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lunes, 14 de marzo de 2022

Mi Madrina La Policía FINAL

 

Todavía hoy me arrepiento de lo que les voy a contar. Aunque han pasado años, reconozco que fui y quien yo la cagó. Aunque estaba viviendo en un paraíso terrenal con dos bellezas a mi disposición, debido a la facilidad con la que bajaba mi bragueta, lo eché todo a perder.

Por el aquel entonces y quizás por mi juventud, no me di cuenta que, para Manuela y Laura, éramos una peculiar familia. Nuestra relación era importante y por eso fueron capaces de perdonar mi desliz y me alejaron de su lado.

Reconozco que fui un idiota, un niñato que al tener un nuevo culo al que echar mano, me olvidé de lo que tenía en casa. De haber recapacitado antes, nunca me hubiera dejado llevar por mi lujuria.

El triste desenlace de nuestra efímera unión se produjo a raíz de una fiesta con la que mis dos amantes quisieron celebrar mi cumpleaños….

El inicio del fin.

Buceando en mis recuerdos, no me puedo creer lo idiota que fui. El sábado anterior a mi décimo noveno cumpleaños estaba todavía dormido cuando una mano recorriendo mi cuerpo me despertó. No tuve que abrir los ojos para saber que la dueña de esos dedos que me acariciaban era mi madrina. La seguridad con la que iban bajando por mi pecho me reveló que era Manuela la que se había despertado.

“¡Dios como me gusta!”, pensé abriendo los ojos para descubrir que no me había equivocado y que era la morena quien me tocaba.

Mi Madrina al advertir que estaba despierto, incrementó sus caricias mientras me decía:

-Estoy cachonda.

Antes de que pudiera decir nada, se agachó entre mis piernas y  comenzó  a besarme con mayor énfasis. Les juro que creí estar en el cielo cuando abriendo sus labios, se puso a recorrer mi polla con su lengua. A base de profundos lametazos, elevó mi extensión hasta límites insospechados.

-Necesito culiar- me dijo mientras  una de sus manos agarraba mi pene con fuerza y con la otra me acariciaba los testículos.

La puta de mi Madrina sonrió al ver que había conseguido mi atención y poniendo cara de zorrón, empezó a besarlo sin dejar de masturbarme lentamente. Haciéndose de rogar, jugueteó con mi miembro sin introducírselo en la boca. Era tanta mi urgencia por sentir sus labios que no pude evitar decirle:

-Cómetela.

-Tranquilo cariño- respondió dando otro lametón.

Mi erección era de campeonato. Todo mi ser anhelaba que esa mujer usara su boca y se metiera mi pene hasta el fondo de su garganta,  pero ella desoyendo mi súplica, siguió jugando con mi miembro sin llegárselo a introducir.

-No seas cabrona. ¡Hazlo ya!

Al escuchar mi ruego, abrió sus labios y se la metió en la boca. El ritmo lento de su mamada buscó el incrementar mi excitación. Haciendo breves pausas, levantaba su mirada para que fuera yo quien le pidiera que continuara.

-Lo necesito- imploré al sentir que afianzando su dominio sobre mí, esa zorra  abriendo su boca, se había olvidado de mi polla y se había centrado en mis huevos.

Disfrutando de mi entrega y sin dejar de masturbarme, se metió en la boca mis cojones. Una vez los había dejado bien impregnados de su saliva, me preguntó sino prefería que parara y nos fuéramos a correr por el Retiro.

-No me jodas- le solté  y cogiendo su melena, llevé  su cabeza contra mi pene.

Muerta de risa, permitió que toda mi extensión se encajara en su boca y disfrutando de su poder, dejó que su garganta la absorbiese por entero antes de empezar a sacar y a meter mi verga de su interior. Creí morir al advertir el modo con el que su boca la acogió con mimo y confieso que estuve a punto de correrme cuando ella incrementó la velocidad con la que me estaba realizando la mamada.

 -¿Te gusta cómo te la mamo? ¡Ahijadito!- preguntó con su voz  claramente excitada.

-Sí, mi querida y zorrísima Madrina.

Mi insulto lejos de molestarla, la excitó y con los ojos inyectados de deseo, me soltó:

-Tranquilízate mientras despierto a Laura.

Aunque en un principio me encabronó el que no terminara la mamada, en cuanto la vi empezar a acariciar a la rubia que dormía a nuestro lado, se me pasó el enfado y me puse a observarla.

-¿Verdad que tiene unas tetas impresionantes?- me preguntó mientras sin esperar a que nuestra amante se despertara, metió uno de sus pezones en la boca.

La forma tan sensual con al que recorrió su areola, me hizo reaccionar y pidiéndola permiso me uní a ella acariciando el otro pecho mientras mis dedos se acercaban lentamente hasta el sexo de nuestra inerte víctima. Supe que se había despertado en cuanto separando sus rodillas dio vía libre a mis caricias. Al saberla consciente, Manuela pellizcó los pezones de Laura mientras le susurraba que era una puerca.  La rubia suspiró al notar la acción de los dedos de la morena sobre sus areolas y abriendo sus ojos, gimió de deseo. Fue entonces cuando mi Madrina reinició su ataque separándome y agachándose entre sus piernas.

-Abre tus piernas, puta- le dijo. -Quiero que el cerdo de mi sobrino disfrute de cómo devoro tu coño.

Supe que la rubia se estaba excitando por momentos, al observar tanto sus pezones erectos como la humedad que estaba haciendo aparición en su sexo. Manuela al notarlo le obligó a separar aún más las rodillas y sacando la lengua empezó a recorrer sus pliegues.

-Ahhh- suspiró nuestra amante ya totalmente despierta.

Mi Madrina aceleró las caricias mientras torturaba los pezones con sus dedos. Laura, entregada a la lujuria apretaba sus manos mientras su jefa metia dos dedos en el interior de su  coño.

-¿Te gusta?, gatita- masculló al comprobar que la vulva de la mujer aceptaba con facilidad sus dos dedos.

-¡Mucho!- berreó totalmente dispuesta.

Manuela al oírla, se acomodó sobre la cama y sacando la lengua se puso a disfrutar de su coño. La nueva postura de la hermana de mi madre puso su culo a mi disposición y sin espera a que me pidiera que la tomara, acerqué mi miembro hasta su entrada. Manuela al sentir mi glande acariciando su vulva, gimió de deseo y sin dejar de lamer el sexo de su amada, me pidió que la culiara.

Sin que me lo tuviera que repetir, fui metiendo mi tranca en su interior mientras ella daba buena cuenta del coño de la rubia.

-¡Me encanta mi amor!- gritó al experimentar mi intrusión.

El chillido de mi Madrina, curiosamente excitó a Laura y presionando con sus manos la cabeza de su jefa, forzó su mamada. Manuela al notarlo se concentró en el clítoris de la rubia mientras yo empezaba a culiarmela. Conociendo de antemano la voracidad de mi Madrina en el sexo y aunque su coño rezumaba de flujo, decidí incrementar su morbo diciendo:

-Muévete o tendré que buscarme a otra- mientras le daba un sonoro azote.

Mi ruda caricia le sirvió de aliciente e incrementando la velocidad de sus caderas, me rogó que la tomara. Usando mi verga como un albañil usa una maza, demolí sus defensas con fieras penetraciones. Mi nuevo ímpetu provocó que Manuela disfrutara siendo poseída por un hombre mientras se comía el chocho de una mujer. Su doble función elevó la maxima de su excitación y pegando un bufido, gritó:

-¡Me meoooooooooooooooooh!

Su entrega fue la gota que derramó el vaso de la rubia, la cual, uniéndose a su jefa, sintió que su cuerpo se incendiaba y dando otro berrido, se derramó en la boca de su ama. Dejándome llevar, permití que mi pene sembrara de blanca simiente la vagina de mi Madrina.

Agotados nos tumbamos y con nuestras piernas entrelazadas, nos quedamos descansando durante unos minutos. La tranquila belleza de ese momento quedó hecha trizas cuando de pronto Laura se levantó y con cara desencajada, salió corriendo al baño.

-¿Qué le pasa?- pregunté al escuchar que vomitaba.

-Mejor que te lo diga ella- sonrió mi Madrina sin llegarme a contestar.

Su enigmática respuesta me puso los pelos de punta al comprender que el motivo de su indisposición matutina bien podía ser un embarazo. Mis peores augurios se vieron confirmados a su vuelta, porque al insistir y con una sonrisa en los labios, me dijo:

-Felicidades, papá.

La alegría con la que acogieron las dos mujeres la noticia contrastó con el susto que heló mi sangre. Con casi treinta años, ellas vieron natural e incluso deseable ese embarazo pero para mí, resultaba un bombazo de consecuencias imprevisibles.

-¿Cómo ha pasado?- pregunté todavía alelado.

Tras soltar una carcajada, mi Madrina contestó:

-¡Cogiendo!- las risas de ambas solo consiguieron humillarme. Mi pregunta era retórica, lo que realmente quería decir era por qué no habían tomado precauciones.

“No puedo ser padre tan joven”, pensé realmente acojonado, “¡Qué coño voy a hacer!”

No estaba preparado para asumir esa responsabilidad pero disimulando mi terror, me acerqué a Laura y dándole un beso cariñoso, le dije:

-Vas a ser una madre preciosa.

La rubia sonriendo y sin ser consciente de mi angustia, contestó mientras se tocaba con genuina felicidad su panza:

-Espero que salga tan guapo como el padre.

Les juro que en ese momento lo que realmente me apetecía era salir corriendo pero sin hacer patente mis verdaderos pensamientos, bromeando respondí:

-Ahora solo falta que mi Madrina también se embarace y que su hijo juegue con el tuyo.

-Ojala sea verdad- soltó la comadre de mi madre envidiando el estado de nuestra amante.- No quiero ser una madre vieja.

Fue entonces cuando por primera vez caí en la cuenta de la diferencia de edad entre nosotros. Mientras ellas eran dos mujeres con su futuro y sus carreras encarriladas, yo era un puñetero crio recién salido de la adolescencia. Para terminarme de asustar, Manuela pasó su mano por mi entrepierna diciendo:

-Cariño, ¿Estás listo para intentar preñar a la puta de tu Madrina?

Para que tengan una idea de mis nervios basta que osreconozca que le resultó imposible hacer que se me parara la verga y eso que Laura acudió en su ayuda y entre las dos lo intentaron. Fue tanta su insistencia que al final las dos policías lo único que consiguieron fue ponerse ellas cachondas. Mi impotencia lejos de enfadarlas, las puso de buen humor y tomándome el pelo, la rubia me preguntó muerta de risa:

-¿Necesitas que vayamos a comprarte una caja de viagra?

-Vete a la mierda- respondí….

La actitud de las dos cambia cuando hacemos el amor.

Esa noche aunque seguía sin digerir la noticia al menos estaba más tranquilo. Me sentia como el reo al que acaban de condenar a muerte y sabiendo que no podía hacer nada por cambiar la sentencia, al menos se consolaba con el tiempo que le quedaba de vida. En claro contraste, mi Madrina y su amiga estaban felices y por eso decidieron que esa noche saldríamos a celebrarlo.

Sin quejarme accedí a acompañarlas aunque lo que realmente me apetecía era quedarme a llorar mi desgracia. Tal y como preví, la cena fue un martirio. Manuela y Laura se pasaron haciendo planes sobre lo que harían cuando naciera el bebé. Dejándome a un lado, parecía que ambas fueran a ser las madres del niño. Entre ellas, eligieron el nombre, el hospital donde nacería e incluso el color con el que pintarían la habitación de invitados.

“!Hay que joderse!”, mascullé entre dientes al oírlas.

La alegría de ambas era tal que llegaron a contagiarme con ella, pero cuando empezaron a plantearse a que colegio pensaban llevarlo, decidí que bastaba y les dije: 

-¿No se están adelantando mucho? ¡Faltan años para que tomemos esa decisión!

Como dos lobas cayeron sobre mí quejándose de mi actitud. No comprendían por qué les decía eso, la educación de un niño era un tema muy importante y tenían que estar seguras de su elección. Su rotunda reacción provocó mi retirada y sin intervenir más en la charla, deseé que terminara la puñetera cena.  Mi total derrota llegó cuando a los postres, oí a mi Madrina decir:

-Me parece increíble que vayamos a ser una familia. ¿Quién me iba a decir que al fin encontraría la felicidad con mi ahijado y mi mejor amiga?

-Yo, al menos nunca me lo hubiese planteado- contestó la rubia- pero pienso igual. Estoy encantada siendo su mujer.

Al ver que esperaban que expusiera mis sentimientos, levantando mi copa, les dije:

-Quiero brindar  por ustedes y  por nuestros futuros hijos.

Nunca supuse que mi brindis supusiera tanto para mi Madrina. Sobre reaccionando a mis palabras y con lágrimas en los ojos, me soltó:

-Te amo y quiero tener un hijo contigo. 

Esa confesión por parte de Manuela me dejó helado y pensé por vez primera en cómo les informaríamos a mis padres de nuestra amoral e incestuosa relación.  Sabiendo que iban a poner el grito en el cielo cuando se enteraran de que había dejado embarazada a Laura, no me imaginaba lo que dirían cuando supieran que mi Madrina y yo éramos amantes.

-¡Nos van a matar en cuanto se enteren!- exclamé en voz alta sin darme cuenta.

Mi Madrina comprendió a lo que me refería y cogiéndome de la mano, me susurró:

-Déjame eso a mí. Mi hermana es muy moderna y comprenderá lo nuestro.

“Lo dudo”, en silencio, pensé pero no dije nada porque en ese instante llegó el camarero con la cuenta.

Ya en el coche, no tuve ganas de reiniciar la conversación y por eso me mantuve callado, mientras las dos mujeres decidían el que hacer:

-¿Nos vamos de copas?- preguntó Manuela.

Fue entonces cuando poniendo un puchero, Laura le recordó que ella no podía beber por su estado.

-Tienes razón. Vamos a casa- sentenció mi Madrina, dando un beso a nuestra amante.

 Nada más entrar en casa, mis dos mujeres me llevaron a empujones hasta la cama. Bromeando de buen humor, me dijeron que pensaban dejarme seco esa noche. Sabiendo que debía de seguir sus instrucciones, dejé que me tumbaran sobre las sábanas y como si fuera algo pactado, las vi desaparecer juntas hacía el baño.  Al cabo de un rato y cuando ya estaba desesperado por la espera, las vi aparecer desnudas por la puerta. Les juro que me quedé sin aliento al comprobar que no sabía cuál era más atractiva, si la rubia y traviesa Laura o la erótica y sensual Manuela.

Como tantas noches esperé que se reunieran conmigo. Con los tres en el colchón, mi Madrina me besó mientras su pubis contra mi sexo. Queriendo compartir también con la rubia, la besé uniendo sus labios a los nuestros. Olvidándome de todo,   acerqué mi lengua a los pechos casi juveniles de Laura y jugueteé con su pezón mientras imitándome cogió el otro seno entre sus manos y metiéndoselo entre los dientes, lo mordisqueó suavemente. Nuestra amante al sentir la doble estimulación sollozó de deseo diciendo:

-Soy suya.

Mi Madrina al oírla, nos dio sus propios pechos como ofrenda. La belleza de sus negras aureolas nos llevó a mamar de ellas sin esperar más instrucciones.. El gemido de placer que salió de su garganta, nos indujo a profundizar en las caricias.

-Tómame- rogó separando sus rodillas.

La excitación de la mujer me terminó de convencer y  acercando mi macana a su excitado orificio, me puse a jugar con su clítoris mientras le decía a nuestra amante que se ocupara de sus pechos. Manuela, con su cuerpo hirviendo de lujuria, me repitió que la tomara. La expresión de puta de su cara terminó con mis reparos y ya convencido, fui introduciendo mi extensión en su interior.

Mi Madrina molesta por la lentitud con la que iba rellenando su conducto,  por su virginidad perdida pero, reponiéndose rápidamente, violentó mi penetración con un movimiento de sus caderas. La humedad que envolvía mi verga facilitó mis maniobras y casi sin oposición la cabeza de mi sexo chocó contra la pared de su vagina. Manuela al sentirlo se corrió de inmediato y sin cortarse, me imploró que le siguiera haciendo el amor.

Laura, tan excitada como ella, se tumbó y llevando mi mano hasta su sexo, me rogó que la masturbara. Manuela al oírlo y no queriendo que nada me perturbara mientras la follaba, llevó sus dedos hasta el coño de la rubia y con una velocidad endiablada, torturó con ellos el clítoris de nuestra amante. Al observarlo,  incrementé al máximo el ritmo de mis embestidas.

-¡Dios! ¡Cómo me gusta!- gritó mi Madrina.

Su entrega fue la gota que derramó mi vaso y sin poder rechazar el placer que me dominaba, me corrí sembrando con mi simiente el interior de ella. La comadre de mi madre, al sentir que estaba eyaculando, nuevamente entre gritos, se vacio diciendo:

-¡Quiero que me hagas un hijo!

Agotado por el esfuerzo, me tumbé en la cama. Al verme,  Laura que estaba como una moto, aprovechó mi postura para acercar su sexo a mi cara. El olor a hembra hambrienta me cautivó y ya sin hacerme de rogar sacando la lengua, jugueteé con sus pliegues mientras me reponía. La rubia gimió al sentirlo y agachándose sobre mi cuerpo, usó su boca para hacer reaccionar a mi semicaído  pene. Disfrutando de su calentura, mordí su clítoris mientras le daba un azote.

-Ayúdame a levantarlo.

Manuela ya repuesta, se incorporó y acudió en su auxilio. Al notar que eran dos bocas las que alternativamente se engullían mi pene, me dio tanto morbo que actuando como un resorte, fue lo único que para erguirse a su máxima expresión.

La rubia, viendo que estaba ya preparado, le pidió con una sonrisa a mi Madrina que lo usara:

-¿Y tú?- preguntó Manuela pensando que era  el turno de Laura, se negó en un principio pero viendo su tozudez, cogiendo mi extensión entre sus manos, fue lentamente empalándose sin dejar de gemir.

La rubia viendo que su jefa estaba disfrutando, aprovechó para acercarse y poniendo sus pechos en mi boca, me dio de mamar. Nuevamente excitado, mamé de sus tetas mientras mi pene seguía campando por el sexo de la morena. La lujuria acumulada en mi cuerpo me dominó e incorporándome sin sacársela, le clavé repetidamente mi estoque hasta lo más profundo de su cuerpo. Manuela se vio desbordada por el placer y soltando un grito, se vino por otra vez cayendo, con grandes gritos. Su orgasmo  me indujo a aumentar el ritmo de mis estocadas.

Para entonces, Laura hervía de deseo y en vez de pedirme que la tomara, cogió un consolador y se lo metió hasta el fondo de su vagina mientras chillaba:

-¡Dale un hermano a mi hijo!

Su grito hizo que levantara la mirada.  Al verla despatarrada con ese aparato incrustado, me dejé llevar y bañe con mi semen la vagina de mi Madrina. Agotado por el esfuerzo, caí sobre la cama mientras mi mente se quejaba del lio en el que me estaba metiendo.

 “Cuando se entere mi padre de lo que he hecho, me va a matar”.

 Por un error, mando todo a la mierda.

Sé que fue culpa mía pero también me costa el que de alguna forma, ellas en cierta manera fueron responsables de mi error. Viendo que estaba nervioso e irritable por el hecho de ser padre, se les ocurrió hacer una fiesta para celebrar mi cumpleaños y aprovechar a decirles a sus conocidos que Laura estaba embarazada.

A mí, la verdad es que no me hizo ni puta gracia la idea. Aunque en teoría yo era el homenajeado, en realidad iban a usar mi presencia para acabar con los rumores que corrían en la comisaria sobre su lesbianismo. Para ellas era más fácil de explicar que la rubia se había conseguido un yogurin a informarles que en realidad éramos un trio.

Esa noche y siguiendo el plan elaborado al pie de la letra, Laura me presentó a sus conocidos diciendo que yo era su novio. La reacción de los presentes fue diferente dependiendo de su sexo. Mientras los hombres se mostraron escandalizados que anduviera con un crio de diecinueve años recién cumplidos, sus compañeras se quedaron alucinadas por su suerte. Mi Madrina por su parte, se mantuvo en un segundo plano, actuando como anfitriona sin dejar que nadie se imaginara que además de la casa también compartía conmigo la cama.

En un momento dado en el que Laura estaba con dos de sus amigas, me acerqué a preguntarle si quería algo:

-Sabes que no puedo- respondió tocándose la barriga.

Las dos mujeres se quedaron alucinadas y Aleja, la mas valiente, se atrevió a preguntar:

-¿Estás embarazada?

Luciendo la mejor de sus sonrisas, contestó:

-Sí- y recalcando su alegría, les soltó: -Jorge, además de estar bueno, es una fiera. El no haber salido de su cama ha tenido consecuencias.

Totalmente cortado, me excusé y fui por una copa, mientras sentía las miradas de sus amigas clavadas en mi cuerpo. Todavía no me había alejado de ellas, cuando oí a la tal Aleja decir:

-No me extraña, teniendo a ese bombón, yo tampoco saldría de la cama.

Su burrada provocó la risa de todos los presente y mordiéndome un huevo, me bebí la copa de un golpe.  Apoyado en la barra y durante más de tres  horas tuve que soportar poniendo una sonrisa, las anécdotas de la comisaria. Laura  con su papel totalmente asumido, se comportó como una novia enamorada mientras sus compañeros no daban crédito a su transformación. 

Eran más de las dos de la madrugada, cuando con más copas de las necesarias, fui hacia el baño sin percatarme que tras de mí, Aleja me  seguía. Estaba a punto de entrar cuando me topé con ella.

-¿Quieres algo?

Antes de que me diera cuenta y sin cortarse por el hecho de que fuera el novio de Laura, se metió conmigo en el aseo.

-¿Qué haces?- pregunté al verla agacharse y desabrocharme el pantalón. 

-Ver si eres tan bueno como dice- respondió metiéndose de golpe mi pene en la garganta. 

Con mi juicio nublado por el alcohol y azuzado por el morbo, la levanté y girándola, la pegué contra las baldosas del baño mientras le decía:

-Te equivocas zorra. Una puta como tú esta para ser usada- y sin pedirle su opinión, le levanté la falda.

Ese putón al ver mi violencia, se quedó paralizada y tras bajarle sus bragas, la penetré salvajemente. La mujer consiguió retener el grito al sentir su interior horadado por mi miembro. Si creyó que le resultaría fácil abusar de un joven, se equivocó y en contra de lo que había venido a buscar, se vio poseída con brutalidad. 

-¡No eres más que una zorra!- le solté acelerando el ritmo de mis incursiones.

El modo tan brutal con el que la traté,  en vez de repelerla, la excitó y berreando como en celo, me gritó que no parara.   No hacía falta que me lo pidiera porque necesitaba liberar mi tensión. Acuchillando repetidamente su interior con mi miembro, conseguí que esa puta se corriera. Abundando en su vergüenza, usé su culo como tambor y  siguiendo el compás de mis incursiones, le di repetidos azotes hasta que exploté en su interior.

Ya satisfecho, me puse a mear y al terminar le exigí que me lo limpiara con su lengua. Aunque nadie la había tratado nunca así, resultó que le gustó y obedeciéndome cual servil sumisa, se arrodilló y se introdujo mi miembro en su boca.

-Dame tu teléfono- le pedí tras haberle bajado los humos.

La mujer me lo dio sin rechistar y encantado, salí del baño. Desgraciadamente para mí, mi Madrina nos pilló saliendo y con los ojos, me llamó a su lado. En mi juvenil inconsciencia, no adiviné la que se me venía encima. Furiosa me llevó a nuestra habitación y allí me exigió que le contara lo sucedido.

Hoy en día, sé que “antes muerto que confeso” pero entonces me pareció gracioso explicarle lo que había sucedido. Reteniendo su ira, me soltó:

-Pensaba que eras diferente, pero eres un cerdo como los demás.

Para no haceros el cuento largo y ahorraros las lindezas que salieron de su boca, solo deciros que llamó a Laura y entre las dos hicieron mi maleta. Por mucho que intenté pedirlas perdón, mostrando mi arrepentimiento, esa noche me echaron de su casa y no me quedó más remedio que volver con mis padres.

Durante semanas intenté que me perdonaran, pero ni siquiera se dignaron a responder el teléfono y fue al cabo de varios meses, cuando durante una fiesta familiar, llegó con Laura y presentándosela a mis viejos como su novia, les informó que ambas estaban embarazadas.

Me creí morir e hice un último intento, pero Manuela me dijo:

-Hemos decidido perdonarte ya que tú no eres como los demás hombres; aunque hayas culiado con otra entendemos que fue por los tragos o asi lo queremos ver, antes de irnos tienes que decidirte si te quedas o vuelves con nosotras y tus hijos.

Actualmente, seguimos viviendo juntos. Mis hijos tienen diez años y nadie en la familia sabe que en realidad son hijos míos.  Aunque pensándolo bien, quizás mi madre sospeche algo porque no para de decirme “lo mucho que se parecen a mí”.

 

Mi Madrina la Policia IV parte

 Mi estancia en casa de mi madrina ya iba por un mes. Lo que en un principio había visto como un castigo, resultó a la larga ser la mejor experiencia de mi vida. Como les comenté en los pasados episodios, descubrí en esa estricta policía a una maravillosa mujer, necesitada de cariño y de sexo. Convertido ya en su amante y gracias a una casualidad, Laura, su ayudante en la comisaría se nos muestras como en realidad era. Aprovechando su vena sumisa, esa rubia se nos entrega en cuerpo y alma, pasando a formar parte de nuestra “unión”.

En este relato voy a narrar su claudicación y como afectó tanto a mi madrina como a mí.

Como descubrí un nuevo aspecto de mi madrina.

Estaba todavía en la universidad cuando leí un mensaje de mi madrina donde me pedía que pasara por el sex-shop a recoger unas películas que había reservado. Acostumbrado a que Manuela se inspirara en el porno para posteriormente ponerlo en práctica con Laura, no me extrañó su petición y por eso, al terminar mis clases me dirigí directamente hasta ese local.

Como tantas veces, Manuela ya tenía preparado su pedido pero lo que no me esperaba es que junto con las películas, mi madrina hubiese comprado una serie de artilugios para el adiestramiento de una pony girl. La sorpresa de enterarme de la nueva fantasía que Manuela quería poner en práctica con nuestra sumisa se incrementó cuando el encargado del sex-shop, se ofreció a enseñarme como se usaban. Sin saber cómo se proponía explicarme, acepté y fue entonces cuando llamando a María, una de sus empleadas, me pidió que le acompañara a la parte trasera del local.

Una vez allí, con tono autoritario, le dijo a la muchacha:

-Nuestro cliente desea una demostración del uso de los aditamentos de una pony girl.

La morena debía de estar acostumbrada a servir como modelo porque sin quejarse, se desnudó frente a mí en silencio. Juro que ver cómo esa cría con aspecto aniñado  se iba despojando de su ropa, me calentó pero más cuando una vez en pelotas, se acercó a su jefe y en silencio, dejó que le pusiera en la cabeza un arnés con antifaz y una mordaza como bocado. Habiéndoselo ajustado me llamó y me dijo:

-En estas argollas es donde se colocan las riendas, pero ten cuidado al montarla porque, con la máscara puesta, no ve.

La tal María tenía los pezones erectos anticipando lo que iba a suceder.

-Al suelo- ordenó el encargado.

La morena se arrodilló y separando sus nalgas con las manos, puso su ojete a disposición de su domador. Manuel, guiñándome un ojo, me explicó cogiendo un plugin anal adosado a una cola:

-Es importante que tu sumisa se sienta como una yegua y que mejor que ponerle una cola- tras lo cual le incrustó en el culo el aparato.

-Ahh- gimió su empleada al sentir que su trasero absorbía el pene de plástico.

Mi notorio desconcierto se incrementó al observar a ese sujeto montar sobre la espalda de la chavala y cogiendo con una mano las riendas, usó la otra para con una fusta azuzarla en el trasero. Su montura reaccionó al instante y gateando empezó a dar vueltas por la habitación siguiendo los dictados de su amo.

-¿Qué te parece?- preguntó Manuel con una sonrisa.

La visión de esa morena siendo la yegua de su jefe, me  terminó de calentar y solo pude despedirme de ellos, deseando que llegara esa noche para hacer uso de semejantes artilugios. No había cerrado la puerta cuando escuché que mi conocido le decía:

-Ya que estás, voy a hacer uso de ti.

Sonreí y con esa imagen, salí rumbo a casa.

Como tantas tardes entre semana, fui el primero en llegar porque el horario de Manuela y de Laura las impedía hacerlo antes. Su trabajo como agentes del orden se solía prolongar hasta las nueve de la noche y por eso una vez allí, me preparé un bocadillo y mientras las esperaba, me fui a estudiar.

Debían de ser las ocho y media cuando las vi entrar. Laura, tal y como como la habíamos aleccionado, me saludó y tras lo cual se fue a cambiar para ponerse el uniforme de criada.  Una vez solos, Manuela me preguntó si había cumplido con su encargo:

-Sí, madrina- respondí- pasé por el sex-shop y recogí la mercancía.

Satisfecha me pidió que se lo enseñara. Siguiendo sus instrucciones, cogí la bolsa y le expliqué el uso de los distintos aditamentos. El semblante de mi madrina mostró síntomas inequívocos de estar excitada al escuchar de mi boca como se colocaban esos aditamentos y su función. Esperó a que terminara y volviéndolos a meter en la bolsa, me soltó:

-Menuda sorpresa le vamos a dar- en ese instante no llegué a comprender hasta qué grado y quién se iba a ver sorprendido esa noche.

Siguiendo el guion que teníamos establecido, en cuando Laura terminó de vestirse, nos preparó la cena y avisándonos, nos pidió que pasáramos a la mesa. Al observarla trayendo nuestras viandas, no pude dejar de afirmar lo guapísima que se la veía. Dotada por la naturaleza de unas buenas tetas, el uniforme que llevaba magnificaba su volumen y eso junto con su diminuta minifalda, hacían de la rubia un ejemplar de primera.

Manuela, mi madrina, debió pensar lo mismo porque cuando su sumisa se acercó a servirle, le pegó un azote mientras le decía:

-Gatita, cada día estás más rica.

-Gracias, ama- respondió luciendo una sonrisa.

La complicidad que mostraba ese par, me hizo alegrarme deseando terminar de cenar y dar vuelo a la fantasía de Manuela. Aprovechando cuando se acercó a mí, llevé mi mano a sus muslos y subiendo por sus piernas, acaricié el sexo desnudo de la mujer mientras le decía:

-¿Cómo te ha ido el día?

La chavala separando sus rodillas, favoreció mi intrusión y mientras mis dedos ya se habían apoderado de su clítoris, me contestó:

-Muy bien pero me he pasado todo el día soñando en llegar a casa para servirles.

Su respuesta me satisfizo y recreándome en mi dominio, metí un par de yemas en su interior. Mi madrina al observar mis maniobras, soltando una carcajada, me soltó:

-Deja de jugar con la puta y ponte a cenar. Tendrás tiempo de usarla esta noche.

El reproche silencioso que leí en el rostro de Laura, me confirmó que, aunque era una sumisa innata aún tenía mucho que aprender. No quise descubrir ante los ojos de su jefa su error porque eso supondría un castigo y eso retrasaría el saber lo que le tenía preparado, pero dándole un pellizco en uno de sus pezones, le hice conocer que me había percatado de su desliz.

El resto de la cena transcurrió sin novedad. Manuela aprovechó ese tiempo para informarme que el ex novio de nuestra sumisa le había puesto una demanda por agresión.

-¿Te preocupa?- pregunté.

-La verdad que no. Tengo testigos de que ese capullo empezó la pelea y ningún juez va a condenar a unas damiselas en peligro por defenderse.

“¿Damiselas en peligro? ¡Mis huevos!” pensé al conocer en mi propia carne la brutalidad de mi madrina y su experiencia en artes marciales. Ese idiota había creído que impondría su fuerza bruta, pero se encontró humillado y apaleado por su teórica víctima y con la nariz rota.

Al terminar, mi madrina se levantó y cogiéndome del brazo, me llevó al salón. Una vez allí, me rogó que pusiera una de las películas mientras Laura la descalzaba. Obedeciendo, encendí el DVD y sentándome a su lado, observé como la rubia cumplía con su obligación.

Con auténtica adoración despojó a su jefa de los zapatos para a continuación darle un suave masaje en los pies. Viendo su cara, comprendí sus palabras cuando una mañana me explicó que para ella era un placer obedecer a mi madrina. La vena sumisa de esa mujer le hacía disfrutar de esa humillación y más aún cuando ya acabado el masaje, su perversa jefa le obligaba a comerle el coño.

-La gatita se está convirtiendo en una experta- me dijo al oído mientras la rubia daba buena cuenta de su coño.

Asumiendo que en cuanto se corriera, mi madrina le iba a exigir que me hiciera una mamada, ni siquiera contesté y me puse a ver el filme. Tal y como ya sabía de antemano, la película tenía una mierda de argumento. La protagonista era una psiquiatra que tenía entre sus pacientes a un siniestro tipo aficionado a las pony girl. El meollo del argumento iba sobre cómo la doctora sin quererlo se iba interesando en ese mundo mientras su cliente le narraba sus experiencias.

-¡Dios! ¡Que morbo!- escuché que Manuela decía entre dientes al ver que la colocación del bocado en la boca de una de la actrices.

Totalmente descolocada por lo que estaba viendo, azuzó a su sumisa para que se diera prisa. Laura al sentir las manos de su jefa presionándole la cabeza contra su sexo, incrementó la velocidad de sus lametazos.

-¡Sigue puta!- chilló mientras en la tele, la protagonista era obligada a demostrar sus actitudes como yegua.

Sin saber cual de las dos visiones me excitaba más, o mi madrina convulsionando de placer a mi lado o la mujer trotando bajo la mirada atenta de su amo, deseé que la rubia terminara con Manuela para liberar la tensión que ya se acumulaba en mi entrepierna.

-¡Me vengo!- aulló mi madrina en voz en grito al sentir que su cuerpo se rendía a un gigantesco orgasmo.

Los gemidos de mi madrina me obligaron a actuar y mientras en la pantalla, “la doctorcita” era enculada por su jinete, decidí sacar mi pene de su encierro. Fue entonces cuando saltándose la norma habitual de nuestras noches, mi madrina desplazó a su sumisa al ver que se acercaba a cumplir con su obligada felación y sustituyéndola ella en su misión, le dijo:

-Mira atenta la tele, que tendrás que repetirlo en cuanto acabe con mi ahijado.

 Y sin más ni más, sentí los labios de mi madrina abrirse y engullir mi miembro. La pericia de Manuela era por mi conocida, pero en esa ocasión, sobrepasó con creces a lo que me tenía acostumbrado y con impresionante fervor, usó su garganta como si de su sexo se tratara mientras Laura permanecía atenta a lo que ocurría en la película. La velocidad y la profundidad que imprimió a su boca hizo que, antes de tiempo, mi verga explosionara contra su paladar.

-¡Me gusta que me la mames!- casi gritando agradecí a la comadre de mi madre.

 Manuela, saboreó hasta la última gota de mi semen antes levantarse y decirme:

-Hoy, vas a disfrutar- y dirigiéndose a nuestra sumisa, ordenó: -Acompáñame, gatita.

La rubia sumisamente siguió a su dueña a través del pasillo. Su mirada me advirtió de que por alguna causa, no le apetecía el papel que le tenía reservado. Al escuchar a través de la puerta las quejas de la chavala, se confirmaron mis pensamientos:

-He dicho que lo hagas- oí que le gritaba mi madrina.

El sonido de un sonoro bofetón resonó en el apartamento, tras lo cual se hizo el silencio.

“Como se pasa” pensé compadeciéndome de la pobre Laura.

Al cabo de cinco minutos, oí que la puerta se abría y al levantar la mirada, me quedé estupefacto al ver que a la rubia y a mi madrina saliendo, pero en contra de lo que había previsto, la que iba disfrazada como pony girl era ¡MI MADRINA!. Tras ella, nuestra sumisa la seguía con el gesto desencajado con una fusta en su mano.  Todavía no me había repuesto de la sorpresa cuando escuché que la chavala me decía:

-Amo, le traigo a su potrilla para que la monte.

Como comprenderan eso había que verlo y levantándome del sofá, me acerqué a admirar a Manuela vestida de potranca. Mas excitado de lo que me hubiera gustado demostrar, observé que le había obligado a la rubia a colocarle todos los aditamentos que recogí esa tarde. Revisando su colocación, apreté los enganches, la mordaza e introduje un poco más el plugin anal con la cola en su trasero, tras lo cual, sentándome nuevamente, ordené a la sumisa que me enseñara como su jefa trotaba:

-No puedo hacerle eso- respondió casi llorando.

Cabreado cogí su fusta y di un azote a la montura mientras le decía:

-O la domas o tendré que castigarte.

Mostrando una inaudita tristeza, agarró las riendas de su jefa y la llevó de paseo por la habitación. El dolor reflejado en sus ojos despertó mi lado más perverso y cogiendo una pinzas que solíamos usar en ella, le ordené:

-¡Pónselas!

Al oír mi orden, cayó postrada a mis pies y berreando como una magdalena, me pidió que la castigara a ella pero dejara en paz a Manuela.

-Trae tus esposas- indignado respondí  mientras yo mismo colocaba las pinzas en los pezones de mi madrina.

Incapaz de quejarse por la mordaza, descubrí en los ojos de Manuela la satisfacción de cómo se iban desarrollando los acontecimientos y regalándole un fustazo, esperé a que Laura regresara metiendo dos dedos dentro de su coño. La humedad que descubrí en sus pliegues, me confirmó que estaba caliente y buscando su aprobación, le susurré en su oído:

-Voy a castigar a la gatita y luego vengo a domarte.

Con lágrimas en los ojos, la rubia volvió y sin emitir disculpa alguna, me dio las esposas, diciendo:

-Castígueme, Amo.

Deliberadamente no respondí y cogiéndola del pelo, la llevé hasta uno de los rincones de la casa y allí le inmovilicé las muñecas, tras lo cual le dije:

-Sabes qué debo hacerlo.

-Sí- respondió la gatita justo antes de recibir el primer azote en su trasero.

La satisfacción con la que recibió mi dura caricia, me enervó y queriendo que realmente fuera un castigo, le di una docena a cada cual más fuerte. El dolor que sintió no consiguió quitar la sonrisa de su cara y ya francamente indignado, fui por todos los instrumentos que usábamos con ella. Sin esperar otra cosa que su rápida rendición le puse una pinzas con peso en los pezones, le incrusté en su culo un gigantesco pene de caballo y aun así no conseguí sacar de su garganta queja alguna.

Desesperado por demostrarle mi enfado, cogí un látigo y empecé a fustigarla con él. Llevaba unos cinco latigazos cuando llorando me pidió que continuara. El placer que descubrí en su voz, lejos de calmarme, me terminó de cabrear y dándome por vencido, le separé las piernas y le metí otro dildo a la máxima potencia en el coño.

“No puede ser” pensé y cayendo en la cuenta de que lo que realmente le perturbaba era ver a su ama siendo usada, decidí concentrarme en mi madrina.

Manuela que había permanecido inmóvil durante todo ese tiempo al verme llegar, movió la colita que tenía en su culo demostrando su alegría. Después de la frustración que suponía no haber sido capaz de hacer claudicar a la rubia, probé fortuna con la morena. Lo primero que hice fue quitarle la mordaza porque quería oir su reacción.

La comadre de mi madre al notar que liberaba su boca, me dijo con voz sumisa:

-Amo, soy su potrilla y haré lo que usted quiera.

A propósito había usado la misma frase con la que Gatita se dirigía a nosotros. Alucinado todavía de  que se comportara de ese modo la comadre de mi madre, me desnudé mientras ella me miraba con deseo no reprimido. Ya en pelotas, la obligué a ponerse a cuatro patas y me monté en su espalda.

-Llévame de paseo, potrilla.

La reacción de mi madrina no se hizo esperar y pegando un relincho, me llevó por la habitación siguiendo mis indicaciones mientras Laura seguía atenta nuestros pasos.  La obediencia que mostró Manuela me permitió atreverme a darle un azote, exigiéndole que acelerara el trote. Mi querida Manuela pegó un gemido cargado de deseo al notar en su piel la nalgada.

-¿Te gusta?- pregunté.

-Sí, a su potrilla le encanta sentir el peso de su amo.

Su respuesta me satisfizo y premiando su fidelidad, le regalé otro par de azotes.

-¡Pégueme a mí! ¡No a ella!- gritó desde el otro lado del cuarto la rubia.

Fue entonces cuando comprendí que Laura no soportaba ver azotada a su jefa y llevando a mi montura a su lado, le dije:

-Eres una gatita muy mala y por eso tendré que castigar a tu amada.

Mi madrina sin esperar a que diera otra orden, se puso en posición de castigo y me rogó:

-Amo, enseñe a Gatita a mantenerse callada.

La intención de Manuela era doble, por una parte quería disfrutar ella de un castigo y por otra parte, hacer sufrir a su sumisa. Dominado por el morbo que me daba el tratar a mi madrina de un modo rudo, cogí la fusta y le pegué un primer golpe.

-Sigue, por favor- me imploró mientras con sus manos separaba los cachetes de su culo.

Con el segundo fustazo fueron dos gemidos los que oí, el de Manuela al notar en sus carnes el cuero y el de Laura al observar a su jefa siendo objeto del castigo. El morbo que sentí, me hizo repetir una y otra vez mi acción mientras las dos mujeres se retorcían de placer.

“¡Serán putas!” exclamé mentalmente al advertir lo cerca que estaban del orgasmo.

Solo paré cuando me percaté del color rojo amoratado del culo de Manuela y liberando a Laura, le exigí que calmara ese escozor. No tuve que repetírselo porque en cuanto se vio liberada se lanzó a lamer las adoloridas nalgas de mi madrina.

-Ama, deje le yo le cure.

La calentura de la comadre de mi madre se vio magnificada por las caricias de su ayudante y antes de que me diera cuenta, se dio la vuelta en el suelo y metiendo su cabeza entre las piernas de la rubia, buscó con verdadera sed el flujo que manaba de su cueva.

Ese estupendo sesenta y nueve despertó de nuevo mi lujuria y yendo a donde nadie me había invitado, saqué del culo de Laura el enorme aparato y lo sustituí con mi polla. La diferencia de tamaño provocó que nuestra sumisa ni se diera cuenta del modo brutal con la que la penetré y cogiendo desde el principio un ritmo atroz, martilleé sus intestinos con mi estoque en busca de mi placer.

No llevaba ni medio minuto acuchillando su trasero cuando sentí que la boca de mi madrina había cambiado de objetivo y lamía sin pudor mis huevos. Esa doble estimulación hizo que mi cuerpo no aguantara más y pegando un berrido, rellené de semen el trasero de nuestra sumisa.

Fue entonces cuando mi madrina aprovechó para levantarnos del suelo y llevarnos a la habitación. Ya en la cama las dos mujeres se empezaron a reir. Al preguntarles de que se reían, Laura me contestó:

-Me aposté con Manuela a que eras incapaz de darle una buena tunda…

-Y como vez perdió- le interrumpió su jefa- Yo sabía que eras en temas sexuales un cerdo y que aprovecharías cualquier oportunidad para devolverme la paliza.

Me quedé impresionado del montaje que habían elaborado para comprobar si yo era capaz de ejercer de dominante con ella pero tras pensarlo unos instantes, les solté:

-¡Son un par de zorras!.

-No, - respondió mi madrina: -Somos tus perras, ¡Tus perras policías!

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Mi madrina la Policia III parte

 

Al día siguiente cuando me desperté después de una noche llena de pasión, descubrí que mi madrina no estaba en la cama. Al mirar el reloj y ver que eran más de las diez, comprendí que nos había dejado dormir y que se había ido a correr, tal y como  hacía todas las mañanas. Junto a mí, Laura, su ayudante seguía profundamente dormida.

No queriendo perturbar su sueño, me levanté y me fui a preparar el desayuno. Ya en la cocina me puse a pensar en lo ocurrido la noche anterior y en como la actuación de un ex novio, nos había puesto en bandeja a esa espectacular rubia. El muy cretino al montarle un espectáculo, había provocado la reacción violenta de Manuela y por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, Laura había visto en su jefa, no solo a una amiga sino a alguien a quien aferrarse. El resto fue consecuencia de eso, una vez en nuestra casa se había dejado llevar y había terminado compartiendo cama con nosotros dos, sin importarle que fuéramos madrina y sobrino.

“Tiene que ser bisexual desde antes”, me dije al analizar la facilidad con la que había permitido que una mujer le hiciera el amor.

Estudiando en mayor profundidad la reacción de esa rubia, caí en la cuenta que había algo que no cuadraba. Era como si esa mujer hubiera cedido voluntariamente el control de su vida dejándolo en otras manos. Aunque no tenía duda  que  gran parte de su voluntad se la había entregado a Manuela, no estaba seguro de cuál era el papel que Laura me tenía asignado.

No tardé en conocerlo porque estaba sirviéndome un café cuando la vi en por la puerta, todavía desnuda.

-¿Puedo pasar?- preguntó sin atreverse a entrar.

Su absurda pregunta me dejó intrigado pero fue al darle permiso cuando me confirmó que esa hembra necesitaba sentirse protegida:

-No tienes idea del susto que me pegué al despertar y ver que no estaban. Pensé que los había decepcionado.

La tristeza que rezumaba su confesión era muestra clara de la urgencia que tenía por ser aceptada. Comprendiéndolo, le contesté:

-Para nada, princesa. Manuela ha salido  a correr y yo te vi tan dormida  que no quise molestarte.

-Ah- suspiró aliviada y cayendo entonces que estaba en pelotas, preguntó con tono lastimero: -¿Me podrías dejar una camisa? No encuentro mi ropa, tu madrina debe haberla echado a lavar.

Muerto de risa, respondí que por supuesto pero que era una pena que se tapara porque así, desnuda, la encontraba fascinante. Mi contestación era solo una broma pero cuando le entregué lo que me había pedido, me preguntó:

-Entonces, ¿Me la pongo? ¿O prefieres que siga en pelota?

Tardé unos segundos en asimilar que estaba esperando que mi resolución y al terminarlo de entender, soltando una carcajada, me acerqué a ella y se la puse yo mismo.

-Gracias- dijo mientras dos pequeños bultos bajo la tela, delataban que por alguna razón estaba excitada.

Al percatarme de ello, decidí confirmar mis sospechas y tras coger una tijeras de un cajón, me senté en una silla y la llamé diciendo:

-Ven, preciosa.

La rubia se acercó de inmediato a donde estaba y quedándose quieta esperó a ver que deseaba. La sumisión que demostraba, me permitió coger la camiseta y dándole un par de cortes, abrirla por delante para acto seguido hacer un nudo, de forma que sus pechos quedaban al aire. Satisfecho, le regale un pellizco en uno de sus pezones, diciendo:

-Me gusta verte las tetas, putita.

Mi dura frase, lejos de molestarla, la hizo sonreír y entornando sus ojos, me preguntó si sabía  que quería ella de desayuno. Su  coqueteo fortaleció  mi impresión de que Laura deseaba sentirse usada y tratando de averiguar sus límites, señalé mi entrepierna diciendo:

-¡Claro!, zorrita, ¡Desayuna!

La alegría que demostró al arrodillarse a mis pies y bajarme el calzoncillo para liberar mi miembro, me hizo saber que me había quedado corto y que esa policía era una sumisa en potencia. Laura, sin esperar ninguna otra orden, se apoderó con sus manos de mi miembro.

-Con la boca-

-Sí, amo-, me respondió sacando su lengua, y recorriendo sensualmente toda mi extensión.

Al escuchar como se había referido a mí ya no me quedo ninguna duda y  cogiéndola del pelo, forcé su garganta al introducir mi pene por completo dentro de ella. La rubia que deseaba ese trato,  se lo sacó lentamente para acto seguido volvérselo a meter, y repitiendo la operación consiguió hacerme sentir que la estaba penetrando en vez de estar recibiendo una mamada. Que esa mujer era fogosa ya lo sabía pero que era tan experta mamando fue una novedad pero aún más que mientras usaba la garganta como un coño, esa mujer rozando su sexo contra uno de mis pies, se masturbara en silencio.

Totalmente concentrada en su labor, su cara era todo lujuria. Con los ojos cerrados, parecía estar concentrada en disfrutar de la sensación de ser usada oralmente.

-¿Te gusta que te manden?- pregunté.

-Sí- reconoció con satisfacción.

Su respuesta me hizo recapacitar sobre su verdadera personalidad. Aunque la conocía muy poco, Manuela me había contado lo servicial que era con ella. Entonces me percaté que de algún modo esa vena sumisa había estado siempre presente en su vida y que habiéndolo descubierto, mi madrina y yo nos aprovecharíamos de ello.

Mientras planeaba mis siguientes pasos, la rubia seguía buscando mi placer.  Acariciándole la cabeza, dejé que incrementara el ritmo.  Me encantó, la forma tan sensual con la que se lo metìa. Usando una técnica desconocida por mí, Laura ladeaba su cabeza para que mi glande rebotase en sus cachetes por dentro, antes de incrustárselo.

La propia excitación por sentirse esclava la hizo correrse antes de tiempo, pero aunque su cuerpo se estaba viendo asolado por el placer en ningún momento dejó de masturbarme. Su clímax fue la gota que faltaba para derramar mi vaso y explotando dentro de su boca, me corrí. Al sentir mi semen contra su paladar, profundizó  su mamada, estimulando mis testículos con las manos para prolongar mi orgasmo.

-¡Dios! ¡Qué rico!-,  dijo feliz al sacar mi maltrecho pene de su boca.

Su lujuria me dio la idea y levantándola del suelo, le ordené:

-Date prisa que nos vamos de compras…

Un uniforme de criada para Laura.

Según mis cálculos tenía apenas media hora para que Manuela volviera de su paseo pero justo cuando salíamos por la puerta, me llamó diciendo que se había encontrado con unos amigos y que no llegaría antes de comer. Al oírla, me alegré porque me daba tiempo de preparar adecuadamente su sorpresa pero antes de colgar, le pregunté qué quería que hiciera con su ayudante:

-Cogetela, tantas veces quieras-contestó.

Aunque había supuesto permiso, que me lo diera me alegro porque así no podía luego quejarse y azuzando a nuestra nueva amante, la saqué de la casa rumbo a una tienda que conocía. Ya en la calle, Laura me preguntó dónde íbamos y sabiendo que le iba a gustar, contesté:

-A un sex shop. A comprarte un uniforme y unos cuantos juguetes.

No pudo evitar que una sonrisa iluminara su cara y más cuando le conté mi plan.

-¿No se enfadará tu madrina?

-Para nada- respondí- estará encantada de estrenarse como dominante contigo.

La seguridad con la que le respondí, la tranquilizó y afortunadamente para mi bolsillo, no solo estuvo de acuerdo con cada una de nuestras compras sino que incluso las pagó de su bolsillo. Para no haceros el cuento largo,  una vez en ese local, elegimos un sensual disfraz de criada, un antifaz, un par de consoladores, una fusta e incluso un arnés doble con el que Manuela se la tiraría.

-Tienes suerte. No has tenido que comprar esposas- en tono jocoso, le solté aludiendo al oficio de ambas.

Para entonces, Laura estaba hecha un flan. Todo su cuerpo tiritaba de emoción por las ganas de recibir a su jefa, vestida de esa forma. Al retornar al apartamento, quiso que la usara aún antes de cerrar la puerta, pero yo tenía otros planes y sacudiéndome de su abrazo, la obligué a irse a vestir con la ropa que habíamos comprado.

No tardó en volver y cuando lo hizo, le ordené que me modelara:

¡Estaba preciosa vestida así!

Satisfecho, observé que su belleza quedaba realzada en ese uniforme de raso negro. Totalmente ajustado, sus pechos parecían a punto de salir de su encierro y si a eso le añadíamos, la diminuta minifalda y las medías de encaje, no me quedó más remedio que admitir que la cría estaba buenísima. Mi propio pene me traicionó bajo mi pantalón.

El morbo de pensar en lo que diría mi madrina cuando descubriera que en su ausencia había descubierto que su ayudante, era una sumisa y que para colmo habiéndola aceptado así, la había ataviado con ropa que fuera acuerdo a su nueva condición, me excitó. Reconozco que estuve a un tris, de estrenar su indumentaria pero pensando en Manuela, decidí esperar y que fuera ella quien lo hiciera.

El único lujo que me di fue llamarla a mi lado y bajándole las bragas de encaje, embutirle dos consoladores, uno en su coño y otro en su culo. No os podéis imaginar el grito de alegría que Laura, la comisario de policía, pegó cuando descubrió teniéndolos dentro que se manejaban a control remoto. Encendiéndolos a tope, le ordené que ordenara la casa mientras yo me iba a estudiar. Aun así y desde mi habitación, escuché los gemidos callados con los que la mujer reaccionaba al placer que estaba sintiendo. Descojonado, pensé:

“Cuando llegue mi madrina, esta zorra estará en celo”.

Mi madrina aparece y se lleva una sorpresa.

Tal y como planeé, la pobre de Laura estaba que se subía por las paredes. Habiéndole prohibido que se corriera, sentìa su cuerpo en ebullición y encima al acercarse la vuelta de su jefa, incrementaba aún más su turbación. Incapaz de soportar más esa tortura, se acercó a mi cuarto pidiendo que la liberara. Confieso que me encantó verla entrar y postrarse a mis pies, rogando que le permitiera llegar al orgasmo.

Aunque me dio pena, me comporté por primera vez como un siniestro amo y despidiéndola de malos modos, le contesté:

-Ni se te ocurra correrte. Debes tener el coño y el culo ardiendo  cuando llegue tu dueña.

Casi llorando y aceptando su destino, salió de mi habitación con paso tembloroso. Afortunadamente para ella, Manuela no tardó en llegar. Nada más escuchar que metìa las llaves en la puerta, me levanté a contemplar su reacción. Como anticipé, mi madrina se vio sorprendida cuando su amiga la recibió vestida de criada.  Sin saber a qué atenerse, me miró. Supe que tenía que hacer y por eso le ordené a Laura que la descalzase. La rubia al escucharme se arrodilló ante su jefa y tratando de ser aceptada, le quitó los zapatos ante la perplejidad de la recién llegada.

-¿Y esto?- muerta de risa, preguntó.

-Ayer sin saberlo, adoptaste a una cachorrita sin dueño- respondí- Laura me ha pedido que consintamos en ser sus amos.

Soltando una carcajada, dejó su bolso en una silla y dirigiéndose a su nueva sumisa, le soltó:

-Vengo cansada, así que prepárame un baño.

Laura no pudo retener su sonrisa al asumir que la había aceptado y en silencio, se fue a cumplir su cometido. Aprovechando su ausencia, le expliqué a Manuela cómo me había enterado de la condición de Laura. No dijo nada al respecto hasta que le expliqué que la había mantenido calentita con dos consoladores incrustados hasta que ella apareciera, entonces y con tono de guasa, quiso averiguar donde estaban los límites:

-Eso lo tendremos que averiguar con la práctica, pero ahora te aconsejo que goces de esta oportunidad y te des un baño.

-¡Eso haré!- me contestó dejándome solo.

Como no tenía otra cosa que hacer, me metí en internet a averiguar lo más posible sobre dominación y por eso la media hora que tardaron en salir, pasó volando. Estaba enfrascado leyendo una web de BSDM, cuando escuché que mi madrina me llamaba desde el salón. Al llegar, observé que mi madrina  llevaba únicamente un coqueto picardías de encaje de color negro y que arrodillada a sus pies, estaba Laura.

Al verme entrar, me pidió que me sentara y quería que viera pero no participara. Aceptando de inmediato su sugerencia, me senté en una silla. Satisfecha se dio la vuelta y empezó a explicar a su sumisa las reglas básicas, diciendo:

-Gatita, quiero que sepas que acepto ser tu dueña. Te dominaré y enseñaré tu nueva vida, en la que encontrarás seguridad y felicidad.

-Lo sé, ama- dijo interrumpiéndola.

Le dio una suave bofetada por cortar su discurso, tras lo cual, encendiendo una vela, le explicó:

-Como es tu primera vez, si te sientes mal o quieres que paré, dime “apaga la vela” y pararé. No vale decir “no quiero seguir” o “para, por favor” porque sería desobedecerme y tendría que castigarte. ¿Has comprendido?, gatita.

-Sí, ama- respondió con un brillo en los ojos que no me pasó desapercibido. Se notaba que Laura deseaba que empezara pero no se atrevió a decirlo.

Su dueña, entonces la obligó a levantarse y mientras la colocaba de pie junto a ella, le dijo:

-Para ser una buena putita, tendrás que esforzarte. Harás siempre lo que yo te diga- y sacando una fusta, prosiguió diciendo: -Los castigos son imprescindibles para enseñarte. Cuando hagas algo mal, recibirás una reprimenda.

Habiéndola aleccionado, le ordenó que se desnudara lentamente porque quería disfrutarla.  Asumiendo que era un examen, Laura se fue desabrochando el uniforme mientras trataba de descubrir, si le gustaba a su ama lo que estaba haciendo.

-Date prisa, gatita- Manuela le gritó.

Su ya sumisa obedeció quitándose el resto de la ropa mientras no perdíamos ojo del sensual modo en que lo hacía. Reconozco que yo al menos me excité al contemplar a la rubia en pelotas. En cambio, Manuela al ver que ya estaba desnuda, se puso a su lado y con gesto displicente, le alzó la cara mientras le decía:

-Voy a examinarte como el ganado que eres- tras lo cual, sopesó sus pechos como si intentara averiguar el peso.

Laura emitió un suspiro al sentir un duro pellizco en sus pezones.

-No están mal pero los he visto mejores- le informó con desgana su nueva dueña.

La rubia como pidiéndome ayuda, me miró preocupada por la falta de entusiasmo que mostraba Manuela. Al no recibirla, se quedó callada mientras mi madrina seguía valorándola como mercancía.

Tomándose su tiempo, con los dedos recorrió la distancia entre los senos y el ombligo su sumisa. Sus maniobras habían comenzado a afectar a Laura. Me dí cuenta de ello al observar que su respiración se agitaba y que sus areolas se  habían contraído.

“Está excitada”, pensé desde mi asiento.

Para entonces la mano de mi madrina acercaba a su sexo. La rubia pensando que  así facilitaba la tarea, abrió sus piernas, pero entonces sintió un azote en su trasero.

-No te he dicho que te muevas- le recriminó con tono duro su jefa y dando por terminada su exploración, le dijo:- Apóyate sobre la mesa y separa tus nalgas.

La muchacha obedeció de inmediato, dejando que mi madrina observara su ojete dilatado por haber llevado durante horas un consolador incrustado en él.  Fue entonces cuando mientras le metía un dedo en su entrada trasera, le dijo:

-Repite conmigo: Soy su gatita y haré lo que usted  quiera.

Con enorme alegría Laura repitió:                

-Soy su gatita y haré lo que quiera.

Satisfecha por su respuesta, Manuela preguntó sin dejar de mover sus yemas en el interior de su sumisa a modo de premio:

-¿Te gusta ser mi gatita?

-Sí, ama. Me encanta ser su gatita y haré lo que usted quiera.

Siguiendo la lección, mi madrina le obligo a tumbarse en la mesa boca arriba y llamándome a su lado, le dijo a su sumisa:

-No digas nada y no te muevas. Tienes prohibido excitarte.

Tras lo cual, me pidió que la ayudara a ponerla cachonda. No tuve que ser muy inteligente para comprender su juego. Manuela quería que la rubia le desobedeciese para así tener un motivo para aplicarle un castigo. Aceptando mi papel, comencé a darle besos y lengüetazos por todo el cuerpo mientras su dueña le decía al oído:

-Verdad que te apetece que esta noche te ponga a cuatro patas y mientras mi sobrino te folla, yo meta la lengua en tu coño y saboreé lo puta que eres.

-Si, ama. Me apetece.

-Te estás poniendo caliente y te lo he prohibido- le recriminó pegándole un duro azote en uno de sus muslos.

Al haberla cogido desprevenida, la rubia pegó un chillido pero rápidamente se repuso diciendo:

-Lo siento, ama. No volverá a ocurrir.

La respuesta le satisfizo y pegándole un último azote, le preguntó:

-¿Quién eres?

-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.

Entonces, pegándole un mordisco en los labios, la besó diciendo:

-Estoy orgullosa de ti. Ahora disfruta- tras lo cual, la levantó de la mesa y llevándola hasta su cama, me miró y dijo:-¡Hazla gozar! ¡Se lo ha ganado!

Sin llegarme a creer todavía mi suerte,  decidí comprobar hasta donde llegaba mi función y cogiendo a Laura la puse a cuatro patas encima de las sábanas. La visión de ese espectáculo de mujer esperando ser usada, me excitó pero recordando a mi madrina, le pregunté:

-¿Te parece que me la folle mientras esta puta te chupa el coño?

Manuela descojonada, se tumbó en la cabecera de la cama y separando las rodillas, puso al alcance de la boca de la rubia su coño. Laura comprendió de inmediato lo que querían sus amos y sacando la lengua, comenzó a recorrer con ella los pliegues de su dueña. Valorando su estricta obediencia, me permití cogí mi pene y se lo metí hasta el fondo.

Como estaba sobre calentada, no me sorprendió encontrarme su chocho encharcado. Decidido a usar mi nuevo poder,  empecé a cabalgarla mientras le ordenaba que usara sus dedos para dar placer a su jefa. La rubia quizás estimulada al sentir mi miembro en su interior pegó un grito y con mayor énfasis, reanudó la comida de coño.

-¡Me encanta ver cómo te la follas a nuestra gatita!- aulló Manuela y para profundizar en la sumisión de su ayudante, me pidió que quería ver como azotaba su culo.

Complaciendo a mi madrina y con un sonoro azote, azucé el ritmo de la rubia. Laura al sentir mi dulce caricia en su nalga, aceleró la velocidad con la que degustaba el sexo de su ama. El ruido que hacía mi pene al entrar y salir del chocho de nuestra sumisa me convenció de que esa mujer estaba disfrutando del duro trato y soltándole otra nalgada, le prohibí correrse antes que su dueña.

-No lo haré, ¡Amo!-chilló dominada por la pasión.

Los gemidos de Manuela me revelaron que no iba a tardar en tener un orgasmo y deseando que Laura fallara, aceleré el compás de mis penetraciones. Como en ese momento yo estaba ejerciendo de amo, me tocaría a mi aplicar el castigo y por eso, con mayor rapidez, acuchillé su interior con mi estoque. Afortunadamente para la rubia, mi madrina no pudo más y pegando un aullido, se corrió sobre las sabanas.

“Otra vez será”, me dije sabiendo que tendría que esperar otra ocasión para ejercer de estricto dueño de esa muchacha.

Laura al percatarse y saborear el éxtasis de su dueña, se dejó llevar por la tensión acumulada y moviendo su culo, se corrió mientras  recogía con su lengua el flujo que brotaba del sexo de Manuela.

Fue entonces cuando la comadre de mi madre, completamente dominada por el deseo, se levantó y quitando de un empujón a su sumisa, me pidió que me tumbara. Con mi polla tiesa, obedecí. Mi entrega, satisfizo a mi madrina que poniéndose a horcajadas, se empaló lentamente con mi miembro. La lentitud con la que embutió mi pene en su interior, me permitió sentir como se abría camino entre sus pliegues.

-¡Me encanta!- aulló al notar que la rellenaba por completo.

Para entonces, Laura pidió permiso a su dueña para chuparle los pechos. Al escuchar que se lo daba, se abalanzó sobre ellos. Al sentir los labios de la sumisa en sus pezones, dio inicio a un desbocado galope sobre mi polla. Ensartándose sin parar,  mi madrina  buscó nuevamente su placer.

Al ver sus pezones rebotando arriba y abajo al ritmo de su cabalgar, me terminó de excitar y cogiendo a Manuela, la cambié de postura y poniéndola a cuatro patas,  la ensarté con fiereza y usándola como montura, imprimí a mis caderas un ritmo brutal.

-¡Sigue! ¡No pares!- berreó mi madrina.

Esas palabras me azuzaron y acelerando el compás de mis caderas al límite, machaqué su interior con mi verga. Ya notaba los primeros síntomas de mi orgasmo cuando, al levantar la cara, vi a Laura masturbándose en un rincón del colchón. El morbo de saber que le excitaba ver cómo me follaba a mi madrina, me terminó de desbordar y pegando un grito, eyaculé en el interior del sexo de  su dueña. Agotado me dejé caer sobre la cama con Manuela a mi lado.

Durante largo tiempo, estuvimos descansando del esfuerzo. Una vez repuestos, nos íbamos a levantar cuando de pronto vimos entrar a Laura con un regalo:

-¿Es para mí?- preguntó mi madrina.

-Sí, ama. Su sobrino lo compró esta mañana.

La curiosidad es la perdición de toda mujer y por eso, rápidamente lo abrió para descubrir en su interior, el arnés doble que habíamos adquirido en el sex shop. Guiñándome un ojo me dio las gracias y mientras se colocaba el artilugio, sonriendo, le soltó:

-¿Te gustaría que tu ama te tomara por detrás?

Con sus ojos inyectados de deseo, Laura respondió que sí. Al oír Manuela su respuesta, soltó una carcajada y acercándose a ella, le dijo:

-¡Te va a doler!

La rubia, sonriendo le contestó:

-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.

 

Mi Madrina La Policía FINAL

  Todavía hoy me arrepiento de lo que les voy a contar. Aunque han pasado años, reconozco que fui y quien yo la cagó. Aunque estaba viviendo...