Las tetas y el culo de mi Madrina, la policía
Obsesionado desde niño con mi madrina, al cumplir la mayoría de
edad me convierto en un problema para mis padres. Desesperada, mi madre le pide
a su comadre policía que le ayude. A partir de entonces descubro quién es en
realidad mi madrina.
Desde niño, la comadre
de mi madre fue mi oscuro objeto de deseo. Hasta hoy no me atreví a contar la
historia que compartí con Manuela, mi tetona y culona madrina. 10 años menor
que mi progenitora, recuerdo la fijación con la que la veía. El origen de mi
obsesión era variado por una parte estaba su monumental anatomía pero también
radicaba en que esa monada era agente de policía.
Era observarla
vestida con ese uniforme que le apretaba sus enormes melones y que pensara en
ella con sentimientos nada filiales. Para mí, no había nada tan sensual como
verla llegar a casa de mis abuelos y que se dejara caer agotada sobre el sofá
con su indumentaria de trabajo.
¿Cuántas veces
me imaginé siendo detenido por ella?.....Cientos, quizás miles.
¿Cuántas noches
soñé con disfrutar de esa bella agente?.... Incontables.
¿Cuántas veces
me acosté con ella?.... Ninguna y jamás creí que pudiera darse el caso.
El carácter de
esa morena era tan agrio como lo bella que era. La mala leche proverbial con la
que mi madrina Manuela trataba a todos, hacía imposible cualquier acercamiento.
Y cuando digo cualquier, ¡Era cualquier!. Siendo una divinidad de mujer,
nunca se le había conocido novio o pareja. Según mi padre eso se debía a que a
que era tortillera pero según mamá, la razón que no había encontrado un hombre
era por mala suerte.
-Ya encontrará
un marido y tendrás que comerte tus palabras- le decía siempre defendiendo a su
comadre.
Mi viejo reía y
como no quería más bronca, se callaba mientras yo en un rincón, sabía que
ambos se equivocaban. En mi mente infantil, mi madrina era perfecta y sin
nunca había salido con nadie, era porque a ella no le interesaba.
“Cuando lo
deseé, los tendrá a patadas”, pensaba sabiendo que esa noche tendría que
masturbarme con la foto que me regaló en un cumpleaños.
Han pasado
muchos años, pero aún recuerdo esa instantánea. En ella mi madrina Manuela
estaba frente a un coche azul con la porra en la mano. La sensualidad de
esa imagen la magnificaba yo al imaginar que ese instrumento era mi verga y que
ella la meneaba cuando en realidad eran mis manos las que me hacían la chaqueta.
En mis horas
nocturnas, mi imaginación volaba entre sus piernas mientras me decía a mí mismo
que tampoco me llevaba tantos años. Lo cierto es que eso si era cierto, por
aquel entonces yo tenía quince años y mi madrina veinticinco pero a esa
edad, esa brecha la veía como insuperable y por eso me tenía que
contentar con soñar solo con ella.
Profesional
eficiente y sin nadie que le esperara en casa, Manuela subió como la espuma
dentro de la policía y con veinticinco años ya era inspectora jefe de la
comisaría de Coatzacoalcos en Veracruz. Ese puesto que hizo menos frecuentes
sus visitas, fue a la postre lo que me llevó a cumplir mi sueño desde niño……
Toda mi vida
cambia por un maldito porro.
Acababa de
empezar la carrera de derecho y como tantos muchachos de mi edad, estudiaba
poco, bebía mucho y fumaba más. Y cuando digo fumar, no me refiero a los
Marlboro que hoy en día enciendo sino a los canutos con los que me daba el
puntito cada vez que salía a desbarrar.
Llevaba un
tiempo causando problemas en casa, discutia con mis viejos en cuanto me
dirigían la palabra, sacaba malas notas y lo peor a los ojos de ellos, mis
nuevas amistades les parecían gentuza. Hoy desde la óptica que dan la
experiencia, los comprendo: a mí tampoco me gustaría que los amigos de mi hijo
tuvieran una estética de perroflautas pero lo cierto es que no eran malos.
Eran…traviesos.
Hijos de papa
como yo y con sus necesidades seguras, se dedicaban a festejar su juventud
aunque de vez en cuando se pasaban.
Lo que les voy a
contar ocurrió una madrugada en la que habiendo salido hasta el culo de pachecos
de una discoteca, mis colegas no tuvieron mejor ocurrencia que vaciar los
contenedores de basura en mitad de la calle. Para los que no conozcan, es una
de las principales vías de acceso a la ciudad universitaria, por lo que aunque
era muy tarde, había suficiente tráfico para que rápidamente se formara un
monumental atasco.
La policía no tardó
en llegar y viendo que éramos un grupo de diez los culpables del altercado, nos
metieron a golpes a una patrulla. Envalentonado con la yerba y cabreado por la
brutalidad que demostraron, fui tan pendejo de encararme con ellos. Los agentes
respondieron con violencia de modo que al cabo de los veinte minutos, todos
estábamos siendo fichados pero en mi caso la foto que me hicieron era una
muestra clara de abuso policial.
Con los ojos
morados y el labio partido, me dediqué a llamarles hijos de puta y a amenazarles
con ir al juzgado. Fue tanto el escándalo que monté que el inspector de guardia
salió de su despacho a ver que ocurría.
La casualidad
hizo que mi madrina Manuela fuera dicho superior. Al reconocerme, pidió a uno
de sus subalternos que me encerrara en una celda a mí solo.
Conociendo la mala baba que se gastaba su jefa, el agente no hizo ningún
comentario y a empujones me llevó hasta esa habitación.
Yo, todavía no
sabía que mi madrina estaba allí por eso cuando la vi aparecer por la puerta,
me alegré pensando ingenuamente que mis problemas habían terminado y
alegremente, la saludé diciendo:
-Madrina, tienes
unos matones como subordinados, ¡Mira como me han puesto!
Mi madrina
sin dirigirme la palabra me soltó un putazo que me hizo caer y ya en el suelo
me dio un par de patadas que aunque me dolieron no fue lo que me derrotó
anímicamente sino el oírla decir a esos mismos que había insultado:
-Todos han visto
que he sido yo quien se ha sobrepasado con el detenido, si hay una
investigación asumo la responsabilidad de lo que pase.
Los policías
presentes se quedaron alucinados que asumiera la autoría y si ya tenía a su
jefa en un pedestal a partir de esa noche, para ellos no había nadie más
capacitado que ella en toda la comisaría. Solo yo sabía, el por qué lo había
hecho.
“¡Nunca me
dejarían mis padres denunciar a mi madrina!”
De esa forma tan
ruda, la comadre de mi madre cumplió dos objetivos: en primer lugar me castigó
y en segundo, libró al personal bajo su mando de un posible castigo. Humillado
hasta decir basta, me acurruqué en el catre del que disponía el calabozo y
usando las manos como almohada, dormí la borrachera.
Debían ser sobre
las doce, cuando escuché que la puerta de mi celda se abría. Al abrir los ojos,
vi entrar a mis viejos con mi madrina. Mi estado debía ser tan lamentable que
mi madre se echó a llorar. Mi padre al contario, iracundo de ira, comenzó a
soltarme un sermón.
-¡Vete a la
mierda!- contesté intentando que se callara. Sus gritos se clavaban como
espinas en mis sienes.
Al no esperárselo
y ser además un buenazo, se quedó callado. Fue entonces cuando la zorra de mi madrina
me agarró de los pelos y obligándome a arrodillarme, me exigió que les pidiera
perdón.
Asustado,
adolorido y resacoso por igual, no tuve fuerzas para oponerme a su violencia y
les rogué que me perdonaran.
Mi madre
llorando como una magdalena, se repetía con lágrimas en los ojos que no sabía
que podía hacer conmigo. Mientras ella lloraba, Manuela se mantuvo en un
segundo plano.
-¡No ves lo que
nos estás haciendo!- dirigiéndose a mí, dijo- ¡Vas camino de ser un
delincuente!- les juro que no lo vi venir, cuando creía que estaba más
desesperada, dejó de llorar y con tono serio, preguntó a su comadre: -¿Serías
tú capaz de enderezarlo?
Mi madrina
poniendo un gesto de contrariedad, le contestó:
-Déjamelo un
mes. ¡Te lo devolveré siendo otro!
Mi padre estuvo
de acuerdo y por eso, esa tarde al salir de la comisaría, recogí mis cosas y me
mudé con mi pariente.
Me mudo a casa
de mi madrina.
Recuerdo el
cabreo con el que llegué a su apartamento. Mi padre me llevó en coche hasta
allí y durante el trayecto tuve que soportar el típico discurso de progenitor
en el que me pedía que me comportara. Refunfuñando, prometí hacerlo pero en mi
fuero interno, decidí que a la primera oportunidad iba a pasarme por el arco
del triunfo tanto sus consejos como las órdenes que la zorra de mi madrina me
diera.
“¡Ya vera esa
puta!. ¿Quién se creé para tratarme así?”, pensé mientras sacaba mis cosas del
maletero.
Mi pobre viejo
me despidió en el portal y cogiendo el ascensor, fui directo a enfrentarme con
esa engreída.
“¿Cambiarme a
mí? ¡Lo lleva claro!”, me dije convencido de que aunque lo intentara no iba a
tener éxito.
Tal y como había
quedado con su comadre, Manuela me esperaba en el piso y abriendo la puerta, me
dejó pasar con un sonrisa en la boca.
Supe al instante
que esa cabrona me tenía preparada una sorpresa pero nunca anticipe lo rápido
que descubriría de que se trataba, pues nada mas dejar mi maleta en el cuarto
de invitados, me llamó al salón.
-Abre la boca-
ordenó- quiero hacerte una prueba de drogas.
juro que al
verla con el bastoncito en la mano, me llené de ira y por eso le respondí:
-Vete a la
mierda.
Mi madrina lejos
de enfadarse, con un gesto de alegría en su boca, me pegó un empujón
diciendo:
-¡Te crees muy
machito! ¿Verdad?- y sin esperar mi respuesta, me soltó un bofetón.
Su innecesaria
violencia, me terminó de enervar y gritando le contesté:
-Madrina, ni se
te ocurra volver a tocarme o….
-¿O qué?- me
interrumpió- ¿Me pegarías?
Sobre hormonado
por mi edad, respondí:
-Nunca pegaría a
una mujer pero si fueras un hombre te habría partido ya tu puta cara.
Descojonada
escuchó mi respuesta y antes de que pudiera hacer algo por evitarlo, me volvió
a soltar otro guantazo. Fue entonces cuando dominado por la ira, intenté
devolverle el golpe pero esa mujer adiestrada en las artes marciales, me paró
con una llave de judo tirándome al suelo.
-¡Serás puta!-
exclamé y nuevamente busqué que se tragara sus palabras.
Con una
facilidad que me dejó pasmado ese bombón de mujer fue repeliendo todos mis
ataques hasta que agotado, me quedé quieto. Entonces luciendo la mejor de sus
sonrisas, me soltó:
-Ya hemos jugado
bastante, ¿Vas a abrir la boca o tendré que obligarte?
-¡Qué te cojan!-
respondí.
Ni siquiera vi
su patada. Con toda la mala leche del mundo, esa zorra me golpeó en el estómago
con rapidez y aprovechando que estaba doblado, me agarró la cabeza y abriendo
mi boca, introdujo el maldito bastoncito. Una vez había conseguido su
objetivo, me dejó en paz y metiéndolo en un aparato, esperó a que saliera el
resultado del análisis:
-Como pensaba,
solo mota- dijo y volviendo a donde yo permanecía adolorido por la paliza, me
dijo: -Se ha acabado el fumar chocolate. Todos los días repetiré esta prueba y
te aconsejo que no te pille. Si lo hago te arrepentirás.
No me tuvo que
explicar en qué consistiría su castigo porque en esos instantes, mi cuerpo
sufría todavía el resultado de la siniestra disciplina con la que pensaba
domarme. Si ya estaba lo suficiente humillado, creí que me
hervía la sangre cuando la escuché decir:
-Tu madre me ha
dicho que en mes y medio, tienes los primeros parciales y le he prometido
que los aprobarías. Ósea que vete a estudiar o tendrás que asumir las
consecuencias.
Completamente derrotado,
bajé la cabeza y intenté estudiar pero era tanto el coraje que tenía acumulado
que con el libro enfrente, planeé mi venganza.
“Esa zorra no
sabe con quién se ha metido”.
Estuve dos horas
sentado a la mesa sin moverme. Aunque me cueste reconocerlo, me daba miedo que
mi madrina me viera sin estudiar y me diera otra paliza. Afortunadamente, llegó
la hora de cenar y por eso tuvo que levantarme el castigo y llamarme.
Ofendido hasta la médula ocupé mi sitio y en silencio esperé que me sirviera.
Cuando llegó con la cena, descubrí en ella a una siniestra institutriz que no
solo me obligó a ponerme recto en la silla sino que cada vez que me pillaba
masticando con la boca abierta, me soltó un zape.
“Maldita puta”,
mascullé entre dientes pero no me atreví a formular queja alguna no fuera a ser
que decidiera hacer uso de la violencia.
Al terminar, le
pedí permiso para irme a la cama. La muy hija de perra ni se dignó a
contestarme, por lo que tuve que esperar a que ella acabara. Fue entonces
cuando me dijo:
-Somos un
equipo. Nos turnaremos en lavar los platos y en los quehaceres de la casa… Así
que hoy te toca poner el lavavajillas mientras yo acomodo el salón.
Sintiéndome su
puto criado, levanté la mesa y metí los platos en el electrodoméstico. Ya
cubierta mi cuota, me fui a mi habitación y allí cerré la puerta. Ya con el
pijama dejé que mi mente soñara en cómo castigaría la insolencia de mi
pariente.
Lo primero que
hice fue imaginármela dormida en su cama. Aprovechado que dormía, me vi
atándola con las esposas que llevaba al cinto cuando salía de casa. Al cerrar
el segundo grillete, mi madrina despertó y al abrir los ojos y verme sonriendo
sobre ella, me gritó:
-¡Qué coño
haces!
De haber sido
real, me hubiera cagado en los pantalones pero como era MI sueño, le respondí:
-Voy a cojerte,
¡Puta!- tras lo cual empecé a desabrocharle su camisón.
Mi madrina
intentó zafarse y al comprobar que le resultaba imposible, me dijo casi
llorando:
-Déjame y
olvidaré lo que has hecho.
Incrementando su
desconcierto, le solté un guantazo mientras le terminaba de desabotonar. Con
esa guarra retorciéndose bajo mis piernas contemplé sus pechos al aire y
sin poderme aguantar, me lancé sobre ellos y los mordí. Su chillido angustiado
me informó de que estaba consiguiendo llevarla a la desesperación.
“¡Tremendas
tetas!” me dije recordando sus pezones. Ese par de peras dignas eran de un
banquete pero sabiendo que lo mejor de mi pariente era ese culazo, deslizé
mentalmente su camisón por las piernas.
Hecha un flan,
tuvo que soportar que prenda a prenda la fuera desnudando. Cuando ya estaba
desnuda sobre la cama, pasé el filo de una navaja por sus pechos y jugueteando
con sus pezones, le dije con voz perversa:
-¿Te arrepientes
del modo en que me has tratado?
Mi madrina,
cuando vio que iba en serio, se meó literalmente. Incapaz de
retener su vejiga, se orinó sobre las sabanas. Temiendo que le hiciera algo más
que no fuera el forzarla, con voz temblorosa, me respondió:
-No me hagas
daño, ¡Te juro que haré lo que me pidas!
Satisfecho al
tenerla donde quería, bajándome la bragueta, saqué mi miembro de su encierro y
la obligué a abrir sus labios para recibir en el interior de su boca el
pene erecto de su ahijado.
-¡Mámamela!
Tremendamente
asustada, se metió mi miembro hasta el fondo de la garganta. Al experimentar la
humedad de su boca y tratando de reforzar mi dominio, en mi sueño, le ordené
que se masturbara al hacerlo. Satisfecho, observé como esa estricta policía
cedía y llevando una de sus manos a su entrepierna, se empezaba a tocar.
-Te gusta
chupármela, ¿Verdad?- le solté para seguir rebajando su autoestima y cogiendo
su cabeza entre mis manos, forcé su garganta usándola como si su sexo se
tratara.
Unas duras
arcadas la asolaron al sentir mi glande rozando su campanilla pero temiendo
llevarme la contraria, en mi mente, se dejó forzar hasta que derramándome
en su interior, me vine dando alaridos.
Tras lo cual me
quedé dormido…
Mi primer día en
casa de mi madrina.
-¡Levántate
vago!
Ese fue mi
despertar. Todavía medio dormido miré mi reloj y descubrí que todavía era de
madrugada. Quejándome, le dije que eran las seis de las mañana.
-Tienes cinco
minutos para vestirte. Me vas a acompañar a correr- contestó muerta de risa.
Cabreado, tuve
que levantarme y ponerme un chándal mientras mi madrina me preparaba un café.
La actividad de esa zorra en la mañana me desesperó y más cuando urgiéndome a
que me tomara el desayuno, me esperaba en la puerta.
“Hija de puta”,
la insulté mentalmente al ver que empezaba a correr y que girando la cabeza, me
pedía que la siguiera.
Curiosamente al
correr tras ella, comprendí que tenía su lado bueno al observar el culo de esa
zorra al trotar. Mi madrina se había puesto un licra de atletismo, por lo que
pude admirar sin miedo a que se diera cuenta esa maravilla. Les juro que
disfruté durante los primeros diez minutos, mirando las dos preciosa nalgas
subiendo y bajando al ritmo de su zancada.
El problema vino
cuando me empezó a faltar la respiración por el esfuerzo. Sudando a raudales,
tuve que pedirle que descansáramos pero esa puta soltando una carcajada me
contestó diciendo:
-Necesitas sudar
toda la mierda que te metes- tras lo cual me obligó a continuar la marcha.
Para no haceros
la historia larga, a la hora de salir a correr, volví a su casa absolutamente
derrotado mientras esa mujer parecía no notar ningún tipo de cansancio.
Dejándome caer sobre un sofá, tuve que aguantar sus bromas y chascarrillos
hasta que, olvidándose de mí, se metió a duchar.
El sonido del
agua de la ducha cayendo sobre su cuerpo me hizo imaginar lo que estaba pasando
a escasos metros de mí y bastante excitado me tiré en la cama, pensando en
ello. Mi mente me jugó una mala pasada por que rápidamente llegaron hasta
mí imágenes de ella enjabonándose.
“Esta buena esa
maldita”, me dije y reconociendo que le echaría un polvo si pudiera, me levanté
a ordenar mi cuarto.
A los diez
minutos, la vi entrar ya vestida pero con el pelo mojado. Al observar que tenía
la habitación ordenada y la cama hecha, sonrió y me mandó a duchar. La visión
de su melena empapada, me excitó y antes de que mi pene se alzara
traicionándome, decidí obedecer.
Cuando salí del
baño, mi madrina ya se había ido a trabajar y viendo que todavía no habían dado
ni las ocho, decidí hacer tiempo antes de irme a la universidad. Como estaba
solo, aproveché para fisgonear un poco y sabiendo que quizás no tendría otra
oportunidad, fui a su cuarto a ver cómo era.
Nada más entrar,
me percaté de que al igual que su dueña, era pulcra y que estaba perfectamente
ordenada. Abriendo los cajones, descubrí que su pasión por el orden era tal que
agrupaba por colores sus bragas. Deseando conocer su gusto en ropa interior, me
puse a mirarlas sin tocarlas no fuera a descubrir que no estaban tal y como
ella, la había dejado.
Como en trance,
pensé que quizás hiciera como su comadre y tuviera un bote de ropa sucia en el
baño. Al descubrirlo en un rincón, lo abrí y descubrí un coqueto tanga de
encaje rojo y más nervioso de lo que me gustaría reconocer, lo saqué y me
lo llevé a la nariz.
-¡Dios! ¡Qué
bien huele!- dije en voz alta al aspirar su aroma.
Mi sexo
reaccionando como resorte, se alzó bajo mi pantalón. Dándome el gustazo,
me senté en el suelo y usando esa prenda, me masturbé. Solo tuve cuidado al
eyacular para no mancharla con mi semen. Una vez saciado, devolví el tanga a su
lugar.
Al ser ya
la hora de irme, salí del apartamento imaginándome a mi madrina usando esas tangas.
“Definitivamente….
Esa puta tiene un culazo”.
Ya en la
universidad la rutina diaria me hizo olvidar a mi madrina y solo me acordé de
ella cuando entre clase y clase, un amigo me ofreció un toque. Estuve a punto
de cogerlo pero recordando su amenaza, me abstuve de darle una calada,
pensando:
“Es solo un
mes”.
Aunque ese día
no caí en ello, mi transformación empezó con ese sencillo gesto. Mitad
acojonado por ser cazado en un renuncio pero también deseando complacer a esa
mujer, tomé la decisión acertada porque al volver a su apartamento, lo primero
que hizo al verme fue obligarme a abrir la boca para comprobar que no
había fumado.
Esa vez, obedecí
a la primera.
Mi madrina muy
seria introdujo el puñetero bastoncito y al igual que el día anterior, se puso
a analizar la saliva que había quedado impregnada en ese algodón. A los pocos
segundos, la vi sonreír y acercándose a mí, me dio un beso en la mejilla como
premio.
Si bien de
seguro no lo hizo a propósito, al hacerlo sus enormes pechos presionaron el
mío. El placer que sentí fue indescriptible, de modo que el desear que se
repitiera esa recompensa me sirvió de aliciente y desde ese momento, decidí
que haría lo imposible por no defraudarla.
Tras lo cual, me
encerré en mi cuarto y me puse a estudiar. La satisfacción de mi madrina
fue evidente cuando pasando por el pasillo, me vio concentrado frente al
libro y viendo que me empezaba a enderezar, se metió a hacer la cena en
la cocina.
Debían de ser
casi las nueve, cuando cansado de estudiar, me levanté al baño. Al pasar por el
pasillo, vi a mi madrina Manuela bailando en la cocina al ritmo de la música.
Sintiéndome un voyeur, la observé sin hacer ruido:
“¡Está
impresionante!”, me dije sorprendido de que supiera bailar sin dejar de babear
al admirar el movimiento de su trasero:” ¡Menudo culo!”, pensé deseando hundir
mi cara entre esos dos cachetes.
Fue entonces
cuando ella me sorprendió mirándola y en vez de enfadarse, vino hacia mí y me
sacó a bailar la samba que sonaba en la radio. Cortado por la semi erección que
empezaba a hacerse notar bajo mi bragueta, intenté rechazar su contacto pero mi
madrina agarrándome de la cintura lo impidió y se pegó totalmente a mi
cuerpo.
Aunque mi
empalme era evidente, no dijo nada y siguió bailando. Producto de su
danza, mi sexo se endureció hasta límites insoportables pero aunque deseaba
huir, tuve que seguirle el paso durante toda la canción. Una vez acabada y con
el sudor recorriendo mi frente, me excusé diciendo que me meaba y me fui al
baño.
Como imaginaran
de antemano, me urgía descargar pero no mi vejiga sino mis huevos y por
eso, nada más cerrar la puerta, me masturbé con rapidez rememorando la
deliciosa sensación de tener a esa morena entre mis brazos.
Tan llenos y
excitados tenía mis testículos que el chorro que brotó de mi verga fue tal que
llegó hasta el espejo.
“¿Quién se la cojera?”
y por primera vez, no vi tan lejos ese deseo.
Aunque parecía
imposible, esa recta e insoportable mujer cuando la llevabas la contraria, se
convertia en un ser absolutamente dulce y divertido cuando se le obedecía.
Mi segundo día
en casa de mi madrina.
Deseando
complacerla en todo y que me regalara otro beso u otro baile como la noche
anterior, puse mi despertador a las seis menos cuarto, de forma que cuando
apareció en mi habitación para despertarme la encontró vacía.
Sé que pensó que
me había escapado porque me lo dijo y hecha una furia entró en la cocina para
coger las llaves de su coche e ir a buscarme. Pero entonces me encontró con un
café. Sin darle tiempo a asimilar su sorpresa, poniéndoselo en sus manos, le
dije:
- Tienes cinco
minutos para vestirte.
La sonrisa de
sus labios me informó claramente que le había gustado mi pequeña broma y
sin decir nada, se fue a cambiar para salir a correr. Al poco tiempo, la vi
aparecer con unos leggins aún más pegados que el día anterior y un pequeño top
que difícilmente podía sostener el peso de sus pechos.
“Viene preparada
para la guerra”, me dije disfrutando del profundo canalillo que se formaba
entre sus tetas.
Repitiendo lo
ocurrido el día anterior, mi madrina iba delante dejándome disfrutar de su
culo. El único cambio que me pareció notar es que esta vez el movimiento de sus
nalgas era aún más acusado, como si se estuviera luciendo.
“Ese culo tiene
que ser mío”, exclamé mentalmente sin perder de vista a esa maravilla.
Esa mañana
resistí un poco más pero aun así al cabo del rato estaba con el bofe fuera y
por eso no me quedó más remedio que pedirle que aminorara el paso. Mi madrina
se compadeció de mí y señalando un banco, me dijo que me sentara mientras ella
estiraba.
Agotado como
estaba, accedí y me senté.
Fue entonces
cuando sucedió algo que me dejó perplejo. Aunque el camino era muy ancho, se
puso a hacer sus estiramientos a un metro escaso de donde yo estaba. Les
juro que aunque esa mujer me volvía loco, me exitó verla agacharse frente a mí
dejándome disfrutar de la visión de su sexo a través de sus leggins.
“¡Se le ve
todo!”, pensé totalmente interesado al comprobar que eran tan estrechos que los
labios de su coño se marcaban claramente a través de la tela.
Durante un
minuto y dándome la espalda, se dedicó a estirar unas veces con las piernas
abiertas dándome una espléndida visión de su chocho y otras con las rodillas
pegadas, regalando a mis ojos un panorama sin igual de su culo.
Si de por sí eso
ya me tenía cachondo, no les cuento cuando sentándose en el suelo se puso a
hacer abdominales frente a mí. Cada vez que se tocaba los pies, el escote de su
top quedaba suelto dejándome disfrutar del estupendo canalillo entre sus
tetas.
Olvidando toda
cordura, incluso llegué a inclinarme sobre ella para ver si alcanzaba a
vislumbrar su pezón. Mi madrina al verme tan interesado, miró el bulto que
crecía entre mis piernas y levantándose, alegremente, salió corriendo sin decir
nada.
Mi calentura se
incrementó al percatarme que no le había molestado descubrir la atracción que
sentia por ella y por eso, con renovadas fuerzas, fui tras ella.
Al igual que la
mañana anterior, nada más llegar a casa, mi madrina se metió a duchar mientras
yo intentaba serenarme pero no pude porque por algún motivo que no alcanzaba a
adivinar, mi madrina dejó medio entornada la puerta mientras lo hacía.
Al descubrirlo,
luché con todas mi fuerzas para no espiar pero venció mi lado perverso y
acercándome miré a través de la rendija. Mi ángulo de visión no era el óptimo
ya que solo alcanzaba a ver su ropa tirada en el suelo. Debí de haberme
conformado con ello pero al saber que mi madrina estaba desnuda tras la puerta
me hizo empujarla un poco. Excitado descubrí que el centímetro que había
abierto era suficiente para ver su silueta a través de la mampara transparente
de la ducha.
“Menuda mujer”,
totalmente cachondo tuve que ratificar al ver el modo tan sensual con el que se
enjabonaba.
Tal y como me
había imaginado, sus piernas eran espectaculares pero fueron sus pechos los que
me dejaron anonadado. Grandes, duros e hinchados eran mejores que los de muchas
de las actrices porno que había visto y ya dominado por la lujuria, me
desabroché la bragueta y sacando mi miembro me puse a masturbarme mirándola.
-¡Qué pasada!-
exclamé en voz baja, cuando al darse la vuelta en la ducha, pude contemplar
tanto los negros pezones que decoraban sus tetas como su coño. Desde mi puesto
de observación, me sorprendió que mi madrina llevara hechas las ingles
brasileñas y que donde debía haber un poblado felpudo, solo descubriera un
hilillo exquisitamente depilado: “¡Joder con la madrina! ¡Cómo se lo tenía
escondido!”, pensé.
Mi sorpresa fue
mayor cuando la comadre de mi madre separó sus piernas para enjabonarse la
ingle, permitiendo que su ahijado se recreara con la visión de su vulva. Si no
llega a ser imposible, por el modo tan lento y sensual con el que se
enjabonaba, hubiese supuesto que sabía que la estaba observando y que se
estaba exhibiendo.
Completamente
concentrado, tardé en percibir en el modo en que se pasaba el jabón por su sexo
que se estaba masturbando. La certeza de que mi madrina se estaba pajeando me
terminó de excitar y descargando mi semen sobre la alfombra, me vine en
silencio. Asustado limpié mi estropicio mientras intentaba olvidar su
espectacular anatomía bajo la ducha. Por mucho que lo intenté me resultó
imposible, su piel mojada y la forma en que buscó el placer auto infringido se
habían grabado en mi mente y ya jamás se desvanecería.
Ya en mi cuarto,
mi imaginación se volvió a desbordar y no tardé en verme separando esos dos
cachetes e introduciendo mi lengua en su interior. Solo el hecho de que mi madrina
saliendo del baño me descubriera, evitó que me volviera a masturbar pensando en
ella.
Estaba tan
caliente que decidí que tenía que irme de la casa y cogiendo mis libros, me
despedí de ella desde el pasillo. Mi madrina Manuela que ya había terminado, me
contestó que esperara un momento. Al minuto la vi salir envuelta en la toalla y
pegándose como una lapa, me dio un beso en la mejilla mientras, como si fuera
casual, su mano se paseaba por mi trasero.
Les juro que
todavía no comprendo cómo aguanté las ganas de quitarle esa franela y cogérmela
ahí mismo. Hoy sé que quizás fuera lo que estaba deseando pero en aquel
entonces, me dio miedo y comportándome como un crio, salí huyendo.
Durante todo el
día el recuerdo de su imagen en la ducha pero sobre todo la certeza de que esa
última caricia no había sido fortuita me estuvieron torturando. En mi
mente no cabía que esa frígida de la que todo el mundo hablaba pestes,
resultara al final una mujer necesitada de cariño y que esa necesidad
fuera tan imperiosa que aceptara incluso que fuera su ahijado quien la calmara.
Al ser viernes,
no tuve clases por la tarde por lo que sin nada que hacer, decidí dar a mi madrina
una nueva sorpresa y entrando en la cocina, me puse a preparar la cena para que
cuando ella llegara del trabajo, se la encontrara ya hecha.
Debió llegar
sobre las nueve.
La chinga de
cocinar valió la pena al ver la alegría en su cara cuando descubrió lo que
había hecho. Con cariño se acercó a mí y me lo agradeció abrazándome y
depositando un suave beso cerca de la comisura de mis labios. Fue como si
me lo hubiese dado en los morros, la temperatura de mi cuerpo subió de golpe al
sentir sus pechos presionando el mío, mientras me decía:
-Es agradable,
sentirse cuidada.
De haber sido
otra y no la comadre de mi madre, le hubiese demostrado un modo menos filial de
mimarla. Sin pensármelo dos veces la hubiese cogido en brazos y la hubiera
llevado hasta su cama pero, como era mi madrina, sonreí y tapándome con un
trapo, deseé que no hubiese advertido la erección que sufría en ese
instante mi miembro.
Sé que mis
intentos fueron en vano porque entornando sus ojos, me devolvió una mirada
cómplice, tras la cual, me dijo que iba a cambiarse porque no quería cenar con
el uniforme puesto. Al cabo del rato volvió a aparecer pero esta vez el
sorprendido fui yo. Casi se me cae la sartén al verla entrar con un vestido de
encaje rojo completamente transparente.
Reconozco que me
costó reconocer en ese pedazo de mujer a mi madrina, la policía, porque no solo
se había hecho algo en el pelo y parecía más rubia sino porque nunca pensé que
pudiese ponerse algo tan corto y sugerente. El colmo fue al bajar mi mirada,
descubrir las sandalias con tiras anudadas hasta mitad de la pantorrilla.
Para entonces,
sabiendo que había captado mi atención, me preguntó:
-¿Estoy guapa?
Con la boca
abierta y babeando descaradamente, la observé modelarme ese dichoso vestido.
Las sospechas de que estaba tonteando conmigo se confirmaron cuando poniendo
música se empezó a contornear bajo mi atenta mirada.
Dotando de un
morbo a sus movimientos que me dejó paralizado, siguió el ritmo de la canción
olvidando mi presencia. El sumun de la sensualidad fue cuando con sus manos se
empezó a acariciar por encima de la tela, mientras mordía sus labios mirándome.
Estaba a punto
de acercarme a ella y estrecharla entre mis brazos, cuando apagó la
música y soltando una carcajada, me dijo:
-Ya has tenido
tu premio, ahora vamos a cenar.
Mi monumental
cabreo me obligó a decirle:
-Madrina eres una
calientavergas.
El insulto no
hizo mella en ella y luciendo la mejor de sus sonrisas, contestó:
-Lo sé, ahijado,
lo sé- tras lo cual se sentó en la mesa como si no hubiese pasado nada.
Indignado con su
comportamiento, la serví la cena y me quedé callado. Mi mutismo lo único que
consiguió fue incrementar su buen humor y disfrutando como la zorra que era, se
pasó todo el tiempo exhibiéndose como una fulana mientras, sin darse cuenta,
bebía una copa de vino tras otra.
Si en un
principio, sus provocaciones se suscribían a meras caricias bajo la mesa o a
pasar sus manos por su pecho, con el trascurrir de los minutos, bien el alcohol
ingerido o bien el morbo que sentia al excitar a su ahijado, hicieron que se
fuese calentando cada vez mas.
-¿Te gustan mis
pechos?- me soltó con la voz entrecortada mientras daba un pellizco sobre ambos
pezones.
La imagen no
podía ser más sensual pero cabreado como estaba con ella, ni me digné a
contestar. Mi madrina al ver que no había resultado su estratagema y que me
mantenía al margen, decidió dar un pequeño paso que cambió mi vida.
Levantándose de su silla, se acercó a mí y sentándose sobre mis rodillas, me
preguntó:
-¿Mi ahijado
está enfadado?
-Sí, madrina.
Poniendo un
puchero en su boca, pegó su pecho contra mi cara mientras me decía:
-¿Y puede tu
perversa madrina hacer algo para contentarte?
Su pregunta hizo
que mi pene se despertara del letargo y tanteando, acaricié una de sus
tetas para ver como reaccionaba. Mi caricia no fue mal recibida y sonriendo
nerviosa, me preguntó:
-Verdad que lo
que ocurra entre nosotros, no tiene nadie porque enterarse.
-Por supuesto-
respondí mientras le bajaba los tirantes a su vestido.
Bajo la tela
aparecieron los dos enormes pechos que había visto en la ducha. El hecho de que
los conociera lejos de reducir mi morbo lo incrementó y cogiendo una de sus
aureolas entre los dientes, empecé a chupar mientras la comadre de mi
madre no paraba de gemir.
-Me encanta como
lo haces- masculló entre dientes totalmente entregada.
La excitación
que asolaba a mi madrina me dio la confianza suficiente para bajando por su
cuerpo mi mano se acercara a su pubis. Al tocarlo, la mujer que apenas
dos días antes me había dado una paliza, pegó un respingo pero no intentó
evitar ese contacto. Ansiando llevar a la locura a esa mujer, introduje
un dedo hasta el fondo de su sexo mientras la excitaba a base de pequeños
mordiscos en sus pezones.
No tardó en
mostrar los primeros indicios de que se iba a correr. Su respiración agitada y
el sudor de su escote, me confirmaron que al fín iba a poder cumplir mi sueño y
disfrutar de ese cuerpo. Tal como había previsto, mi madrina llegó
al orgasmo con rapidez y afianzando mi dominio, le metí otros dos dentro de su
vulva.
-Necesito que me
cojas- sollozó con gran amargura y echándose a llorar, gritó: –¡La puta de tu madrina
quiere que su ahijado la desvirgue!
La confesión que
ese bombón de veintiocho años, jamás había estado con un hombre me hizo
recordar mis pensamientos de esa mañana:
“Aunque
exteriormente sea un ogro, en cuanto arañas un poco descubres que es una mujer
necesitada de cariño”.
El dolor con el
que reconoció que era virgen, me hizo comprender que desde joven había alzado
una muralla a su alrededor y que aunque fuera policía y diez años mayor que yo,
en realidad era una niña en cuestión de sexo.
Todavía hoy no
sé qué me inspiró pero cogiéndola entre mis brazos, la llevé hasta su cama y me
tumbé junto a ella. Tratándola dulcemente, no forcé su contacto y
solo abrazándola, abrazándola, la consolé dejándola llorar:
-Tranquila
preciosa- le dije al oído con cariño.
Mi ternura la
fue calmando y al cabo de unos minutos, con lágrimas en sus ojos, me preguntó:
-¿Me harías ese
favor?
Supe enseguida a
qué se refería. Un suave beso fue mi respuesta. Mi madrina Manuela respondió con
pasión a mi beso pegando su cuerpo al mío. Indeciso, llevé mis manos hasta sus
pechos. La que en teoría debía tener mas experiencia, me miró con una
mezcla de deseo y de miedo y cerrando los ojos me pidió que los chupara.
Su permiso me
dio la tranquilidad que necesitaba y por eso fui aproximándome con la lengua a
uno de sus pezones, sin tocarlo. Estos se irguieron esperando el contacto,
mientras su dueña suspiraba excitada. Cuando mi boca se apoderó del primero, mi
pariente no se pudo reprimir y gimió, diciendo:
-Hazme tuya.
Sabiendo que ese
pedazo de mujer nunca había probado las delicias del sexo, decidí que
tendría cuidado y reiniciando las caricias, fui recorriendo su cuerpo,
aproximándome lentamente a mi meta. Mi madrina, completamente entregada, separó
sus rodillas para permitirme tomar posesión del hasta entonces inaccesible
tesoro.
Pero en vez de
ir directamente a él, pasé de largo y seguí acariciando sus piernas. La
estricta policía se quejó odiada y dominada por el deseo, se pellizcó sus
pechos mientras me rogaba que la hiciera mujer. Si eso ya era de por sí,
excitante aún lo fue mas observar que su sexo brotaba un riachuelo muestra
clara de su deseo.
Usando mi
lengua, seguí acariciándola cada vez mas cerca de su pubis. Mi madrina,
desesperada, gritó como una perturbada cuando, separando sus labios, me apoderé
de su botón. No tuve que hacer más, retorciéndose sobre las sábanas, se corrió
en mi boca.
Como era su
primera vez, me entretuve durante largo tiempo, bebiendo de su coño y jugando
con su deseo. Poseída por un frenesí hasta entonces desconocido, me rogó
nuevamente que la desvirgara pero contrariando sus deseos, seguí en mi
labor de zapa hasta que pegando un aullido me confirmo que la última de sus
defensas había caído.
Entonces y solo
entonces, me desnudé.
Desde la cama
ella me miraba. Al girarme y descubrir su deseo comprendí que en ese instante
no era mi madrina sino mi amante. Cuando me quité los calzoncillos y me di la
vuelta, observó mi erección y sonriendo, me rogó que la tomara.
Comprendí que no
solo estaba dispuesta sino que todo en ella ansiaba ser tomada, por lo
que, separando sus rodillas, aproximé mi glande a su sexo y
jugueteé con su clítoris mientras ella no dejaba de pedirme excitada que la
hiciera suya.
Comportándome
como el mayor de los dos y deseando que su primera vez fuera especial,
introduje mi pene con cuidado en su interior hasta que chocó contra su
himen. Sabiendo que le iba a doler, esperé que ella se relajara. Pero
entonces, echándose hacia atrás, forzó mi penetración y de un solo golpe, se
enterró toda mi extensión en su vagina.
La comadre de mi
madre pegó un grito al sentir que su virginidad desaparecía y aún doliéndole
era mayor el lastre que se había quitado al sentir que mi pene la llenaba por
completo, por eso susurrando en mi oído, me pidió:
-Dame placer.
Obedeciendo
gustoso su orden, lentamente fui metiendo y sacando mi pene de su interior. Mi madrina
que hasta entonces se había mantenido expectante, me rogó que acelerara
mientras con su mano, se acariciaba su botón con satisfacción.
Sus gemidos de
placer no tardaron en llegar y cuando llegaron, me hicieron incrementar
mis embestidas. La facilidad con la que mi estoque entraba y salía de su
interior, me confirmaron más allá de toda duda que mi madrina estaba
disfrutando como una salvaje y ya sin preocuparme por hacerla daño, la
penetré con fiereza. Mi hasta esa noche virginal pariente no tardó en correrse
mientras me rogaba que siguiera haciéndole el amor.
-¿Le gusta a mi
tita que su ahijado se la coja?-, pregunté al sentir que por segunda vez, esa
mujer llegaba al orgasmo.
-Sí-, gritó sin
pudor- ¡Me encanta!
Dominado por la
lujuria, la agarré de los pechos y profundizando en mi penetración, forcé su
cuerpo hasta que mi pene chocó con la pared de su vagina. La reacción de esa
mujer me volvió a sorprender al pedirme que la usara sin contemplaciones. Su
rendición fue la gota que necesitaba mi vaso para derramarse, y cogiéndola de
los hombros, regué mi siguiente en su interior a la vez que le informaba que me
iba a correr, tras lo cual caí rendido sobre el colchón.
Satisfecha, me
abrazó y poniendo su cabeza sobre mi pecho, se quedó pensando en que esa
noche no solo la había desvirgado, sino que la había liberado de sus traumas y
por fin, se sentía una mujer.
Al cabo de cinco
minutos, ya repuesto, levanté su cara y dándole un beso en los labios, le
dije:
-Madrina, a
partir de esta noche, esta es también mi cama. ¿Te parece bien?
-Si pero por
favor, no me llames Madrina, ¡Llámame Manuela!.
-De acuerdo,
respondí y sabiendo que en ese momento, no podría negarme nada, le dije:
-¿Puedo yo pedirte también un favor?
-Por supuesto-
contesto sin dudar.
Acariciandole
uno de sus pechos, le dije:
-Mañana le dirás
a tu comadre que te está costando educarme y que piensas que es mejor que me
quede al menos seis meses contigo.
Muerta de risa,
me soltó:
-No se negara a
ello. Te quedarás conmigo todo el tiempo que tanto tú como yo queramos…- y
poniendo cara de puta, me preguntó: -… ¿Me echas otro palo?
Solté una
carcajada al escucharla y anticipando el placer que me daría, me apoderé
de uno de sus pechos mientras le decía:
-¿Me dejarás
también desflorar tu otra entrada?
………………………………………
Durante esa noche
hicimos repetidamente el amor, mi madrina una vez había bajado el se comportó
como una autentica zorra. Si hasta entonces nunca se había dejado llevar por la
pasión, se había convertido en una dulce amante satisfaciendo todos
y cada uno de mis deseos.
Ya pasado los años,
reconozco que jamás encontré a ninguna mujer tan apasionada pero sobre todo tan
necesitada de cariño como ella. En la intimidad de esa cama, Manuela se liberó
de los fantasmas de juventud a base de besos y caricias. Besos y caricias dados
por mí, su ahijado.
Confieso que aunque dormí
pocas horas, el tener a ese bombón junto a mi cuerpo me hizo despertar cuando
apenas había amanecido. Abrazada a su almohada totalmente dormida, no se
percató de que la observaba mientras descansaba. La belleza morena de esa mujer
se realzaba sobre el blanco de las sábanas.
Tomándome mi tiempo, en
silencio, valoré el espectáculo de mujer que tenía a mi lado. Todo en ella era
perfecto: Sus largas piernas, perfectamente contorneadas, no eran más que un
mero anticipo de su magnífico y atlético cuerpo.
“Qué buena está”, valoré
entusiasmado recorriendo con mis ojos sus caderas.
Supe mirándola que si no
llega a ser policía, mi madrina podría haberse ganado la vida como
modelo. Su vientre liso y sus enormes pechos eran además de producto de
sus genes, una muestra clara de la cantidad de ejercicio al que se sometía. Las
largas horas de trabajo duro en el gimnasio habían mantenido y mejorado su
belleza, dotándola de un atractivo evidente para todo aquel que se fijara en
ella.
Disfrutando de la visión
de su cuerpo desnudo, no me cabía en la cabeza el hecho que nunca hubiera
estado con un hombre.
“Debe de haber tenido
cientos de pretendientes”, me dije.
Si desde niño había sido
mi amor platónico, esa mañana comprendí que era mía aunque eso contraviniera
las normas morales vigentes. La forma en que se había entregado a mí, no era
normal. Sin saber si iba ser solo en esa ocasión o si por el contrario se
repetiría más veces, se lanzó a mis brazos con una urgencia total.
Todavía alucinando por
mi suerte, aproveché que la tenía a escasos centímetros y que estaba desnuda
para acariciarla. Con una ternura de la que nunca pensé ser capaz, usé
mis dedos para recorrer ese trasero duro y respingón que seguía siendo mi
obsesión. La noche anterior había intentado que me lo diera pero mi madrina se
negó diciendo que ya tendríamos tiempo.
“Tranquilo, cumplirá su
promesa”, pensé no queriendo forzar de modo alguno a ese primor y por eso,
pegándome a su espalda, dejé que mis dedos recorrieran su estómago.
Al oír un suspiro de
satisfacción, comprendí que mis mimos eran bien recibidos y por eso, subiendo
por su dorso me encontré con el inicio de sus pechos. El tamaño de los mismos
me tenía subyugado.
“Son enormes”, sentencié
al ser incapaz de recoger en mis manos la totalidad de su volumen.
Tanteando toqueteé con
mi pulgar uno de sus pezones. El jadeo que me hizo saber que estaba despierta.
Todavía adormilada, presionó sus nalgas contra mi miembro, descubriendo que
estaba listo para que ella lo usase.
-Te deseo- fue su saludo
y moviendo sus caderas, lo alojó dentro de sus piernas sin meterlo.
Ya convencido de
reanudar lo ocurrido la noche anterior, bajé una mano por su cuerpo hasta
llegar a su sexo.
“Está empapada”, exclamé
mentalmente al no haberme todavía a la facilidad con la esa estricta policía se
excitaba.
Aun así me sorprendió
que levantando levemente una pierna, Manuela se incrustara mi extensión en su
interior sin decir nada. La calidez de ella me recibió poco a poco, dejándome
disfrutar de mi pene se abría camino a través de sus pliegues.
Esperé a que hubiese
sido totalmente devorado por ella para coger un pezón entre mis dedos. El
gemido que salió de su garganta, me permitió pellizcarlo con dulzura. Mi madrina,
al notarlo, decidió que le urgía sentirse amada y acelerando sus movimientos,
buscó nuestra unión.
Su coño, ya parcialmente
anegado, presionaba mi pene con un suave ímpetu cada vez que su dueña forzaba
mi penetración con sus caderas. Conociendo que le encantaba los mimos, la
besé en el cuello y susurrándole le dije:
-¿Cómo ha dormido la putilla
de mi madrina?-
Mi cariñoso insulto fue
el acicate que necesitaba y convirtiendo sus jadeos en gemidos de placer, me
rogó que la tomara.
-Tranquila, tenemos todo
el tiempo del mundo-, respondí recordando que era sábado.
Mis palabras le hicieron
caer en la cuenta de que no se tenía que levantar a trabajar y saltando encima
de mí, me besó mientras se sentaba a horcajadas sobre mí, empalándose.
-¡Me vuelves loca!-
chilló al notar que la cabeza de mi glande chocaba con la pared de su vagina.
Como si pensase que lo
que estaba haciendo era inmoral y que podía acabarse en cualquier momento, su
cuerpo reaccionó con una premura que me dejó asustado. Con la respiración
entrecortada y con su cuerpo estremeciéndose sobre mí, me rogó que no parara
tras lo cual se corrió sonoramente.
Su orgasmo lejos de
calmar el ardor que la quemaba, lo incrementó y zafándose de mi pene, se agachó
a mis pies deseando complacerme. No tardé en sentir la humedad de su
lengua recorriendo mis piernas. La sensualidad que demostró al hacerlo fue
suficiente para hacerme olvidar la decepción que sentí cuando se bajó y por eso
al llegar a mis muslos, mi pene ya se alzaba nuevamente producto de sus
caricias.
Para aquel entonces
estaba convencida de lo que deseaba y dejándose llevar por la pasión, acercó su
boca a mi sexo con la intención de devorarlo. Fue entonces cuando abriéndola,
con sus labios besó la circunferencia de mi glande. Durante un par de minutos
se entretuvo disfrutando de él hasta que decidió introducírselo. Disfrutando
como un loco, vi como paulatinamente mi miembro desaparecía en su interior.
Aceptando pero sobre todo deseando su mamada, cerré mis ojos para
abstraerme en lo que estaba mi cuerpo experimentando. El cúmulo de sensaciones
que llevaba acumuladas hizo que la espera fuese corta y cuando ya creía que no
iba a aguantar más, le dije:
-Manuela, me voy a vaciar.
Mi madrina olvidándose
de mi aviso, buscó mi placer con más ahínco. La velocidad de sus labios se
incrementó y no paró hasta que consiguió descargara mi semen dentro de su boca.
Entonces con auténtica ansia, saboreó mi leche sin dejar que nada se
desperdiciara y solo cuando consiguió dejarme seco, se levantó con una sonrisa
en los labios y me dijo:
-Levántate vago, hay que
salir a correr.
.
Manuela se confiesa.
Siguiendo la rutina a la
que me tenía acostumbrado, mi madrina no me perdonó mi falta de forma e
imprimiendo a su carrera de un ritmo inhumano, me dejó para el arrastre. Una
hora después ya en la casa y mientras desayunábamos, decidí preguntarle cómo
era posible que siento una mujer espectacular nunca hubiera hecho el amor.
-Siempre he tenido miedo
a estar con un hombre- contestó tras pensarlo durante unos segundos.
Su respuesta me
sorprendió porque no en vano, no solo había elegido una profesión
predominantemente masculina sino que a base de fuerza y coraje se había abierto
camino en ella. Eligiendo cuidadosamente mis palabras para no ofenderla,
le respondí:
-No comprendo. Eres una
mujer valiente y preciosa. Sé que debes haber tenido muchas oportunidades….
-Más de las que
crees- me interrumpió- pero siempre había sentido que lo que buscaban era echar
un palo y eso me repelía.
-¿Y por qué yo no?-
pregunté.
Entornando sus ojos,
contestó:
-Tenías tanto miedo como
yo.
Asumí que tenía razón al
recordar mi confusión de la noche anterior al percatarme de que mi propia madrina
me estaba echando los perros pero deseando averiguar el motivo de ese miedo, le
pedí que se sentara en mis rodillas mientras le decía:
-Estaba acojonado.
Mi respuesta le hizo sonreír
y besando mis labios, se puso a acariciarme el pelo con afecto nada filial. La
pasión con la que me buscó, me hizo olvidarme momentáneamente de mi curiosidad
y cogiéndola entre mis brazos, la alcé y me la llevé por el pasillo diciendo:
-Vamos a bañarnos- y
recalcando los motivos, le solté: -¡Apestas!
Muerta de risa intentó
liberarse pero viendo que me dirigía al baño, se dio por vencida y
preguntó:
-¿Te ducharás conmigo?
-Por supuesto- respondí
mientras la dejaba en el suelo y abría la ducha.
Al darme la vuelta, mi madrina
ya se había desnudado:
-¡Qué rapidez!- solté
riéndome de su urgencia.
Dominada por una pasión
desconocida para ella, mi madrina me ayudó a quitarme la ropa y ya desnudos nos
metimos bajo el agua. Al ver sus pechos ya mojados, me hizo hundir mi cara en
ese profundo canalillo. Manuela al sentir mi lengua recorriendo sus pezones,
empezó a gemir mientras trataba con sus manos reavivar mi miembro.
-Me pones brutísimo-
sentencié al notar que entre mis piernas, mi sexo había recuperado su dureza.
Con una alegría
desbordante, se dio la vuelta y separando sus nalgas con sus dedos, me
respondió:
-¡Ayer me lo pediste!
¡Hoy es todo tuyo!-
Sus palabras me hicieron
reaccionar y arrodillándome, saqué mi lengua y con ella me puse a recorrer los
bordes de su virginal ano. Nada más notar la húmeda caricia en su esfínter, mi madrina
pegó un grito y llevándose una mano a su clítoris, empezó a masturbarse sin
dejar de suspirar.
-Quiero que seas tú
quién lo haga- gritó descompuesta.
Azuzado por su ruego y
urgido por romper ese maravilloso culo, metí toda mi lengua dentro y como si
fuera un micro pene, empecé a cogerla por detrás.
-¡Me encanta!- chilló al
experimentar la nueva sensación.
Alentado por su
confesión, llevé una de mis yemas hasta su ojete y recorriendo sus bordes,
busqué relajarlo. El berrido gozoso con el que esa arisca policía contestó a mi
caricia, me estimuló y metiéndolo hasta el fondo, comencé a sacarlo mientras
ella no paraba de gritar lo mucho que le gustaba. Viendo su entrega y que mi dedo
que entraba y salía con facilidad, junté un segundo y repetí la misma
operación.
-¡Dios!- escuché que
gritaba mientras apoyaba su cabeza sobre la pared del baño.
La respuesta de Manuela
me hizo olvidar toda precaución y ya dominado por mi propia calentura, cogí mi
pene en la mano y tras juguetear con mi glande en esa entrada trasera, le
pregunté si estaba segura.
-Sí- respondió.
Al oír su permiso, con
lentitud, fui introduciendo mi miembro en su trasero. Aun siendo su primera
vez, mi madrina sin absorbió centímetro a centímetro mi verga y solo cuando
sintió que se la había clavado por completo, me rogó que esperara diciendo.
-¡Me duele!
Intentando que el trago
fuera menos doloroso, me quedé quieto para que se fuera acostumbrando a ver su
esfínter invadido mientras intentaba tranquilizarla acariciándole los pechos.
Tras un minuto disfrutando únicamente con sus tetas, fue ella la que empezó a
mover sus caderas poco a poco. Paulatinamente la presión que ejercía mi pene en
su entrada trasera fue disminuyendo hasta que comprendí que ya podía moverme.
Con exquisito cuidado,
aceleré mis penetraciones. Mi madrina pegando un aullido se quejó pero sabiendo
que ese escozor no tardaría en convertirse en placer, le solté:
-¡Relájate y disfruta!
Que su ahijado le obedeciera,
le cabreó y tratando de zafarse de mi ataque, me exigió que parara. Pero
entonces por segunda vez, la desobedecí y recreándome en mi rebeldía, di
comienzo a un loco cabalgar sobre su culo.
-¡Me haces daño!- chilló
al sentir que seguía empalándola.
-¡Espera y verás!
– le contesté y recalcando mis deseos, solté un azote en uno de sus
cachetes.
Mi nalgada le hizo
reaccionar y sin llegárselo a creer, empezó a gozar entre gemidos.
-¡Espera un poco!- dijo
tomando aire tras lo cual chilló:- ¡Sigue!
Dominada por una pasión
desbordante y dejándose llevar por el ardor que colmaba su cuerpo, me pidió que
la siguiera empalando mientras con su mano empezó a torturar su clítoris. La
suma de ambos estímulos terminaron de minar sus defensas y a voz en
grito, me informó que se venia diciendo:
-Quiero sentir tu
esperma en mi culo.
Su entrega y que me
rogara que descargara en el interior de su trasero, fue la gota que derramó el
vaso de mi propio orgasmo y pegando un aullido, dejé que mi pene explotara en
sus intestinos. Mi madrina al notar que rellenaba su estrecho conducto con mi
simiente, se corrió nuevamente tras lo cual se dejó caer agotada en la ducha.
Satisfecho y también cansado, me senté a su lado y la besé.
Manuela, sonriendo, me
preguntó que quería hacer ese fin de semana.
-No salir de tu cama-
respondí.
La carcajada que soltó
al escuchar mi respuesta me sonó a música celestial. Una vez había asimilado
que no podía ser tan malo que ella y yo estuviésemos juntos porque al fin y al
cabo era algo que deseábamos ambos, la alegría de tener alguien con quien
compartir su vida la hizo reír. Su risa contagiosa consiguió contagiarme su
felicidad y sin esperar a que nos secáramos, la llevé hasta su cama.
Una vez entre las
sábanas, nos besamos como locos e intentamos reanudar nuestra pasión pero
entonces sonó el teléfono y la perfección del momento se rompió al leer en el
teléfono mi madrina que la llamaban de la comisaría. Con gesto serio escuchó a
su interlocutor y colgando, me dijo:
-Lo siento pero tengo
que irme.
-¿Algo grave? – pregunté
al ver su rostro cenizo.
-Sí- contestó- han
secuestrado a una niña de trece años.
Casi llorando, se dejó
caer y con los puños cerrados empezó a golpear el colchón diciendo:
-¡No puede ser! ¡Nunca
acabará! ¡Siempre habrá algún maldito abusando de una cría!
El dolor reflejado en
ella me dio a entender que no hablaba de la víctima sino de ella y tratando de
tranquilizarla, me acerqué a abrazarla:
-¡Ahora no!- gritó -¡Los
hombres dan asco!
La repugnancia que leí
en sus ojos, me dejó perplejo. Mi madrina focalizaba su desprecio por esos
animales en mí. Sabiendo que lo único que podía hacer era callarme, cogí mi
ropa y en silencio, salí de su habitación. Manuela ni siquiera se despidió de
mí y por eso totalmente desmoralizado, decidí que debía de averiguar que oscuro
secreto escondían tanto mi madre como su comadre.
Por eso abriendo mi
portátil, me puse a investigar a mi madrina en internet. Tras media hora
navegando, lo único que encontré fue referencias a su carrera en la policía y
las medallas que llevaba acumuladas por su valor. Fue entonces cuando caí que
si algo le había ocurrido siendo menor de edad, por la ley de protección de
menores, su nombre no aparecería. Entonces cambiando de estrategia me centré en
“Los Montes”, el pueblo donde había pasado la infancia mi familia materna y una
vez allí puse una serie de palabras claves como “victima”, “menor”, abusos”,
“violación” y finalmente “secuestro”. Al darle al intro, no tardé en descubrir
lo que le había pasado…
...en un periódico
local, había una referencia a un suceso acaecido hace más de 15 años.
Calculando que mi madrina, por aquel entonces tendría la misma edad de la pobre
chavala secuestrada, abrí la noticia y la leí.
“Ahora comprendo”,
mascullé entre dientes. Sin mencionar su identidad, el periodista se
recreaba en los detalles.
Por lo visto, saliendo
del colegio, fue retenida por un tipo de cuarenta años que metiéndola en el
coche, no solo la manoseó sino que le obligó a practicarle una felación.
Afortunadamente para la niña en cuestión, un policía que pasaba por allí, se
mosqueó por la cara del sujeto y al acercarse, vio lo que ocurría y por eso, el
suceso no pasó a mayores.
“De ahí su miedo a los
hombres”, me dije.
El trauma de ese abuso
había sido lo que le había impedido tener cualquier tipo de relación afectiva.
Tratando de acomodar mis ideas, alucinado descubrí la razón por la que conmigo,
si se atrevió a dar el paso; si bien el afecto que sentia por mí favoreció su
acercamiento, lo que en realidad fue decisivo fue que en la lucha cuerpo a
cuerpo, mi madrina había comprobado que era más fuerte que yo.
“No me considera un
peligro”, sentencié con el orgullo herido.
La certeza de que en su
fuero interno me veía inferior a ella, me desmoralizó. Reconozco que con
dieciocho años, lloré como un niño al saber que mi adorada Manuela no apreciaba
mi masculinidad sino todo lo contrario, a ella le atraía que siguiera siendo un
chaval. Dándola por perdida, me hundí en el llanto durante una hora. Solo dejé
de berrear cuando tomé la decisión de olvidarme de ella y continuar con mi vida
como si lo ocurrido durante esos días, nunca hubiere pasado.
Buscando el consuelo de
mis viejos, los llamé para pedir perdón. Desafortunadamente, fue mi madre la
que contestó y al escuchar mi arrepentimiento, se negó en rotundo en aceptarme
otra vez en casa diciendo:
-Si quieres venir es que
tu madrina está siendo efectiva. ¡Te quedas con ella!- tras lo cual colgó el
teléfono.
Confieso que no me
esperaba ese trato. Mi vieja siempre había sido fácil de convencer y por eso,
no supe ni que decir ni que hacer. Solo me quedaba aguantar y esperar que
pasara ese puto mes.
Mi madrina llega de la
comisaría.
La fatalidad hizo que el
secuestro se resolviera en ese mismo día pero que no pudieran hacer nada para
salvar a la niña. El degenerado que la había secuestrado, después de violarla,
la había estrangulado a sangre fría. Las pistas que dejó a su paso, llevó
a la policía hasta su guarida y entrando a saco, lo mataron en cuanto intentó
defenderse.
Debía de ser sobre las
ocho de la noche cuando vi aparecer a mi madrina por la puerta. Llegaba con su
ropa manchada de sangre y apiadándome de su aspecto, le pregunté qué había
pasado. Con gesto serio, me contestó:
-La niña estaba muerta
pero, al menos, he librado a la sociedad de esa basura.
De ese modo tan directo
me enteré de que Manuela se había cargado a ese cabrón. Sin saber que decir, la
vi alejarse e irse al baño. El ruido de la ducha me confirmó que mi madrina
necesitaba limpiarse los restos que mancillaban su piel y para hacerle un
favor, cogí la ropa que había dejado en el pasillo y la metí a la lavadora.
¡No quería que al salir
tuviera que hacerlo ella y recordara que ese día había matado a un hombre!
Debió de pasar más de
media hora cuando escuché que salía. Manuela se dirigió directamente a su
cuarto. Tal como me imaginé en ese instante, se metió a vestirse. A los diez
minutos, la oí que me llamaba gritando. Al llegar hasta la puerta del baño, me
pregunto que dónde estaba su ropa.
-La he metido a lavar-
contesté.
Tras unos segundos donde
no supo si echarme la bronca, se dio la vuelta mientras me decía:
-Gracias.
Por la cara que puso,
comprendí que percibió en esa acción mi buena intención pero también que lo
sintió como una intromisión en su privacidad. Confuso sobre cómo comportarme,
la dejé sola mientras terminaba de preparar unos sándwiches para cenar.
“Está como una puta
cabra”, me dije al redescubrir el difícil carácter de esa mujer.
Al acabar, la llamé a la
mesa. Mi madrina cenó en silencio sin levantar su mirada del plato.
Dándole su espacio, no hice intento alguno de charlar con ella, de forma que en
cuanto se levantó, cogí los platos y tras meterlos en el lavavajillas, me
recluí en mi habitación. Con la puerta cerrada, escuché que Manuela encendía la
tele en el salón.
Dos horas más tarde, la
ganas de mear me hicieron salir de mi refugio e ir al baño. Al pasar por la
habitación donde estaba mi madrina, observé que sobre la mesa tenía una botella
de whisky a medio vaciar. No tuve que ser un genio para entender que tratando
de vencer su angustia, esa mujer había buscado consuelo en el alcohol.
“Pobre”, rumié
apiadándome de ella.
Lo que no me esperaba
fue que al ver mi expresión, se enfadara y que levantándose del sillón, se me
encarara diciendo:
-Tú, ¡Qué miras! -por su
entonación y por el andar vacilante, detecté que estaba totalmente borracha. No
queriendo enfrentarme con ella, intenté seguir mi camino pero entonces mi madrina
me cerró el paso diciendo: -¿Dónde te crees que vas? ¡Te estoy hablando!
La angustia que asolaba
su mente la estaba focalizando contra mí y debido a mis pasadas experiencias
con esa mujer, decidí no provocarla.
-Manuela, iba al baño.
Sin venir a cuento, esa
puta quiso soltarme un guantazo pero en su estado, lo único que consiguió fue
dar un traspié y casi caerse al suelo. Instintivamente, la cogí en el aire para
que no se cayera y en vez de agradecérmelo, me soltó:
-Ahora, te aprovecharás
que estoy borracha para abusar de mí.
Indignado por cómo
pensaba de mí, la dejé en un sillón y mientras la dejaba sola con su botella,
le contesté:
-Nunca he forzado a una
mujer y menos a alguien al que quiero- lleno de ira, fui al baño y retorné a mi
cuarto sin dirigirle la palabra. Ya en mi habitación, me puse a pensar en lo
sucedido y aunque parezca imposible, mi enojo se fue diluyendo al meditar y
darme cuenta que ese trauma de su niñez era el que había provocado el
altercado.
Debía de llevar diez
minutos allí cuando escuché que llamaban a la puerta. Antes de darme tiempo a
contestar, la vi entrar con los ojos plagados de lágrimas y sentarse en la
cama.
-Lo siento. Sé que me he
pasado y que tú no tienes culpa de nada.
Sabiendo lo duro que
debió de resultar confesarme eso, me senté a su lado y sin tocarla, contesté:
-No te preocupes. Te
comprendo.
Mi actitud cariñosa la
desarmó y poniendo su cabeza en mi pecho, me abrazó mientras se echaba a
llorar. Dejándola desahogarse, le acaricié la melena sin moverme. Durante un
rato, Manuela lo único que hizo fue berrear mientras intentaba disculpar su
comportamiento contándome entre sollozos la dramática experiencia que había
sufrido de niña. Como comprenderéis, la escuché sin revelarle que ya lo sabía,
no fuera a ser que le encabronara que hubiese espiado en su vida.
-Tranquila. Ahora
descansa- le dije en cuanto se hubo tranquilizado.- ¿Quieres que te ayude a ir
a tu cama?
Poniendo cara de dolor,
me preguntó:
-¿ puedo quedarme aquí
contigo?
La ansiedad que
reflejaba su pregunta, me hizo tumbarla y quedarme abrazado a ella sin más. Mi madrina
al sentir mi apoyo, reanudó su llanto durante largo tiempo hasta que poco a
poco se fue quedando dormida entre mis brazos…
…Me había quedado
traspuesto cuando la sentí moverse. Sin decir nada, mi madrina empezó a
desabrocharme la camisa. Al comprender que estaba despierto, me besó en
la boca y abriendo mis labios su lengua jugó con la mía. Durante unos minutos,
estuvimos solo besándonos hasta que sintió que mi pene salía de su letargo,
entonces, se pegó más a mí, disfrutando del contacto en su entrepierna.
-¿Estas segura?-, le
pregunté.
-Lo estoy-, contestó
mientras con delicadeza me terminó de desnudar.
Tras lo cual se sentó en
el colchón y sensualmente, dejó que su camisón cayera sobre las sabanas
quedando desnuda. Reconozco que tuve que controlarme para no saltar
encima de ella. Sabiendo que la fragilidad de esa mujer, esperé con nerviosismo
a que ella tomara la iniciativa. Manuela no tardó en pegarse a mí y si bien en
un principio solo me abrazó, en cuanto sintió como sus senos
entraban en contacto con mi piel, sin ningún pudor, se puso encima de
mí buscando su placer. Fue alucinante sentir como se rozaba contra mí sin
llegarse a penetrar con mi pene que le esperaba erecto. No tarde en apreciar
como su sexo iba absorbiendo mi extensión poco a poco hasta que la hizo
desaparecer en su interior.
Dominado ya por la
lujuria, empecé a moverme pero entonces ella se quejó diciendo:
-Como te muevas, te
mato.
Quedándome inmóvil,
obedecí al saber que necesitaba tomar la voz cantante. Nuevamente, sentí
que mi pene volvía a penetrar en ella. Cerrando los ojos puse mis brazos en
cruz para que esa mujer pudiera librarse de sus fantasmas sin sentir que la
acosaba. Centímetro a centímetro, mi sexo fue desapareciendo dentro de
ella.
“No debo moverme”, tuve
que repetirme varias veces.
Pacientemente esperé
hasta que la base de mi pene chocó con los labios de su vulva en una
demostración que ya había conseguido metérselo por completo. Fue entonces
cuando con un gruñido de satisfacción empezó a menearse con mi falo en su
interior mientras que con sus manos se masturbaba.
Paulatinamente, mi sexo
fue entrando y saliendo de su interior con mayor facilidad, a la par que sus
dedos conseguían incrementar su calentura a base de toqueteos. Con los ojos
cerrados, disfruté del modo que el coño de esa mujer me ordeñaba mientras ella
no paraba de gemir cada vez más fuerte. Completamente en silencio, sentí
como mi madrina saltaba sobre mi cuerpo, introduciendo y sacando mi pene con
una rapidez atroz. Su calentura hizo que mojara mis piernas con el flujo que
manaba libremente de su sexo.
-¡Dios!- aulló cuando
empezó a notar los primeros síntomas de que el placer la iba calando.
Lejos de esperar a que
llegara, aceleró sus acometidas de forma que sus caderas sin control se
retorcían al ritmo con el que sus dedos torturaban su clítoris al pellizcarlo.
Su clímax era cuestión de tiempo. Con la respiración entrecortada, el
sudor impregnando su cuerpo y su sexo anegado por el placer, Manuela se
acercaba a toda velocidad al orgasmo. Sabiendo que debía darle un último
empujón, le grité:
-Vacíate.
Tal y como había
previsto, al oír mi orden, mi madrina mientras su cuerpo temblaba de gozo y su
cueva se licuaba derramándose sobre las sábanas. Con la cabeza de mi glande
chocando contra la pared de su vagina, buscó mi placer moviéndose de derecha a
izquierda, a la vez que sus manos me arañaban el pecho.
-Estoy a punto- le
informé.
-Todavía, ¡No!- protestó
y sacando mi verga de su interior, se puso a cuatro patas sobre el colchón
mientras con una sonrisa me decía: -Cógeme como si fuera tu puta.
Reconozco que estuve
tentado de usar su puerta trasera, pero poniendo mi glande en su entrada, la
penetré de un golpe hasta que se la metí entera. Mi madrina gritó al sentirse
completamente llena pero sin estar todavía satisfecha, gimió
pidiéndome que lo hiciera brutalmente.
Cumplí sus deseos de
inmediato. Agarrado su pelo, lo usé como riendas de un cabalgar desenfrenado,
penetrando y sacando de su interior mi pene sin compasión mientras ella se
derretia sollozando de placer. Su entrega me dio el valor para usando mi mano y
dándole una fuerte palmada en su trasero, obligarla a sincronizarse conmigo. Manuela
al sentir mis rudas caricias, berreó como la yegua que era en ese momento
y lanzándose a un veloz galope buscó que la regara con mi simiente.
-¡No pares!- me pidió al
notar que ya no le azotaba.
Reanudando mis azotes,
la estricta policía respondió con un gemido cada vez que la atizaba en una
nalga. El inequívoco placer con el que disfrutó hizo que mis caricias
fueron creciendo en intensidad y frecuencia, hasta que con su culo totalmente
colorado se desplomó sobre las sabanas mientras se venia. Su total colapso hizo
que me desequilibrara y cayendo sobre su cuerpo, mi pene se incrustó
dolorosamente en su interior provocándole otro orgasmo.
Su placer llamó al mío y
sin ningún tipo de control eyaculé rellenando su cueva con mi semen, mientras
ella se retorcía diciéndome que no parara. Todos mis nervios y neuronas
disfrutaron de cada una de las oleadas con las que la bañé su coño hasta que
exhausto, caí a su lado.
Manuela ya liberada, me
besó y abrazó con mimo, temiendo quizás que esa fuera la última vez que
disfrutara tanto. Su temor me quedó claro, cuando una vez repuesto, me miró
diciendo:
-Júrame que no te
cansarás de mí.
-Te lo juro- respondí.
Al escuchar mi
afirmación, se quedó callada durante unos instantes, tras lo cual, me dijo:
-Si llega ese momento,
dímelo. Sabré buscar una alguna forma de retenerte.
El gesto pícaro que
descubrí en su rostro, me mosqueó y por eso no me quedo más remedio que
preguntarle a que se refería. Soltando una carcajada, me respondió:
-Todos los hombres soy
iguales. Si para que te quedes, te tengo que buscar a otra con la que
compartirte, ¡Lo haré!
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