzas para no espiar pero venció mi lado perverso y acercándome miré a través de la rendija. Mi ángulo de visión no era el óptimo ya que solo alcanzaba a ver su ropa tirada en el suelo. Debí de haberme conformado con ello pero al saber que mi madrina estaba desnuda tras la puerta me hizo empujarla un poco. Excitado descubrí que el centímetro que había abierto era suficiente para ver su silueta a través de la mampara transparente de la ducha.

“Menuda mujer”, totalmente cachondo tuve que ratificar al ver el modo tan sensual con el que se enjabonaba.

Tal y como me había imaginado, sus piernas eran espectaculares pero fueron sus pechos los que me dejaron anonadado. Grandes, duros e hinchados eran mejores que los de muchas de las actrices porno que había visto y ya dominado por la lujuria, me desabroché la bragueta y sacando mi miembro me puse a masturbarme mirándola.

-¡Qué pasada!- exclamé en voz baja, cuando al darse la vuelta en la ducha, pude contemplar tanto los negros pezones que decoraban sus tetas como su coño. Desde mi puesto de observación, me sorprendió que mi madrina llevara hechas las ingles brasileñas y que donde debía haber un poblado felpudo, solo descubriera un hilillo exquisitamente depilado: “¡Joder con la madrina! ¡Cómo se lo tenía escondido!”, pensé.

Mi sorpresa fue mayor cuando la comadre de mi madre separó sus piernas para enjabonarse la ingle, permitiendo que su ahijado se recreara con la visión de su vulva. Si no llega a ser imposible, por el modo tan lento y sensual con el que se enjabonaba, hubiese supuesto que sabía que la estaba observando y que  se estaba exhibiendo.

Completamente concentrado, tardé en percibir en el modo en que se pasaba el jabón por su sexo que se estaba masturbando. La certeza de que mi madrina se estaba pajeando me terminó de excitar y descargando mi semen sobre la alfombra, me vine en silencio. Asustado limpié mi estropicio mientras intentaba olvidar su espectacular anatomía bajo la ducha. Por mucho que lo intenté me resultó imposible, su piel mojada y la forma en que buscó el placer auto infringido se habían grabado en mi mente y ya jamás se desvanecería.

Ya en mi cuarto, mi imaginación se volvió a desbordar y no tardé en verme separando esos dos cachetes e introduciendo mi lengua en su interior. Solo el hecho de que mi madrina saliendo del baño me descubriera, evitó que me volviera a masturbar pensando en ella.

Estaba tan caliente que decidí que tenía que irme de la casa y cogiendo mis libros, me despedí de ella desde el pasillo. Mi madrina Manuela que ya había terminado, me contestó que esperara un momento. Al minuto la vi salir envuelta en la toalla y pegándose como una lapa, me dio un beso en la mejilla mientras, como si fuera casual, su mano se paseaba por mi trasero.

Les juro que todavía no comprendo cómo aguanté las ganas de quitarle esa franela y cogérmela ahí mismo. Hoy sé que quizás fuera lo que estaba deseando pero en aquel entonces, me dio miedo y  comportándome como un crio, salí huyendo.

Durante todo el día el recuerdo de su imagen en la ducha pero sobre todo la certeza de que esa última caricia no había sido fortuita me estuvieron torturando.  En mi mente no cabía que esa frígida de la que todo el mundo hablaba pestes, resultara al final una mujer necesitada de cariño  y que esa necesidad fuera tan imperiosa que aceptara incluso que fuera su ahijado quien la calmara.

Al ser viernes, no tuve clases por la tarde por lo que sin nada que hacer, decidí dar a mi madrina una nueva sorpresa y entrando en la cocina, me puse a preparar la cena para que cuando ella llegara del trabajo, se la encontrara ya hecha.

Debió llegar sobre las nueve.

La chinga de cocinar valió la pena al ver la alegría en su cara cuando descubrió lo que había hecho. Con cariño se acercó a mí y me lo agradeció abrazándome y depositando un  suave beso cerca de la comisura de mis labios. Fue como si me lo hubiese dado en los morros, la temperatura de mi cuerpo subió de golpe al sentir sus pechos presionando el mío, mientras me decía:

-Es agradable, sentirse cuidada.

De haber sido otra y no la comadre de mi madre, le hubiese demostrado un modo menos filial de mimarla. Sin pensármelo dos veces la hubiese cogido en brazos y la hubiera llevado hasta su cama pero, como era mi madrina, sonreí y tapándome con un trapo, deseé que no  hubiese advertido la erección que sufría en ese instante mi miembro.

Sé que mis intentos fueron en vano porque entornando sus ojos, me devolvió una mirada cómplice, tras la cual, me dijo que iba a cambiarse porque no quería cenar con el uniforme puesto. Al cabo del rato volvió a aparecer pero esta vez el sorprendido fui yo. Casi se me cae la sartén al verla entrar con un vestido de encaje rojo completamente transparente.

Reconozco que me costó reconocer en ese pedazo de mujer a mi madrina, la policía, porque no solo se había hecho algo en el pelo y parecía más rubia sino porque nunca pensé que pudiese ponerse algo tan corto y sugerente. El colmo fue al bajar mi mirada, descubrir las sandalias con tiras anudadas hasta mitad de la pantorrilla.

Para entonces, sabiendo que había captado mi atención, me preguntó:

-¿Estoy guapa?

Con la boca abierta y babeando descaradamente, la observé modelarme ese dichoso vestido. Las sospechas de que estaba tonteando conmigo se confirmaron cuando poniendo música se empezó a contornear bajo mi atenta mirada.

Dotando de un morbo a sus movimientos que me dejó paralizado, siguió el ritmo de la canción olvidando mi presencia. El sumun de la sensualidad fue cuando con sus manos se empezó a acariciar por encima de la tela, mientras mordía sus labios mirándome.

Estaba a punto de acercarme a ella y estrecharla entre mis brazos, cuando apagó la música  y soltando una carcajada, me dijo:

-Ya has tenido tu premio, ahora vamos a cenar.

Mi monumental cabreo me obligó a decirle:

-Madrina eres una calientavergas.

El insulto no hizo mella en ella y luciendo la mejor de sus sonrisas, contestó:

-Lo sé, ahijado, lo sé- tras lo cual se sentó en la mesa como si no hubiese pasado nada.

Indignado con su comportamiento, la serví la cena y me quedé callado. Mi mutismo lo único que consiguió fue incrementar su buen humor y disfrutando como la zorra que era, se pasó todo el tiempo exhibiéndose como una fulana mientras, sin darse cuenta, bebía una copa de vino tras otra.

Si en un principio, sus provocaciones se suscribían a meras caricias bajo la mesa o a pasar sus manos por su pecho, con el trascurrir de los minutos, bien el alcohol ingerido o bien el morbo que sentia al excitar a su ahijado, hicieron que se fuese calentando cada vez mas.

-¿Te gustan mis pechos?- me soltó con la voz entrecortada mientras daba un pellizco sobre ambos pezones.

La imagen no podía ser más sensual pero cabreado como estaba con ella, ni me digné a contestar. Mi madrina al ver que no había resultado su estratagema y que me mantenía al margen, decidió dar un pequeño paso que cambió mi vida. Levantándose de su silla, se acercó a mí y sentándose sobre mis rodillas, me preguntó:

-¿Mi ahijado está enfadado?

-Sí, madrina.

Poniendo un puchero en su boca, pegó su pecho contra mi cara mientras me decía:

-¿Y puede tu perversa madrina hacer algo para contentarte?

Su pregunta hizo que mi pene se despertara del letargo y tanteando,  acaricié una de sus tetas para ver como reaccionaba. Mi caricia no fue mal recibida y sonriendo nerviosa, me preguntó:

-Verdad que lo que ocurra entre nosotros, no tiene nadie porque enterarse.

-Por supuesto- respondí mientras le bajaba los tirantes a su vestido.

Bajo la tela aparecieron los dos enormes pechos que había visto en la ducha. El hecho de que los conociera lejos de reducir mi morbo lo incrementó y cogiendo una de sus aureolas entre los dientes,  empecé a chupar mientras la comadre de mi madre no paraba de gemir.

-Me encanta como lo haces- masculló entre dientes totalmente entregada.

La excitación que asolaba a mi madrina me dio la confianza suficiente para bajando por su cuerpo  mi mano se acercara a su pubis. Al tocarlo, la mujer que apenas dos días antes me había dado una paliza, pegó un respingo pero no intentó evitar ese contacto.  Ansiando llevar a la locura a esa mujer, introduje un dedo hasta el fondo de su sexo mientras  la excitaba a base de pequeños mordiscos en sus pezones.

No tardó en mostrar los primeros indicios de que se iba a correr. Su respiración agitada y el sudor de su escote, me confirmaron que al fín iba a poder cumplir mi sueño y  disfrutar de ese cuerpo.  Tal como había previsto, mi madrina llegó al orgasmo con rapidez y afianzando mi dominio, le metí otros dos dentro de su vulva.

-Necesito que me cojas- sollozó con gran amargura y echándose a llorar, gritó: –¡La puta de tu madrina quiere que su ahijado la desvirgue!

La confesión que ese bombón de veintiocho años, jamás había estado con un hombre me hizo recordar mis pensamientos de esa mañana:

“Aunque exteriormente sea un ogro, en cuanto arañas un poco descubres que es una mujer necesitada de cariño”.

El dolor con el que reconoció que era virgen, me hizo comprender que desde joven había alzado una muralla a su alrededor y que aunque fuera policía y diez años mayor que yo, en realidad era una niña en cuestión de sexo.

Todavía hoy no sé qué me inspiró pero cogiéndola entre mis brazos, la llevé hasta su cama y me tumbé junto a ella.   Tratándola dulcemente, no forcé su contacto y solo abrazándola, abrazándola, la consolé dejándola llorar:

-Tranquila preciosa- le dije al oído con cariño.

Mi ternura la fue calmando y al cabo de unos minutos, con lágrimas en sus ojos, me preguntó:

-¿Me harías ese favor?

Supe enseguida a qué se refería. Un suave beso fue mi respuesta. Mi madrina Manuela respondió con pasión a mi beso pegando su cuerpo al mío. Indeciso, llevé mis manos hasta sus pechos. La que en teoría debía tener  mas experiencia, me miró con una mezcla de deseo y de miedo y cerrando los ojos me pidió que los chupara.

Su permiso me dio la tranquilidad que necesitaba y por eso fui aproximándome con la lengua a uno de sus pezones, sin tocarlo. Estos se irguieron esperando el contacto, mientras su dueña suspiraba excitada. Cuando mi boca se apoderó del primero, mi pariente no se pudo reprimir y gimió, diciendo:

-Hazme tuya.

Sabiendo que ese pedazo de mujer nunca había probado las delicias del sexo, decidí  que tendría cuidado y reiniciando las caricias, fui recorriendo su cuerpo, aproximándome lentamente a mi meta. Mi madrina, completamente entregada, separó sus rodillas para permitirme tomar posesión del hasta entonces inaccesible tesoro.

Pero en vez de ir directamente a él, pasé de largo y seguí acariciando sus piernas. La estricta policía se quejó odiada y dominada por el deseo, se pellizcó  sus pechos mientras me rogaba que la hiciera mujer. Si eso ya era de por sí, excitante aún lo fue mas observar que su sexo brotaba un riachuelo muestra clara de su deseo.

Usando mi lengua, seguí acariciándola cada vez mas cerca de su pubis. Mi madrina, desesperada, gritó como una perturbada cuando, separando sus labios, me apoderé de su botón. No tuve que hacer más, retorciéndose sobre las sábanas, se corrió en mi boca.

Como era su primera vez, me entretuve durante largo tiempo, bebiendo de su coño y jugando con su deseo. Poseída por un frenesí hasta entonces desconocido, me rogó nuevamente que la desvirgara pero contrariando sus deseos,  seguí en mi labor de zapa hasta que pegando un aullido me confirmo que la última de sus defensas había caído.

Entonces y solo entonces, me desnudé.

Desde la cama ella me miraba. Al girarme y descubrir su deseo comprendí que en ese instante no era mi madrina sino mi amante. Cuando me quité los calzoncillos y me di la vuelta, observó mi erección y sonriendo, me rogó que la tomara.

Comprendí que no solo estaba dispuesta sino que todo en ella  ansiaba ser tomada, por lo que,  separando sus rodillas, aproximé mi glande  a su sexo y jugueteé con su clítoris mientras ella no dejaba de pedirme excitada que la hiciera suya.

Comportándome como el mayor de los dos y deseando que su primera vez fuera especial, introduje mi pene con cuidado en su interior hasta  que chocó contra su himen.  Sabiendo que le iba a doler, esperé que ella se relajara. Pero entonces, echándose hacia atrás, forzó mi penetración y de un solo golpe, se enterró toda mi extensión en su vagina.

La comadre de mi madre pegó un grito al sentir que su virginidad desaparecía y aún doliéndole era mayor el lastre que se había quitado al sentir que mi pene la llenaba por completo, por eso susurrando en mi oído, me pidió:

-Dame placer.

Obedeciendo gustoso su orden, lentamente fui metiendo y sacando mi pene de su interior. Mi madrina que hasta entonces se había mantenido expectante, me rogó que acelerara mientras con su mano, se acariciaba su botón con satisfacción.

Sus gemidos de placer no tardaron en llegar y cuando  llegaron, me hicieron incrementar mis embestidas. La facilidad con la que mi estoque entraba y salía de su interior, me confirmaron más allá de toda duda que mi madrina estaba disfrutando como una salvaje  y ya sin preocuparme por hacerla daño, la penetré con fiereza. Mi hasta esa noche virginal pariente no tardó en correrse mientras me rogaba que siguiera haciéndole el amor.

-¿Le gusta a mi tita que su ahijado se la coja?-, pregunté al sentir que por segunda vez, esa mujer llegaba al orgasmo.

-Sí-, gritó sin pudor- ¡Me encanta!

Dominado por la lujuria, la agarré de los pechos y profundizando en mi penetración, forcé su cuerpo hasta que mi pene chocó con la pared de su vagina. La reacción de esa mujer me volvió a sorprender al pedirme que la usara sin contemplaciones. Su rendición fue la gota que necesitaba mi vaso para derramarse, y cogiéndola de los hombros, regué mi siguiente en su interior a la vez que le informaba que me iba a correr, tras lo cual caí rendido sobre el colchón.

Satisfecha, me abrazó y poniendo su cabeza sobre mi pecho,  se quedó pensando en que esa noche no solo la había desvirgado, sino que la había liberado de sus traumas y por fin, se sentía una mujer.

Al cabo de cinco minutos, ya repuesto, levanté su cara y dándole un beso en los labios,  le dije:

-Madrina, a partir de esta noche, esta es también mi cama. ¿Te parece bien?

-Si pero por favor, no me llames Madrina, ¡Llámame Manuela!.

-De acuerdo, respondí y sabiendo que en ese momento, no podría negarme nada, le dije: -¿Puedo yo pedirte también un favor?

-Por supuesto- contesto sin dudar.

Acariciandole uno de sus pechos, le dije:

-Mañana le dirás a tu comadre que te está costando educarme y que piensas que es mejor que me quede al menos seis meses contigo.

Muerta de risa, me soltó:

-No se negara a ello. Te quedarás conmigo todo el tiempo que tanto tú como yo queramos…- y poniendo cara de puta, me preguntó: -… ¿Me echas otro palo?

Solté una carcajada al escucharla y anticipando el placer que me daría,  me apoderé de uno de sus pechos mientras le decía:

-¿Me dejarás también desflorar tu otra entrada?

………………………………………

Durante esa noche hicimos repetidamente el amor, mi madrina una vez había bajado el se comportó como una autentica zorra. Si hasta entonces nunca se había dejado llevar por la pasión, se había convertido en una dulce amante   satisfaciendo todos y cada uno de mis deseos.

Ya pasado los años, reconozco que jamás encontré a ninguna mujer tan apasionada pero sobre todo tan necesitada de cariño como ella. En la intimidad de esa cama, Manuela se liberó de los fantasmas de juventud a base de besos y caricias. Besos y caricias dados por mí, su ahijado.

Confieso que aunque dormí pocas horas, el tener a ese bombón junto a mi cuerpo me hizo despertar cuando apenas había amanecido. Abrazada a su almohada totalmente dormida, no se percató de que la observaba mientras descansaba. La belleza morena de esa mujer se realzaba sobre el blanco de las sábanas.

Tomándome mi tiempo, en silencio, valoré el espectáculo de mujer que tenía a mi lado. Todo en ella era perfecto: Sus largas piernas, perfectamente contorneadas, no eran más que un mero anticipo de su magnífico y atlético cuerpo.

“Qué buena está”, valoré entusiasmado recorriendo con  mis ojos sus caderas.

Supe mirándola que si no llega a ser policía, mi madrina podría haberse ganado la vida como modelo.  Su vientre liso y sus enormes pechos eran además de producto de sus genes, una muestra clara de la cantidad de ejercicio al que se sometía. Las largas horas de trabajo duro en el gimnasio habían mantenido y mejorado su belleza, dotándola de un atractivo evidente para todo aquel que se fijara en ella.

Disfrutando de la visión de su cuerpo desnudo, no me cabía en la cabeza el hecho que nunca hubiera estado con un hombre.

“Debe de haber tenido cientos de pretendientes”, me dije.

Si desde niño había sido mi amor platónico, esa mañana comprendí que era mía aunque eso contraviniera las normas morales vigentes. La forma en que se había entregado a mí, no era normal. Sin saber si iba ser solo en esa ocasión o si por el contrario se repetiría más veces, se lanzó a mis brazos con una urgencia total.

Todavía alucinando por mi suerte, aproveché que la tenía a escasos centímetros y que estaba desnuda para acariciarla. Con una ternura de la que nunca pensé ser capaz,  usé mis dedos para recorrer ese trasero duro y respingón que seguía siendo mi obsesión. La noche anterior había intentado que me lo diera pero mi madrina se negó diciendo que ya tendríamos tiempo.

“Tranquilo, cumplirá su promesa”, pensé no queriendo forzar de modo alguno a ese primor y por eso, pegándome a su espalda, dejé que mis dedos recorrieran su estómago.

Al oír un suspiro de satisfacción, comprendí que mis mimos eran bien recibidos y por eso, subiendo por su dorso me encontré con el inicio de sus pechos. El tamaño de los mismos me tenía subyugado.

“Son enormes”, sentencié al ser incapaz de recoger en mis manos la totalidad de su volumen.

Tanteando toqueteé con mi pulgar uno de sus pezones. El jadeo que me hizo saber que estaba despierta. Todavía adormilada, presionó sus nalgas contra mi miembro, descubriendo que estaba listo para que ella lo usase.

-Te deseo- fue su saludo y moviendo sus caderas, lo alojó dentro de sus piernas sin meterlo.

Ya convencido de reanudar lo ocurrido la noche anterior, bajé una mano por su cuerpo hasta llegar a su sexo.

“Está empapada”, exclamé mentalmente al no haberme todavía a la facilidad con la esa estricta policía se excitaba.

Aun así me sorprendió que levantando levemente una pierna, Manuela se incrustara mi extensión en su interior sin decir nada. La calidez de ella me recibió poco a poco, dejándome disfrutar de mi pene se abría camino a través de sus pliegues.

Esperé a que hubiese sido totalmente devorado por ella para  coger un pezón entre mis dedos. El gemido que salió de su garganta, me permitió pellizcarlo con dulzura. Mi madrina, al notarlo, decidió que le urgía sentirse amada y acelerando sus movimientos, buscó nuestra unión.

Su coño, ya parcialmente anegado, presionaba mi pene con un suave ímpetu cada vez que su dueña forzaba mi penetración con sus caderas. Conociendo que le encantaba los mimos, la besé  en el cuello y susurrándole le dije:

-¿Cómo ha dormido la putilla de mi madrina?-

Mi cariñoso insulto fue el acicate que necesitaba y convirtiendo sus jadeos en gemidos de placer, me rogó que la tomara. 

-Tranquila, tenemos todo el tiempo del mundo-, respondí recordando que era sábado.

Mis palabras le hicieron caer en la cuenta de que no se tenía que levantar a trabajar y saltando encima de mí, me besó mientras se sentaba a horcajadas sobre mí, empalándose.

-¡Me vuelves loca!- chilló al notar que la cabeza de mi glande chocaba con la pared de su vagina.

Como si pensase que lo que estaba haciendo era inmoral y que podía acabarse en cualquier momento, su cuerpo reaccionó con una premura que me dejó asustado. Con la respiración entrecortada y con su cuerpo estremeciéndose sobre mí, me rogó que no parara  tras lo cual se corrió sonoramente.

Su orgasmo lejos de calmar el ardor que la quemaba, lo incrementó y zafándose de mi pene, se agachó a mis pies deseando complacerme.  No tardé en sentir la humedad de su lengua recorriendo mis piernas. La sensualidad que demostró al hacerlo fue suficiente para hacerme olvidar la decepción que sentí cuando se bajó y por eso al llegar a mis muslos, mi pene ya se alzaba nuevamente producto de sus caricias.

Para aquel entonces estaba convencida de lo que deseaba y dejándose llevar por la pasión, acercó su boca a mi sexo con la intención de devorarlo. Fue entonces cuando abriéndola, con sus labios besó la circunferencia de mi glande. Durante un par de minutos se entretuvo disfrutando de él hasta que decidió introducírselo. Disfrutando como un loco, vi como paulatinamente mi miembro desaparecía en su interior.  Aceptando pero sobre todo deseando su mamada, cerré mis ojos para abstraerme en lo que estaba mi cuerpo experimentando. El cúmulo de sensaciones que llevaba acumuladas hizo que la espera fuese corta y cuando ya creía que no iba a aguantar más, le dije:

-Manuela, me voy a vaciar.

Mi madrina olvidándose de mi aviso, buscó mi placer con más ahínco. La velocidad de sus labios se incrementó y no paró hasta que consiguió descargara mi semen dentro de su boca. Entonces con auténtica ansia, saboreó mi leche sin dejar que nada se desperdiciara y solo cuando consiguió dejarme seco, se levantó con una sonrisa en los labios y me dijo:

-Levántate vago, hay que salir a correr.

.

Manuela se confiesa.

Siguiendo la rutina a la que me tenía acostumbrado, mi madrina no me perdonó mi falta de forma e imprimiendo a su carrera de un ritmo inhumano, me dejó para el arrastre. Una hora después ya en la casa y mientras desayunábamos, decidí preguntarle cómo era posible que siento una mujer espectacular nunca hubiera hecho el amor.

-Siempre he tenido miedo a estar con un hombre- contestó tras pensarlo durante unos segundos.

Su respuesta me sorprendió porque no en vano, no solo había elegido una profesión predominantemente masculina sino que a base de fuerza y coraje se había abierto camino en ella.  Eligiendo cuidadosamente mis palabras para no ofenderla, le respondí:

-No comprendo. Eres una mujer valiente y preciosa. Sé que debes haber tenido muchas oportunidades….

-Más de las  que crees- me interrumpió- pero siempre había sentido que lo que buscaban era echar un palo y eso me repelía.

-¿Y por qué yo no?- pregunté.

Entornando sus ojos, contestó:

-Tenías tanto miedo como yo.

Asumí que tenía razón al recordar mi confusión de la noche anterior al percatarme de que mi propia madrina me estaba echando los perros pero deseando averiguar el motivo de ese miedo, le pedí que se sentara en mis rodillas mientras le decía:

-Estaba acojonado.

Mi respuesta le hizo sonreír y besando mis labios, se puso a acariciarme el pelo con afecto nada filial. La pasión con la que me buscó, me hizo olvidarme momentáneamente de mi curiosidad y cogiéndola entre mis brazos, la alcé y me la llevé por el pasillo diciendo:

-Vamos a bañarnos- y recalcando los motivos, le solté: -¡Apestas!

Muerta de risa intentó liberarse pero viendo que  me dirigía al baño, se dio por vencida y preguntó:

-¿Te ducharás conmigo?

-Por supuesto- respondí mientras la dejaba en el suelo y abría la ducha.

Al darme la vuelta, mi madrina ya se había desnudado:

-¡Qué rapidez!- solté riéndome de su urgencia.

Dominada por una pasión desconocida para ella, mi madrina me ayudó a quitarme la ropa y ya desnudos nos metimos bajo el agua. Al ver sus pechos ya mojados, me hizo hundir mi cara en ese profundo canalillo. Manuela al sentir mi lengua recorriendo sus pezones, empezó a gemir mientras trataba con sus manos reavivar mi miembro.

-Me pones brutísimo- sentencié al notar que entre mis piernas, mi sexo había recuperado su dureza.

Con una alegría desbordante, se dio la vuelta y separando sus nalgas con sus dedos, me respondió:

-¡Ayer me lo pediste! ¡Hoy es todo tuyo!-

Sus palabras me hicieron reaccionar y arrodillándome, saqué mi lengua y con ella me puse a recorrer los bordes de su virginal ano. Nada más notar la húmeda caricia en su esfínter, mi madrina pegó un grito y llevándose una mano a su clítoris, empezó a masturbarse sin dejar de suspirar.

-Quiero que seas tú quién lo haga- gritó descompuesta.

Azuzado por su ruego y urgido por romper ese maravilloso culo, metí toda mi lengua dentro y como si fuera un micro pene, empecé a cogerla por detrás.

-¡Me encanta!- chilló al experimentar la nueva sensación.

Alentado por su confesión, llevé una de mis yemas hasta su ojete y recorriendo sus bordes, busqué relajarlo. El berrido gozoso con el que esa arisca policía contestó a mi caricia, me estimuló y metiéndolo hasta el fondo, comencé a sacarlo mientras ella no paraba de gritar lo mucho que le gustaba. Viendo su entrega y que mi dedo que entraba y salía con facilidad, junté un segundo y repetí la misma operación.

-¡Dios!- escuché que gritaba mientras apoyaba su cabeza sobre la pared del baño.

La respuesta de Manuela me hizo olvidar toda precaución y ya dominado por mi propia calentura, cogí mi pene en la mano y tras juguetear con mi glande en esa entrada trasera, le pregunté si estaba segura.

-Sí- respondió.

Al oír su permiso, con lentitud, fui introduciendo mi miembro en su trasero. Aun siendo su primera vez, mi madrina sin absorbió centímetro a centímetro mi verga y solo cuando sintió que se la había clavado por completo, me rogó que esperara diciendo.

-¡Me duele!

Intentando que el trago fuera menos doloroso, me quedé quieto para que se fuera acostumbrando a ver su esfínter invadido mientras intentaba tranquilizarla acariciándole los pechos. Tras un minuto disfrutando únicamente con sus tetas, fue ella la que empezó a mover sus caderas poco a poco. Paulatinamente la presión que ejercía mi pene en su entrada trasera fue disminuyendo hasta que comprendí que ya podía moverme.

Con exquisito cuidado, aceleré mis penetraciones. Mi madrina pegando un aullido se quejó pero sabiendo que ese escozor no tardaría en convertirse en placer, le solté:

-¡Relájate y disfruta!

Que su ahijado le obedeciera, le cabreó y tratando de zafarse de mi ataque, me exigió que parara. Pero entonces por segunda vez, la desobedecí y recreándome en mi rebeldía, di comienzo a un loco cabalgar sobre su culo.

-¡Me haces daño!- chilló al sentir que seguía empalándola.

-¡Espera y verás! –  le contesté y recalcando mis deseos, solté un azote en uno de sus cachetes.

Mi nalgada le hizo reaccionar y sin llegárselo a creer, empezó a gozar entre gemidos.

-¡Espera un poco!- dijo tomando aire tras lo cual chilló:- ¡Sigue!

Dominada por una pasión desbordante y dejándose llevar por el ardor que colmaba su cuerpo, me pidió que la siguiera empalando mientras con su mano empezó a torturar su clítoris. La suma de ambos estímulos terminaron de minar sus defensas y a voz en grito,  me informó que se venia diciendo:

-Quiero sentir tu esperma en mi culo.

Su entrega y que me rogara que descargara en el interior de su trasero, fue la gota que derramó el vaso de mi propio orgasmo y pegando un aullido, dejé que mi pene explotara en sus intestinos. Mi madrina al notar que rellenaba su estrecho conducto con mi simiente, se corrió nuevamente tras lo cual se dejó caer agotada en la ducha. Satisfecho y también cansado, me senté a su lado y la besé.

Manuela, sonriendo, me preguntó que quería hacer ese fin de semana.

-No salir de tu cama- respondí.

La carcajada que soltó al escuchar mi respuesta me sonó a música celestial. Una vez había asimilado que no podía ser tan malo que ella y yo estuviésemos juntos porque al fin y al cabo era algo que deseábamos ambos, la alegría de tener alguien con quien compartir su vida la hizo reír. Su risa contagiosa consiguió contagiarme su felicidad y sin esperar a que nos secáramos, la llevé hasta su cama.

Una vez entre las sábanas, nos besamos como locos e intentamos reanudar nuestra pasión pero entonces sonó el teléfono y la perfección del momento se rompió al leer en el teléfono mi madrina que la llamaban de la comisaría. Con gesto serio escuchó a su interlocutor y colgando, me dijo:

-Lo siento pero tengo que irme.

-¿Algo grave? – pregunté al ver su rostro cenizo.

-Sí- contestó- han secuestrado a una niña de trece años.

Casi llorando, se dejó caer y con los puños cerrados empezó a golpear el colchón diciendo:

-¡No puede ser! ¡Nunca acabará! ¡Siempre habrá algún maldito abusando de una cría!

El dolor reflejado en ella me dio a entender que no hablaba de la víctima sino de ella y tratando de tranquilizarla, me acerqué a abrazarla:

-¡Ahora no!- gritó -¡Los hombres dan asco!

La repugnancia que leí en sus ojos, me dejó perplejo. Mi madrina focalizaba su desprecio por esos animales en mí. Sabiendo que lo único que podía hacer era callarme, cogí mi ropa y en silencio, salí de su habitación. Manuela ni siquiera se despidió de mí y por eso totalmente desmoralizado, decidí que debía de averiguar que oscuro secreto escondían tanto mi madre como su comadre.

Por eso abriendo mi portátil, me puse a investigar a mi madrina en internet. Tras media hora navegando, lo único que encontré fue referencias a su carrera en la policía y las medallas que llevaba acumuladas por su valor. Fue entonces cuando caí que si algo le había ocurrido siendo menor de edad, por la ley de protección de menores, su nombre no aparecería. Entonces cambiando de estrategia me centré en “Los Montes”, el pueblo donde había pasado la infancia mi familia materna y una vez allí puse una serie de palabras claves como “victima”, “menor”, abusos”, “violación” y finalmente “secuestro”. Al darle al intro, no tardé en descubrir lo que le había pasado…  

...en un periódico local, había una referencia a un suceso acaecido hace más de 15 años. Calculando que mi madrina, por aquel entonces tendría la misma edad de la pobre chavala secuestrada, abrí la noticia y la leí.

“Ahora comprendo”, mascullé entre dientes. Sin mencionar su identidad, el periodista  se recreaba en los detalles.

Por lo visto, saliendo del colegio, fue retenida por un tipo de cuarenta años que metiéndola en el coche, no solo la manoseó sino que le obligó a practicarle una felación. Afortunadamente para la niña en cuestión, un policía que pasaba por allí, se mosqueó por la cara del sujeto y al acercarse, vio lo que ocurría y por eso, el suceso no pasó a mayores.

“De ahí su miedo a los hombres”, me dije.

El trauma de ese abuso había sido lo que le había impedido tener cualquier tipo de relación afectiva. Tratando de acomodar mis ideas, alucinado descubrí la razón por la que conmigo, si se atrevió a dar el paso; si bien el afecto que sentia por mí favoreció su acercamiento, lo que en realidad fue decisivo fue que en la lucha cuerpo a cuerpo, mi madrina había comprobado que era más fuerte que yo.

“No me considera un peligro”, sentencié con el orgullo herido.

La certeza de que en su fuero interno me veía inferior a ella, me desmoralizó. Reconozco que con dieciocho años, lloré como un niño al saber que mi adorada Manuela no apreciaba mi masculinidad sino todo lo contrario, a ella le atraía que siguiera siendo un chaval. Dándola por perdida, me hundí en el llanto durante una hora. Solo dejé de berrear cuando tomé la decisión de olvidarme de ella y continuar con mi vida como si lo ocurrido durante esos días, nunca hubiere pasado.

Buscando el consuelo de mis viejos, los llamé para pedir perdón. Desafortunadamente, fue mi madre la que contestó y al escuchar mi arrepentimiento, se negó en rotundo en aceptarme otra vez en casa diciendo:

-Si quieres venir es que tu madrina está siendo efectiva. ¡Te quedas con ella!- tras lo cual colgó el teléfono.

 Confieso que no me esperaba ese trato. Mi vieja siempre había sido fácil de convencer y por eso, no supe ni que decir ni que hacer. Solo me quedaba aguantar y esperar que pasara ese puto mes.

Mi madrina llega de la comisaría.

La fatalidad hizo que el secuestro se resolviera en ese mismo día pero que no pudieran hacer nada para salvar a la niña. El degenerado que la había secuestrado, después de violarla, la había estrangulado a sangre fría. Las pistas  que dejó a su paso, llevó a la policía hasta su guarida y entrando a saco, lo mataron en cuanto intentó defenderse.

Debía de ser sobre las ocho de la noche cuando vi aparecer a mi madrina por la puerta. Llegaba con su ropa manchada de sangre y apiadándome de su aspecto, le pregunté qué había pasado. Con gesto serio, me contestó:

-La niña estaba muerta pero, al menos, he librado a la sociedad de esa basura.

De ese modo tan directo me enteré de que Manuela se había cargado a ese cabrón. Sin saber que decir, la vi alejarse e irse al baño. El ruido de la ducha me confirmó que mi madrina  necesitaba limpiarse los restos que mancillaban su piel y para hacerle un favor, cogí la ropa que había dejado en el pasillo y la metí a la lavadora.

¡No quería que al salir tuviera que hacerlo ella y recordara que ese día había matado a un hombre!

Debió de pasar más de media hora cuando escuché que salía. Manuela se dirigió directamente a su cuarto. Tal como me imaginé en ese instante, se metió a vestirse. A los diez minutos, la oí que me llamaba gritando. Al llegar hasta la puerta del baño, me pregunto que dónde estaba su ropa.

-La he metido a lavar- contesté.

Tras unos segundos donde no supo si echarme la bronca, se dio la vuelta mientras me decía:

-Gracias.

Por la cara que puso, comprendí que percibió en esa acción mi buena intención pero también que lo sintió como una intromisión en su privacidad. Confuso sobre cómo comportarme, la dejé sola mientras terminaba de preparar unos sándwiches para cenar.

“Está como una puta cabra”, me dije al redescubrir el difícil carácter de esa mujer.

Al acabar, la llamé a la mesa. Mi madrina  cenó en silencio sin levantar su mirada del plato. Dándole su espacio, no hice intento alguno de charlar con ella, de forma que en cuanto se levantó, cogí los platos y tras meterlos en el lavavajillas, me recluí en mi habitación. Con la puerta cerrada, escuché que Manuela encendía la tele en el salón.  

Dos horas más tarde, la ganas de mear me hicieron salir de mi refugio e ir al baño. Al pasar por la habitación donde estaba mi madrina, observé que sobre la mesa tenía una botella de whisky a medio vaciar. No tuve que ser un genio para entender que tratando de vencer su angustia, esa mujer había buscado consuelo en el alcohol.

“Pobre”, rumié apiadándome de ella.

Lo que no me esperaba fue que al ver mi expresión, se enfadara y que levantándose del sillón, se me encarara diciendo:

-Tú, ¡Qué miras! -por su entonación y por el andar vacilante, detecté que estaba totalmente borracha. No queriendo enfrentarme con ella, intenté seguir mi camino pero entonces mi madrina me cerró el paso diciendo: -¿Dónde te crees que vas? ¡Te estoy hablando!

La angustia que asolaba su mente la estaba focalizando contra mí y debido a mis pasadas experiencias con esa mujer, decidí no provocarla.

-Manuela, iba al baño.

Sin venir a cuento, esa puta quiso soltarme un guantazo pero en su estado, lo único que consiguió fue dar un traspié y casi caerse al suelo. Instintivamente, la cogí en el aire para que no se cayera y en vez de agradecérmelo, me soltó:

-Ahora, te aprovecharás que estoy borracha para abusar de mí.

Indignado por cómo pensaba de mí, la dejé en un sillón y mientras la dejaba sola con su botella, le contesté:

-Nunca he forzado a una mujer y menos a alguien al que quiero- lleno de ira, fui al baño y retorné a mi cuarto sin dirigirle la palabra. Ya en mi habitación, me puse a pensar en lo sucedido y aunque parezca imposible, mi enojo se fue diluyendo al meditar y darme cuenta que ese trauma de su niñez era el que había provocado el altercado.

Debía de llevar diez minutos allí cuando escuché que llamaban a la puerta. Antes de darme tiempo a contestar, la vi entrar con los ojos plagados de lágrimas y sentarse en la cama.

-Lo siento. Sé que me he pasado y que tú no tienes culpa de nada.

Sabiendo lo duro que debió de resultar confesarme eso, me senté a su lado y sin tocarla, contesté:

-No te preocupes. Te comprendo.

Mi actitud cariñosa la desarmó y poniendo su cabeza en mi pecho, me abrazó mientras se echaba a llorar. Dejándola desahogarse, le acaricié la melena sin moverme. Durante un rato, Manuela lo único que hizo fue berrear mientras intentaba disculpar su comportamiento contándome entre sollozos la dramática experiencia que había sufrido de niña. Como comprenderéis, la escuché sin revelarle que ya lo sabía, no fuera a ser que le encabronara que hubiese espiado en su vida.

-Tranquila. Ahora descansa- le dije en cuanto se hubo tranquilizado.- ¿Quieres que te ayude a ir a tu cama?

Poniendo cara de dolor, me preguntó:

-¿ puedo quedarme aquí contigo?

La ansiedad que reflejaba su pregunta, me hizo tumbarla y quedarme abrazado a ella sin más. Mi madrina al sentir mi apoyo, reanudó su llanto durante largo tiempo hasta que poco a poco se fue quedando dormida entre mis brazos…

…Me había quedado traspuesto cuando la sentí moverse. Sin decir nada, mi madrina empezó a desabrocharme la camisa.  Al comprender que estaba despierto, me besó en la boca y abriendo mis labios su lengua jugó con la mía. Durante unos minutos, estuvimos solo besándonos hasta que sintió que mi pene salía de su letargo, entonces,  se pegó más a mí, disfrutando del contacto en su entrepierna.

-¿Estas segura?-, le pregunté.

-Lo estoy-, contestó mientras con delicadeza me terminó de desnudar.

Tras lo cual se sentó en el colchón y sensualmente, dejó que su camisón cayera sobre las sabanas quedando desnuda.  Reconozco que tuve que controlarme para no saltar encima de ella. Sabiendo que la fragilidad de esa mujer, esperé con nerviosismo a que ella tomara la iniciativa. Manuela no tardó en pegarse a mí y si bien en un principio solo me abrazó, en cuanto sintió como  sus senos entraban  en contacto con mi piel, sin ningún pudor, se puso encima de mí  buscando su placer. Fue alucinante sentir como se rozaba contra mí sin llegarse a penetrar con mi pene que le esperaba erecto. No tarde en apreciar como su sexo iba absorbiendo mi extensión  poco a poco hasta que la hizo desaparecer en su interior.

Dominado ya por la lujuria, empecé a moverme  pero entonces ella se quejó diciendo:

-Como te muevas, te mato.

Quedándome inmóvil, obedecí al saber que necesitaba  tomar la voz cantante. Nuevamente, sentí que mi pene volvía a penetrar en ella. Cerrando los ojos puse mis brazos en cruz para que esa mujer pudiera librarse de sus fantasmas sin sentir que la acosaba. Centímetro a centímetro, mi sexo fue  desapareciendo dentro de ella.

“No debo moverme”, tuve que repetirme varias veces.

Pacientemente esperé hasta que la base de mi pene chocó con los labios de su vulva en una demostración que ya había conseguido metérselo por completo. Fue entonces cuando con un gruñido de satisfacción empezó a menearse con mi falo en su interior mientras que con sus manos se masturbaba.

Paulatinamente, mi sexo fue entrando y saliendo de su interior con mayor facilidad, a la par que sus dedos conseguían incrementar su calentura a base de toqueteos. Con los ojos cerrados, disfruté del modo que el coño de esa mujer me ordeñaba mientras ella no paraba de gemir cada vez más fuerte.  Completamente en silencio, sentí como mi madrina saltaba sobre mi cuerpo, introduciendo y sacando mi pene con una rapidez atroz. Su calentura hizo que mojara mis piernas con el flujo que manaba libremente de su sexo.

-¡Dios!- aulló cuando empezó a notar los primeros síntomas de que el placer la iba calando.

Lejos de esperar a que llegara, aceleró sus acometidas de forma que sus caderas sin control se retorcían al ritmo con el que sus dedos torturaban su clítoris al pellizcarlo. Su clímax era cuestión de tiempo.  Con la respiración entrecortada, el sudor impregnando su cuerpo y su sexo anegado por el placer, Manuela se acercaba a toda velocidad al orgasmo.  Sabiendo que debía darle un último empujón, le grité:

-Vacíate.

Tal y como había previsto, al oír mi orden, mi madrina mientras su cuerpo temblaba de gozo y su cueva se licuaba derramándose sobre las sábanas. Con la cabeza de mi glande chocando contra la pared de su vagina, buscó mi placer moviéndose de derecha a izquierda, a la vez que sus manos me arañaban el pecho.

-Estoy a punto- le informé.

-Todavía, ¡No!- protestó y sacando mi verga de su interior, se puso a cuatro patas sobre el colchón mientras con una sonrisa me decía: -Cógeme como si fuera tu puta.

Reconozco que estuve tentado de usar su puerta trasera, pero poniendo mi glande en su entrada, la penetré de un golpe hasta que se la metí entera. Mi madrina gritó al sentirse completamente llena pero sin estar todavía  satisfecha,  gimió pidiéndome que lo hiciera brutalmente.

Cumplí sus deseos de inmediato. Agarrado su pelo, lo usé como riendas de un cabalgar desenfrenado, penetrando y sacando de su interior mi pene sin compasión mientras ella se derretia sollozando de placer. Su entrega me dio el valor para usando mi mano y dándole una fuerte palmada en su trasero, obligarla a sincronizarse conmigo. Manuela al sentir mis rudas caricias,  berreó como la yegua que era en ese momento y  lanzándose a un veloz galope buscó que la regara con mi simiente.

-¡No pares!- me pidió al notar que ya no le azotaba.

Reanudando mis azotes, la estricta policía respondió con un gemido cada vez que la atizaba en una nalga.  El inequívoco placer con el que disfrutó hizo que mis caricias fueron creciendo en intensidad y frecuencia, hasta que con su culo totalmente colorado se desplomó sobre las sabanas mientras se venia. Su total colapso hizo que me desequilibrara y cayendo sobre su cuerpo,  mi pene se incrustó dolorosamente en su interior provocándole otro orgasmo.

Su placer llamó al mío y sin ningún tipo de control eyaculé rellenando su cueva con mi semen, mientras ella se retorcía diciéndome que no parara. Todos mis nervios y neuronas disfrutaron de cada una de las oleadas con las que la bañé su coño hasta que exhausto, caí a su lado.

Manuela ya liberada, me besó y abrazó con mimo, temiendo quizás que esa fuera la  última vez que disfrutara tanto. Su temor me quedó claro, cuando una vez repuesto, me miró diciendo:

-Júrame que no te cansarás de mí.

-Te lo juro- respondí.

Al escuchar mi afirmación, se quedó callada durante unos instantes, tras lo cual, me dijo:

-Si llega ese momento, dímelo. Sabré buscar una alguna forma de retenerte.

El gesto pícaro que descubrí en su rostro, me mosqueó y por eso no me quedo más remedio que preguntarle a que se refería. Soltando una carcajada, me respondió:

-Todos los hombres soy iguales. Si para que te quedes, te tengo que buscar a otra con la que compartirte, ¡Lo haré!

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