La obsesión de mi madrina con el sexo, lejos de apaciguarse con
el tiempo, se iba incrementando con el paso de los días. Si en un principio
había sido reacia hasta para probar una postura nueva, eso quedó en el pasado.
Una vez había dejado atrás los fantasmas de su niñez, esa en otra hora agría
mujer se fue convirtiendo en la amante más exigente.
La
mujer reacia a cualquier contacto con un hombre, había dejado de existir. Desde
que amanecía solo tenía una cosa en mente:
“Coger”
Si
antes nada más levantarse, se obligaba a salir a correr. Ahora en cuanto abría
los ojos, miraba si estaba a su lado y cogiendo mi pene entre sus manos, me
despertaba para que le hiciera el amor.
Su
fijación por el tema había llegado hasta tal grado que muchos días me sacaba de
la universidad para que me la tirara, aduciendo que estaba aburrida. Durante la
época en que viví con ella, mínimo teníamos sexo tres veces al día y eso sin
contar los fines de semana, que por lo menos se multiplicaba por dos esa
cantidad.
Un primer indicio de su futura transformación:
El
primer síntoma de su cambio se produjo un miércoles en el que debido a un
examen, llegué tarde a su casa. Nada más entrar me olí que algo pasaba porque
no estaba la cena lista en la cocina.
-¿Manuela?-
pregunté extrañado.
-Ven,
cariño- me llamó desde el salón.
Al
llegar a la habitación donde estaba, me quedé petrificado al encontrarme a la
hermana de mi madre vestida de colegiala. Si bien contaba solo con veintiocho
años, nunca esperé verla disfrazada de esa forma. Su “uniforme” consismadrina
en una blusa blanca anudada al ombligo, minifalda escocesa de cuadros rojos y
unas medías a medio muslo.
-¿Estoy
guapa?- me soltó poniendo cara de puta.
-Preciosa-
contesté y acercándome a ella, descubrí al levantarle la faldita que se había
puesto una tanga roja haciendo juego.
Mi
madrina al sentir mis manos en su trasero, se rio pícaramente y me dijo:
-¡Quiero
que me saques a bailar!
-¿Así?-
respondí sin llegármelo a creer porque lo quisiera o no, tenía pinta de zorrón
desorejado.
Sin
argumentos, tuve que dar mi brazo a torcer y solo le pregunté donde quería ir:
-A
Malasaña- respondió.
Eso
me tranquilizó porque en ese barrio de Madrid, se reúnen los especímenes y la
fauna más extraña de la capital.
“Ahí
pasará desapercibida”, pensé de camino a su coche.
Ya
en el automóvil, al sentarse frente al volante, observé que la diminuta
prenda dejaba al aire toda la braguita y tratando de incomodarle, le empecé a
tocar las piernas mientras ella conducía. Mi atrevimiento no fue mal recibido y
rápidamente me percaté que bajo su blusa, sus pezones le traicionaban
informándome de la calentura que en ese momento poblaba su cuerpo. Por eso,
muerto de risa, subí por sus muslos dirección a su sexo mientras le preguntaba
que le pasaba:
-Ando
caliente desde la mañana- contestó separando sus rodillas.
Su
clara invitación no la desaproveché y llevando mis dedos hasta su tanga, empecé
a acariciarle sin que mi madrina diera señal alguna de enfado. La humedad que
sentí en cuanto mis yemas rozaron ese encaje, me recalcó que no menmadrina
cuando decía que estaba cachonda. Para entonces mi madrina estaba
claramente excitada pero seguía como si nada ocurriera, poniendo atención a la
conducción. Su innecesario disimulo me dio el valor de meter uno de mis dedos
bajo el tanga y rozar con él, su clítoris.
-Me
encanta- gimió sin mirarme.
Más
convencido, me valí de un semáforo para bajarle la tanga hasta la mitad de los
muslos. Manuela sonrió al ver mis intenciones y levantó un poco el culo para
facilitar mi maniobra. Una vez lo había conseguido, me quedé mirando la imagen
de esa belleza, casi treintañera, disfrazada de niña y con la ropa interior a
medio quitar.
-Sí
que estás caliente- le solté mientras me recreaba en los pliegues de su sexo
con mis dedos.
No
me contestó. En vez de ello, separó sus piernas, acelerando por la
Castellana. Convertida en una perra ansiosa de sexo y con un gesto de
puro vicio en su cara, siguió rumbo a nuestro destino mientras yo le acariciaba
su sexo desnudo. Decidido a vencer ese poco convincente mutismo, le metí un par
de dedos en el coño:
-¡Dios!¡Sigue!¡No
sabes cómo me estás poniendo!- gritó rompiendo el silencio.
Claro
que lo sabía. El caudal de flujo que manaba de su entrepierna me lo había
anticipado mucho antes de que su dueña lo hiciera. Siguiendo a rajatabla
sus palabras, estuve masturbándola hasta que pegando un chillido se corrió.
-Gracias,
lo necesitaba- dijo en cuanto se hubo repuesto del placer.
La
casualidad hizo que hubiésemos llegado y tras aparcar el coche, cogiendo su
bolso, salió del vehículo. Al hacerlo, sus ojos brillaban por la excitación y
quejándose de mi lentitud, me dio la mano llevándome a rastras hasta el primer club.
El bar estaba a rebosar por lo que tardamos varios minutos en llegar hasta la
barra. En el camino pude observar el modo tan poco disimulado con el que los
hombres que se cruzaban con ella le miraban el culo y por eso, tengo que
reconocer que llegué bastante molesto:
-¿Qué
quieres tomar?- me preguntó alegremente.
Haciéndome
el machote para que los de mi alrededor se dieran cuenta de que esa mujer venía
conmigo, la tomé de la cintura y pegándola a mí, la besé mientras le contestaba
que un whisky. Mi primer arrumaco con ella en público la cogió desprevenida y
por eso intentó separarse de mí. Se lo impedí bajando mi mano hasta su trasero
y forzando su contacto, la obligué a pedir las consumiciones pegada a mi
cuerpo.
Forzando
su sumisión, le acaricié las nalgas mientras muerta de vergüenza miraba de un
lado a otro, buscando a alguien conocido. Todavía no sé si se tranquilizó al no
conocer a nadie o por el contrario que mis caricias la llegaron a convencer,
pero lo cierto es que dejándose hacer ella misma me empezó a tocar el paquete
disimulando:
-Eres
un cabron- me dijo relamiéndose los labios.
-Y
tú, un poco ninfómana- respondí al notar que poniendo su bolso en mi
entrepierna, me bajaba la bragueta.
Ocultando
sus maniobras al resto de la gente, agarró mi miembro y empezó a pajearme sin
que ni siquiera hubiera llegado el camarero con las bebidas. La expresión de su
rostro tenía un brillo que no tardaría en ser habitual el ella. Totalmente
verraca, imprimió a su mano de un ritmo pausado mientras me miraba con
los ojos llenos de lujuria.
-¿Te
gusta?- preguntó.
-Mucho.
Mi
respuesta fue el banderazo de salida para que ella acelerara el movimiento de
su muñeca en busca de mi placer. No culminé en mitad de la barra porque desgraciadamente,
el empleado del bar llegó con las copas. Mi madrina al verlo aparecer, guardó
mi pene en el pantalón y con una sonrisa, pagó al camarero. Ni siquiera se
había alejado dos pasos cuando susurrando en mi oído, me dijo:
-Sígueme.
A
través del local, la seguí sin ser consciente de lo hambrienta que estaba esa
mujer. Les juro que no me esperaba era que, pegándome un empujón, me metiera a
la fuerza al baño de mujeres. Cuando intenté protestar, Manuela me pidió que me
callara y nada más atrancar la puerta, se arrodilló a mis pies. Tras lo cual y
actuando como una posesa, me abrió la bragueta.
-¡Qué
bello es!- exclamó al sacarlo de su encierro.
Y
sin más prolegómenos, se lo metió de un golpe hasta el fondo de su
garganta. Su sed por mi semen le hizo ir en su busca con autentico frenesí.
Usando su boca como si de su sexo se tratara, comenzó a embutirse y a sacarse
mi miembro con una velocidad endiablada. No contenta con meter y sacar mi
extensión cada vez más rápido, usó una de sus manos para acariciarme los testículos
mientras memadrina la otra dentro de su tanga. Al sentir la tortura de sus
dedos sobre su clítoris, chilló de placer diciendo:
-Vaciate
en la boca de tu madrina.
Sus
palabras elevaron mi calentura hasta unos extremos nunca sentidos y sin poderme
retener me vacié en su boca. Manuela, al sentir mi semen chocando contra su
paladar, se volvió loca y sin perder ni una gota, se puso a devorar mi simiente
sin dejar de masturbar.
-¡Qué
gusto!- la oí chillar, mientras su cuerpo convulsionaba de placer a mis
pies.
Absorta
en su gozo, no le preocupó el volumen de sus gritos. Berreando como si la
estuviese matando, terminó de ordeñarme y aún seguía masturbándose sin parar.
Uniendo un orgasmo con el siguiente, mi madrina colapsó en el suelo. Alucinado
tuve que obligarle a levantarse de suelo cuando cayó como en trance. Sin
fuerzas, tuve que cogerla en mis brazos y llevarla hasta la mesa.
Ya
repuesta, nos tomamos las copas, bailamos un poco y volvimos a casa a hacer el
amor…
Segundo indicio, una película porno:
Creo
que fue como a la semana de lo que les acabo de narrar cuando durante el
desayuno, mi madrina me preguntó si me gustaban las películas porno. le
contesté repreguntando:
-¿Y
a ti?
-No
lo sé- respondió- nunca he visto una.
La
cuestión quedó ahí, ni ella siguió con la conversación ni yo le reconocí que
durante años, me había atiborrado viendo al menos cuatro por semana a través de
internet. Temiéndome que me viera como un cerdo, me callé y seguí como si nada.
Ya en el autobús que me llevaba a la Facultad, recordé la plática y pensé en
alquilar una. Pero lo cierto es que soy un desastre y nunca fui al video club;
sinceramente porque se me olvidó.
Esta
tarde me llamó a mi móvil, diciéndome que iba a pasar por mí en una hora. Por
el tono de su voz, comprendí que tramaba algo pero no fue hasta que ya
habiéndome recogido aparcó frente a un videoclub, cuando supe de sus
intenciones.
Descojonado,
entré de su mano y directamente le pregunté al encargado donde estaba la
sección de adultos. Mi desfachatez la hizo sonrojar y totalmente colorada, me
siguió por los pasillos. Una vez en lo porno, me puse a mirar los títulos en
silencio sin coger ninguno.
-¿Cuál
te apetece?- preguntó mi madrina al ver que solo curioseaba.
-Es
tu momento- contesté dándole directamente la responsabilidad.
Asumiendo
que no iba a ayudarla, Manuela empezó a leer de qué iban las diferentes
películas y sin darse cuenta, se empezó a calentar. Cómo lo supe,. La respuesta
es muy sencilla, bajo la blusa de mi madrina dos pequeños botones hicieron su
aparición delatándola.
-Te
estas poniendo cachonda- me reí de ella y para recalcar mi guasa, le di un
pellizco a uno de sus pezones.
-No
seas tonto- respondió cogiendo tres películas sin darme tiempo a revisar su
elección.
No
fue hasta que tuvo que dárselas al empleado cuando leí sus títulos. Mi
sorpresa no pudo ser mayor al comprobar que mi madrina había elegido dos con
temática de sumisión cuyas protagonistas eran mujeres policías y que la última
de las tres era claramente lésbica.
Entusiasmado
en mi interior, hice como si me olvidara del asunto cuando salimos del local. Manuela
por su parte, también se mantuvo callada quizás avergonzada por que hubiese
descubierto parte de sus fantasías. No fue hasta que terminamos de cenar y
mientras colocaba los platos en el lavavajillas cuando mi madrina dijo:
-Ahora
vuelvo- y saliendo del comedor, me soltó: -Vete poniendo la película.
-¿Cual
quieres?- pregunté.
-Ya
está en el dvd- respondió sin aclararme el asunto.
Intrigado,
comprobé cual estaba vacía y me quedé estupefacto al ver que la que había
puesto era “Una policía en apuros”. Como comprenderan, inmediatamente le di la
vuelta y leí el argumento. Sin llegármelo a creer, leí que iba sobre una
mujer policía que al intentar detener a un delincuente, este la secuestraba y
la obligaba a diferentes tipos de vejaciones.
“¡La
madre!”, exclamé mentalmente bastante confuso porque no me cuadraba a mi madrina
le gustara ese tipo de situaciones.
El
colmo fue verla llegar vestida con su uniforme pero en vez de pantalón, llevaba
una minifalda de lo mas provocativa. No pudiéndome retener solté una carcajada
y cogiéndola en brazos, la deposité sobre el sofá de enfrente de la tele.
Totalmente
nerviosa, me rogó que pusiera la película. Obedeciendo, di al mando y me relajé
a su lado. Ella al percatarse de que ya empezaba, me dio un beso en la mejilla
y apoyó su cabeza en mi regazo para verla tumbada.
-¿Sabes
que es la primera que veo?- susurró sin apartar su ojos de la tele.
En
la pantalla, la protagonista estaba siendo atendida por una espectacular
morena en una peluquería. Por lo visto, se iba a ir de vacaciones y por eso
necesitaba que le hicieran las ingles, de esa forma el guionista dio
verosimilitud a que la primera escena fuera que la actriz afeitara el sexo de
su clienta.
-Tócame-
me pidió sin retirar su mirada de la tele.
Sus
palabras fueron más que una declaración de guerra, mi madrina quería que le
diese caña mientras disfrutaba de la película. Con cuidado fui desabrochando
uno a uno sus botones mientras en la pantalla, la policía se desnudaba. El
gemido que pegó cuando le pellizqué un pezón coincidiendo con el que sufría la intérprete,
me hizo saber que quizás su fantasía fuera hacer lo mismo que la actriz.
Decidido
a probar mi teoría, seguí el guion marcado y le pellizqué el otro.
-Ahh..
– gimió descompuesta al notar la ruda caricia.
Azuzado
por su respuesta, le dije al oído:
-Eres
tan puta como esa policía.
Mis
palabras la llevaron al borde del orgasmo y sin poderse aguantar la muchacha me
rogó que siguiera acariciándola. Como en la tele, La peluquera estaba besándole
los pies a su clienta, me arrodillé y cogiendo uno de los suyos, usando mi
lengua fui recorriendo cada uno de sus dedos antes de metérmelos en la boca.
-Dios- aulló
totalmente entregada.
Al
igual que en la pantalla, subiendo por su tobillo, fui embadurnando de saliva
sus piernas mientras mis manos apresaban sus pechos, magreándolos. La respuesta
de mi madrina no se hizo esperar y empezó a mover sus caderas, anticipando el
placer que mi boca le daría.
Su
excitación se fue incrementando producto de mis caricias. Al acércame a mi
meta, comprobé que tenía su bikini totalmente empapada de flujo y tratando de
forzar el morbo pasé mi lengua por la tela que lo cubría a duras penas. Ella al
notarlo, me imploró que no parase que necesitaba sentirla en sus labios.
-Tranquila
zorrita- respondí y sin hacerla caso, ralenticé mi acercamiento, recorriendo
nuevamente la piel de uno de sus muslos.
Cada
vez más caliente, mi madrina se retorcía en el sofá pidiendo que me comiera de
una puta vez su sexo. Sabiendo que debía incrementar su excitación para que
fuese inolvidable, aprovechando que en la película la escena había terminado,
me levanté y me senté nuevamente a su lado.
-Eres
un cabrón- protestó al ver que, desobedeciendo claramente sus deseos, había
vuelto a mi sitio.
Sonriendo,
ni siquiera le contesté.
En
la siguiente escena, la policía de ficción llegaba a comisaría y le daban un
encargo rutinario. Debía de ir a un domicilio a entregar una multa a un tipo.
Quizás recordando sus primeros años en el cuerpo, mi madrina me confesó que al
principio de su carrera, ella también lo había tenido que hacer. Fue entonces
cuando me di cuenta que mi madrina quería verse representada por la actriz.
Volviendo
a la película, la protagonista al llegar a la calle donde tenía que entregar la
sanción, veía a un ladrón robar el bolso a una anciana y sin pensárselo dos
veces, corrió en su captura. Desgraciadamente para la pobre mujer, el
delincuente la había visto y escondiéndose detrás de una esquina, la golpeó en
su cabeza, dejándola sin conocimiento.
-Pobre,
eso duele- alcancé a oír a mi madrina.
Al
despertar, la morena se encontró que estaba con las manos atadas con sus
propias esposas. Decidido a cumplir con lo que creía que era su fantasía, le
dije:
-¿A
qué esperas?.
Viendo
su confusión, no esperé que me contestara y cogiendo los grilletes que tenía en
su cinturón, los cerré cruelmente sobre sus muñecas. Tras unos instantes, la
cara de mi madrina mostró su satisfacción y con una sonrisa me pidió que le
quitara la falda diciendo:
-No
la lleva en la tele.
Lo
que no se esperaba mi madrina fue que tras despojarle de esa prenda, le diese
un duro azote en una de sus nalgas, mientras le decía:
-Esta
noche voy a disfrutar de una zorra- mi insulto lejos de fastidiarla, le
emocionó y poniendo su cabeza nuevamente en mi muslo, esperó a ver qué pasaba.
En
ese momento, el ladrón llegó a la habitación donde mantenía retenida a la
policía y sin mediar una palabra la obligó a abrir la boca y a embutirse su
miembro. Para entonces, Manuela estaba como loca y sin que yo se lo tuviese que
pedir, se bajó del sofá y sentándose en el suelo, saque mi pene de su encierro
y se lo introdujo en la boca.
-Así
me gusta, ¡Una puta dispuesta!- repetí la frase que acababa de escuchar del
actor mientras memadrina mi pene hasta el fondo de su garganta.
Desgraciadamente
para ella, en la película el delincuente sacando su polla de la boca de la
policía, la sodomizó de un golpe. Fue entonces cuando sacando mi propio
miembro, me dijo implorando:
-Por
favor, ¡No lo hagas tan a lo bestia!
Actuando
como en el filme, le solté un tortazo y le obligue a ponerse a cuatro patas
mientras lo acercaba a su entrada trasera:
-¡No
quiero!- gritó justo cuando de un solo golpe le introduje toda mi extensión en
su interior -¡Cabron! - chilló al sentir como se abría camino en sus
intestinos.
Sus
quejas me enervaron y usando sus pechos como agarre, empecé a montarla sin
misericordia. Mi ritmo loco iba acompañado de sus gritos de angustia y dolor.
Tras un minuto donde cabalgué sin parar sobre el culo de mi madrina, decidí
descansar y dándole un fuerte azote en su trasero, le ordené que se moviera.
-¡Para!-
me pidió.
Al
recibir la segunda palmada sobre sus nalgas, respondiendo como ganado aceleró
el ritmo de sus caderas. Pero fue cuando sufrió el tercero cuando ya sin
poderse dominar, me rogó que siguiera azotando su trasero. Inmerso totalmente
en mi papel y al igual que el actor en la pantalla no le hice ascos a seguir
castigando ese culo mientras mi madrina ya berreaba sin control.
Al
escucharla decir que se corría, acelerando mis maniobras busqué sincronizar mi
placer con el de ella. Cogiendo su pelo, lo usé como riendas y me lancé
desbocado en busca del orgasmo. Con mi pene solazando libremente en sus entrañas
y mis huevos rebotando contra su coño, escuché su climax mientras su flujo me
empapaba ambos muslos:
-¡No
pares! ¡Mi amor!- aulló al sentir que se licuaba por entero.
Agotada
se dejó caer, mientras todo su ser sufría los estragos de su placer. Sus
berridos fueron el acicate que me faltaba para dejándome llevar derramar mi
simiente en el interior de su culo y con feroces explosiones diseminé mi
esperma por el hasta hace escasos centímetros de su virginal conducto. Ya
satisfecho, saqué mi pene y tirando de sus esposas, la llevé hasta la cama.
Esa
noche, la comadre de mi madre, la estricta policía, fue mi sumisa. La usé como me vino en gana
hasta que conseguí quedarme dormido...
Tercer y definitivo síntoma de su transformación:
Durante
las siguientes dos semanas, mi madrina y yo profundizamos en nuestro juego.
Antes de llegar a casa, Manuela pasaba por el videoclub y alquilaba la fantasía
que quería desempeñar. Imaginaros que deseaba sentirse una criada que era
abusada por su patrón, pues esa noche se disfrazaba de sirvienta y disfrutaba
sirviendo a su infernal amo. Si por el contrario, tocaba una película donde la
protagonista era una monja que era tomada contra su voluntad por el párroco del
convento, mi madrina se ponía un hábito y crucifijo en mano, me rogaba que
respetara su virginidad.
Durante
esa época, la vi disfrazarse de azafata, de médico, de enfermera, de puta
barata e incluso se atrevió a representar el papel de una pony girl. Todavía
recuerdo con añoranza esos días pero cuando creí que era imposible que mi
estancia en su casa mejorara, una mañana me preguntó:
-¿Te
importaría que invitara a otra persona a nuestro juego?
Pensando
que se refería a otro hombre, me negué de plano diciendo:
-Ni
de broma. Eres mía y de nadie más.
Manuela
que no era tonta, se acercó a mi lado y dando un beso en mi oído, me susurró:
-¿Y
si es una mujer?
Mi
sorpresa fue total porque no me lo esperaba. Mi madrina entonces aprovechó mi
turbación para decirme:
-Mira
hace dos días, Laura, mi ayudante te vio cuando me recogías en la comisaría y
como le pareciste un yogurcito, me preguntó si podía presentarte.
Recordando
que la susodicha era un espectáculo de rubia con grandes tetas, no pude dejar
de estar complacido y viendo que pisaba un terreno peligroso, decidí que ella
fuera la que continuara:
-Te
reconozco que al principio ayer me negué de plano porque me encabronó que esa
zorra te mirara, pero esta noche lo he pensado mejor y puede que sea la mujer
idónea con la que ambos hagamos nuestro primer trío.
Solo
imaginar el estar con dos pedazos de mujeres como aquellas, me excitó y ya sin
más acepté su sugerencia. La puta de mi madrina se rio por lo fácil que había
resultado convencerme y dándome un beso, me explicó su plan:
-Aunque
Laura es un zorrón desorejado, dudo que acepte si directamente le planteo que
se acueste con nosotros, por eso creo que lo que debemos hacer es que sienta
que te ha seducido y ya en la cama aparezco sin más.
-Estás
loca- respondí, tras lo cual me puse a mi como ejemplo y le expliqué que si me
enrollaba con una chavala y en mitad de la noche aparecía un tipo y quería
meterse en la cama con los dos, le mandaría a la mierda.
-Tú
quizás, pero ella no- contestó muerta de risa – en la comisaría se cuenta que
esa hembra batea por los dos lados.
Esperando
que tuvieran razón esos chismes, accedí pero antes acordé con ella que para
asegurarnos, yo le avisaría si debía intentarlo o por el contrario, decirle que
era mejor dejarlo para otra ocasión.
-De
acuerdo- aceptó, quedando conmigo que ese viernes la iba invitar a salir a
tomar unas copas.
Como
faltaban dos días, me olvidé del asunto y agarrando a Manuela por la cintura,
nos fuimos directamente a la cama…
La cita se va al traste y eso fue mejor
Reconozco
que desde que me desperté ese día, andaba como una moto pensando que esa noche,
si las cosas se daban bien, disfrutaría de mi primer trío y encima con
dos auténticos bombones, mi madrina Manuela y Laura, su amiga. Obsesionado con
la cita, me fue imposible concentrarme en la facultad y por eso el día se me
estaba haciendo eterno.
Debía
de ser las cinco cuando decidí que estaba perdiendo el tiempo en la biblioteca.
Con los nervios a flor de piel, cogí el autobús y me fui a casa. Una vez allí,
me memadrina a duchar con tranquilidad. Al salir, me estaba vistiendo cuando
recibí la llamada de mi madrina informándome que la cita no iba a tener lugar:
-¿Y
eso? –pregunté.
-Me
acaba de llamar Laura llorando, por lo visto el imbécil de su exnovio le ha
montado un espectáculo en mitad del trabajo. Voy a ir a verla, no me esperes.
Cabreado,
me tumbé en el salón y encendí la tele. Como la programación era una
mierda, sin darme cuenta me quedé dormido. Ya eran las nueve de la noche cuando
el sonido de la puerta abriéndose me despertó. Todavía medio atontado vi entrar
a Manuela acompañada de su amiga. La cara de ambas reflejaba disgusto. Al
tratar de averiguar el motivo, mi madrina me soltó:
-No
te lo vas a creer, estábamos tomando un café en un bar cuando llegó ese cretino
y la empezó a insultar…
-¡No
me jodas!, ¿Y qué hiciste?- la interrumpí.
-Traté
de calmarle y que se fuera- me contestó- pero en vez de tranquilizarse, ese
idiota nos intentó pegar.
La
tranquilidad con la que me informó del percance era tanta que pensé que no había
pasado a mayores pero justo en ese momento, intervino su amiga diciendo:
-Menos
mal que estaba Manuela y le puso en su lugar, sino no sé qué hubiera sido de
mí.
No
me tuvieron que decir nada más, conociendo las habilidades de mi madrina en el
cuerpo a cuerpo, comprendí que había respondido a su violencia con violencia:
“¡Qué
se joda!”, me reí mentalmente sin exteriorizar que me alegraba de que ese
capullo hubiera salido calentito.
Cómo
afortunadamente todo había salido bien, pregunté:
-¿Queréis
que salgamos a cenar?
-No,
mejor nos quedamos. No vaya a ser que ese idiota lo vuelva a intentar-
respondió mi madrina, visiblemente alterada y mirando a la rubia, dijo: -Tú te
quedas a dormir hoy aquí.
La
admiración que leí en los ojos de su amiga, me confirmó mis sospechas. Su novio
debía haber recibido una buena paliza y ahora veía en Manuela a su salvadora,
no a su jefa. Tratando de desdramatizar el momento, les pregunté que
querían de cenar.
-Cualquier
cosa, lo que tengas- Laura contestó.
Fue
entonces cuando participando, mi madrina propuso que pidiéramos la cena a un restaurante
chino y celebráramos que nada había pasado. La solución nos pareció bien a los
demás y mientras llegaba nuestro pedido, pusimos la mesa. No me costó observar
que la actitud de la rubia con Manuela rayaba en la sumisión, antes de hablar o
hacer cualquier cosa, le pedía permiso con anterioridad,un ejemplo: cuando me
estaba sirviendo una cerveza, les dije si querían algo de beber y en vez de
contestarme directamente, miró a su jefa y preguntó:
-¿Crees
que puedo beber alcohol en mi estado?
Mi
madrina la miró y riendo, me pidió que abriera una botella de vino, diciéndola:
-Hoy
nos vamos a emborrachar.
Aunque
no me pareció entonces que tuviera una doble intención, lo cierto es que tras
la primera cayeron otras dos antes de que termináramos de cenar. Poco a poco el
vino fue diluyendo el malestar de ambas mujeres y ya en el postre, se reían a
carcajadas recordando la última patada que le había soltado Manuela a ese
sujeto.
-No
creo que se le ocurra volver a molestarte- soltó mi madrina.
Laura,
mirándole directamente a los ojos, puso su mano encima de la de su jefa y
respondió:
-Y
todo gracias a ti.
La
fascinación que escondían sus palabras provocó un silencio incómodo que solo se
rompió cuando pregunté si poníamos música. Ambas mujeres acogieron con alegría
mi sugerencia y fue la propia Manuela, la que se levantó a poner una canción.
Inmediatamente, las dos se pusieron a bailar en mitad del salón mientras yo
terminaba de recoger los platos.
Al
volver, mi madrina tiró de mí y me obligó a bailar con ellas. Usando como pista
improvisada el salón, me vi atrapado entre ellas dos. Formando un sándwich
con sus cuerpos, sentí como poco a poco los roces a los que era sometido
se iban incrementando. Con mi madrina a mi espalda, podía sentir sus manos
sobándome el trasero mientras su amiga miraba alucinada lo que hacía su jefa.
En un momento dado, Manuela pasó sus brazos por mi cintura y agarró a Laura,
pegándola a mí. Si bien en un principio se quedó cortada, al oír nuestras risas
se relajó.
Yo,
al sentir los pechos de la rubia clavándose contra el mío, bromeé diciendo:
-Me
vais a poner loco.
-Eso
es muy fácil- contestó mi madrina y riéndose, le dijo a su amiga: -¿Te apetece
que pongamos a mi sobrino a cien?
Antes
de que la contestara, vi que la cogía entre sus manos y la atraía hacia ella.
La rubia, descojonada, se pegó a su jefa y sin quejarse, empezó a bailar. Si ya
creía que ver a esos dos bellezones así era el sumun del morbo, más lo fue
observar que Manuela susurraba algo en el oído de Laura y que esta le decía que
sí. Mi madrina me guiñó un ojo y acariciando la mejilla de su amiga,
acercó su boca a los labios de la otra.
Como
si fuera algo pactado de antemano, el suave beso que se dieron se convirtió en
un morreo apasionado. La pasión con el que se lo dieron me excitó aún antes de
ver como Manuela deslizaba los tirantes que sostenían el vestido de la otra.
“¡Dios
que tetas!”, pensé al verlas por primera vez al natural.
Todavía
no me había recuperado de la impresión cuando con un coqueto movimiento mi madrina
se desprendió de los que mantenían el suyo.
“No
puede ser”, babeé al contemplar que reiniciaban su baile.
Sabiéndome
convidado de piedra me mantuve al margen, cuando bajando por el cuello de
Laura, la lengua de mi madrina se aproximaba a uno de sus pechos. La
sensualidad del momento se multiplicó cuando con la boca de apoderó del ya
excitado pezón de la muchacha.
-Ahhh-
oí que gemía la rubia al sentir que su jefa mamaba de ella como un bebé.
Siguiendo
las enseñanzas de las películas porno que había disfrutado viendo conmigo, la
lengua de Manuela siguió bajando por el cuerpo de la cría hasta que no le quedó
más remedio que arrodillarse. Hincada en el suelo, mi madrina toqueteó por
encima el coño de su amiga hasta que sus aullidos le informaron de su entrega.
Ya convencida, con ternura, le bajó el mojado tanga:
-¡Y
eso que solo querías poner loco a tu sobrino!- Laura exclamó destornillada de
risa.
-Cállate
y abre las piernas- le contestó su jefa.
Sabiendo
que las reticencias de su ayudante eran solo de palabra, mi madrina metiendo su
cara entre sus muslos, se apoderó del sexo de la rubia. Los gemidos de Laura se
incrementaron por mil cuando Manuela, con suavidad retiraba con la lengua sus
hinchados labios para concentrarse en su botón.
-¡Sigue!-
aulló ya sin disimulo.
El
placer sacudió su cuerpo cuando mi madrina a base de pequeños mordiscos,
comenzó a torturar su clítoris y se corrió sin remedio en cuanto sintió la
lengua de su jefa explorando el interior de su vulva.
-¡Dios!-
chilló presionando la cabeza de la mujer para que sorbiera su líquido deseo.
Laura
para entonces ya estaba desbordada y olvidándose que la otra mujer era su jefa,
la obligó a tumbarse en el suelo mientras ella se arrodillaba entre sus
piernas.
-Eres
preciosa- le dijo antes de hundir su cara en el coño de su superiora.
En
cuanto vio que la rubia se arrodillaba, mi madrina me guiñó un ojo dándome
entrada. El morbo de ver a la rubia comiéndole el chocho a Manuela y saber que
para la morena era su primera vez, me terminó de convencer y mientras Laura
degustaba con gozo del sabor agridulce de su jefa, me terminé de desnudar.
-Cogete
a esta puta- ordenó mi madrina nada más ver mi pene erecto.
Sin
nada que objetar, me acerqué a ellas y poniéndome a la espalda de la rubia,
disfruté brevemente de la visión de su trasero.
“Menudo
culo”, pensé.
La
firmeza de sus nalgas quedó más que confirmada cuando usando mis manos, le
acaricié sus cachetes. Se notaba que al igual que su jefa, Laura hacía
ejercicio porque los tenía duros y sin gota de celulitis. Seguía tanteando el
terreno cuando escuché que la rubia me gritaba:
-¿No
has oído a tu madrina? ¡Culeame!
Sus
palabras escondían una súplica bajo el disfraz de una orden y saber que esa
zorrita necesitaba sentir mi verga en su interior espoleó mi deseo. Colocando
la punta de mi glande en la entrada de su cueva, me entretuve jugueteando con
sus pliegues hasta que sin avisarla, se la fui metiendo lentamente.
-¡Qué
gozada!- chilló mi nueva amante al sentir el paso de mi tranca a
través de sus adoloridos labios.
Mi
madrina exigiendo su dosis de placer, tiró del pelo de la rubia para que
siguiera comiendo su coño. En cuanto la lengua de Laura penetró en el chocho de
Manuela, aceleré mis movimientos. Era tanto el ritmo que imprimí a mis
cuchilladas que mis huevos empezaron a rebotar contra los labios exteriores de
la rubia.
-Más
rápido- gritó la comadre de mi madre cuando experimentó los primeros síntomas
del orgasmo.
Tanto
Laura como yo interpretamos que la orden iba dirigida a nosotros, por eso
mientras la rubia incrementaba la velocidad con la que su lengua y sus dedos se
estaban follando a su jefa, yo incrementé aún más el compás de mis caderas.
Formando
un equipo, mis embestidas obligaban a Laura a penetrar más hondo en el interior
de Manuela, y los gritos de esta al sentir que se derretía mi madrina en la
boca de su ayudante, forzaban a un nuevo ataque por mi parte.
Mi
madrina fue la primera en correrse; retorciéndose en el suelo y mientras se
pellizcaba sus pezones, nos ordenó que la acompañáramos. Al escucharla, aligeré
aún más mi galope lo que provocó que me corriera regando el vientre de
Laura con mi semilla. El orgasmo de la rubia, siendo el último, fue bruta y
sintiendo que cada oleada de mi semen corroía su interior, aulló como una
cerda a la que estuvieran sacrificando.
-¡No
pares!- imploró mientras su sexo se licuaba.
Terminando
de vaciar mis huevos en su coño, me quedé helado por la forma en que
retorciéndose sin parar, esa mujer unía un orgasmo con el siguiente sin parar
de gritar a los cuatro vientos su placer. Pegando un último berrido se dejó
caer junto a su jefa.
Fue
entonces cuando sin dejarla descansar, mi madrina la obligó a levantarse y
abriendo el camino, nos llevó hasta su cama. Una vez allí, se tumbó con su
ayudante a un lado y su sobrino al otro. Y satisfecha, nos dijo:
-Tengo
que comprar una cama más grande.
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