Mi estancia en casa de mi madrina ya iba por un mes. Lo que en un principio había visto como un castigo, resultó a la larga ser la mejor experiencia de mi vida. Como les comenté en los pasados episodios, descubrí en esa estricta policía a una maravillosa mujer, necesitada de cariño y de sexo. Convertido ya en su amante y gracias a una casualidad, Laura, su ayudante en la comisaría se nos muestras como en realidad era. Aprovechando su vena sumisa, esa rubia se nos entrega en cuerpo y alma, pasando a formar parte de nuestra “unión”.
En este relato voy a narrar su
claudicación y como afectó tanto a mi madrina como a mí.
Como descubrí un nuevo
aspecto de mi madrina.
Estaba todavía en la
universidad cuando leí un mensaje de mi madrina donde me pedía que pasara por
el sex-shop a recoger unas películas que había reservado. Acostumbrado a que Manuela
se inspirara en el porno para posteriormente ponerlo en práctica con Laura, no
me extrañó su petición y por eso, al terminar mis clases me dirigí directamente
hasta ese local.
Como tantas veces, Manuela ya
tenía preparado su pedido pero lo que no me esperaba es que junto con las
películas, mi madrina hubiese comprado una serie de artilugios para el
adiestramiento de una pony girl. La sorpresa de enterarme de la nueva fantasía
que Manuela quería poner en práctica con nuestra sumisa se incrementó cuando el
encargado del sex-shop, se ofreció a enseñarme como se usaban. Sin saber cómo
se proponía explicarme, acepté y fue entonces cuando llamando a María, una de
sus empleadas, me pidió que le acompañara a la parte trasera del local.
Una vez allí, con tono
autoritario, le dijo a la muchacha:
-Nuestro cliente desea una
demostración del uso de los aditamentos de una pony girl.
La morena debía de estar
acostumbrada a servir como modelo porque sin quejarse, se desnudó frente a mí
en silencio. Juro que ver cómo esa cría con aspecto aniñado se iba
despojando de su ropa, me calentó pero más cuando una vez en pelotas, se acercó
a su jefe y en silencio, dejó que le pusiera en la cabeza un arnés con antifaz
y una mordaza como bocado. Habiéndoselo ajustado me llamó y me dijo:
-En estas argollas es donde se
colocan las riendas, pero ten cuidado al montarla porque, con la máscara
puesta, no ve.
La tal María tenía los pezones
erectos anticipando lo que iba a suceder.
-Al suelo- ordenó el encargado.
La morena se arrodilló y
separando sus nalgas con las manos, puso su ojete a disposición de su domador.
Manuel, guiñándome un ojo, me explicó cogiendo un plugin anal adosado a una
cola:
-Es importante que tu sumisa se
sienta como una yegua y que mejor que ponerle una cola- tras lo cual le
incrustó en el culo el aparato.
-Ahh- gimió su empleada al
sentir que su trasero absorbía el pene de plástico.
Mi notorio desconcierto se
incrementó al observar a ese sujeto montar sobre la espalda de la chavala y
cogiendo con una mano las riendas, usó la otra para con una fusta azuzarla en
el trasero. Su montura reaccionó al instante y gateando empezó a dar vueltas
por la habitación siguiendo los dictados de su amo.
-¿Qué te parece?- preguntó
Manuel con una sonrisa.
La visión de esa morena siendo
la yegua de su jefe, me terminó de calentar y solo pude despedirme de
ellos, deseando que llegara esa noche para hacer uso de semejantes artilugios.
No había cerrado la puerta cuando escuché que mi conocido le decía:
-Ya que estás, voy a hacer uso
de ti.
Sonreí y con esa imagen, salí
rumbo a casa.
Como tantas tardes entre
semana, fui el primero en llegar porque el horario de Manuela y de Laura las
impedía hacerlo antes. Su trabajo como agentes del orden se solía prolongar
hasta las nueve de la noche y por eso una vez allí, me preparé un bocadillo y
mientras las esperaba, me fui a estudiar.
Debían de ser las ocho y media
cuando las vi entrar. Laura, tal y como como la habíamos aleccionado, me saludó
y tras lo cual se fue a cambiar para ponerse el uniforme de criada. Una
vez solos, Manuela me preguntó si había cumplido con su encargo:
-Sí, madrina- respondí- pasé
por el sex-shop y recogí la mercancía.
Satisfecha me pidió que se lo
enseñara. Siguiendo sus instrucciones, cogí la bolsa y le expliqué el uso de
los distintos aditamentos. El semblante de mi madrina mostró síntomas
inequívocos de estar excitada al escuchar de mi boca como se colocaban esos
aditamentos y su función. Esperó a que terminara y volviéndolos a meter en la
bolsa, me soltó:
-Menuda sorpresa le vamos a
dar- en ese instante no llegué a comprender hasta qué grado y quién se iba a
ver sorprendido esa noche.
Siguiendo el guion que teníamos
establecido, en cuando Laura terminó de vestirse, nos preparó la cena y
avisándonos, nos pidió que pasáramos a la mesa. Al observarla trayendo nuestras
viandas, no pude dejar de afirmar lo guapísima que se la veía. Dotada por la
naturaleza de unas buenas tetas, el uniforme que llevaba magnificaba su volumen
y eso junto con su diminuta minifalda, hacían de la rubia un ejemplar de primera.
Manuela, mi madrina, debió
pensar lo mismo porque cuando su sumisa se acercó a servirle, le pegó un azote
mientras le decía:
-Gatita, cada día estás más
rica.
-Gracias, ama- respondió
luciendo una sonrisa.
La complicidad que mostraba ese
par, me hizo alegrarme deseando terminar de cenar y dar vuelo a la fantasía de Manuela.
Aprovechando cuando se acercó a mí, llevé mi mano a sus muslos y subiendo por sus
piernas, acaricié el sexo desnudo de la mujer mientras le decía:
-¿Cómo te ha ido el día?
La chavala separando sus
rodillas, favoreció mi intrusión y mientras mis dedos ya se habían apoderado de
su clítoris, me contestó:
-Muy bien pero me he pasado
todo el día soñando en llegar a casa para servirles.
Su respuesta me satisfizo y
recreándome en mi dominio, metí un par de yemas en su interior. Mi madrina al
observar mis maniobras, soltando una carcajada, me soltó:
-Deja de jugar con la puta y
ponte a cenar. Tendrás tiempo de usarla esta noche.
El reproche silencioso que leí
en el rostro de Laura, me confirmó que, aunque era una sumisa innata aún tenía
mucho que aprender. No quise descubrir ante los ojos de su jefa su error porque
eso supondría un castigo y eso retrasaría el saber lo que le tenía preparado,
pero dándole un pellizco en uno de sus pezones, le hice conocer que me había
percatado de su desliz.
El resto de la cena transcurrió
sin novedad. Manuela aprovechó ese tiempo para informarme que el ex novio de
nuestra sumisa le había puesto una demanda por agresión.
-¿Te preocupa?- pregunté.
-La verdad que no. Tengo
testigos de que ese capullo empezó la pelea y ningún juez va a condenar a unas
damiselas en peligro por defenderse.
“¿Damiselas en peligro? ¡Mis
huevos!” pensé al conocer en mi propia carne la brutalidad de mi madrina y su
experiencia en artes marciales. Ese idiota había creído que impondría su fuerza
bruta, pero se encontró humillado y apaleado por su teórica víctima y con la
nariz rota.
Al terminar, mi madrina se
levantó y cogiéndome del brazo, me llevó al salón. Una vez allí, me rogó que
pusiera una de las películas mientras Laura la descalzaba. Obedeciendo, encendí
el DVD y sentándome a su lado, observé como la rubia cumplía con su obligación.
Con auténtica adoración despojó
a su jefa de los zapatos para a continuación darle un suave masaje en los pies.
Viendo su cara, comprendí sus palabras cuando una mañana me explicó que para
ella era un placer obedecer a mi madrina. La vena sumisa de esa mujer le hacía
disfrutar de esa humillación y más aún cuando ya acabado el masaje, su perversa
jefa le obligaba a comerle el coño.
-La gatita se está convirtiendo
en una experta- me dijo al oído mientras la rubia daba buena cuenta de su coño.
Asumiendo que en cuanto se
corriera, mi madrina le iba a exigir que me hiciera una mamada, ni siquiera
contesté y me puse a ver el filme. Tal y como ya sabía de antemano, la película
tenía una mierda de argumento. La protagonista era una psiquiatra que tenía
entre sus pacientes a un siniestro tipo aficionado a las pony girl. El meollo
del argumento iba sobre cómo la doctora sin quererlo se iba interesando en ese
mundo mientras su cliente le narraba sus experiencias.
-¡Dios! ¡Que morbo!- escuché
que Manuela decía entre dientes al ver que la colocación del bocado en la boca
de una de la actrices.
Totalmente descolocada por lo
que estaba viendo, azuzó a su sumisa para que se diera prisa. Laura al sentir
las manos de su jefa presionándole la cabeza contra su sexo, incrementó la
velocidad de sus lametazos.
-¡Sigue puta!- chilló mientras
en la tele, la protagonista era obligada a demostrar sus actitudes como yegua.
Sin saber cual de las dos
visiones me excitaba más, o mi madrina convulsionando de placer a mi lado o la
mujer trotando bajo la mirada atenta de su amo, deseé que la rubia terminara
con Manuela para liberar la tensión que ya se acumulaba en mi entrepierna.
-¡Me vengo!- aulló mi madrina
en voz en grito al sentir que su cuerpo se rendía a un gigantesco orgasmo.
Los gemidos de mi madrina me
obligaron a actuar y mientras en la pantalla, “la doctorcita” era enculada por
su jinete, decidí sacar mi pene de su encierro. Fue entonces cuando saltándose
la norma habitual de nuestras noches, mi madrina desplazó a su sumisa al ver
que se acercaba a cumplir con su obligada felación y sustituyéndola ella en su
misión, le dijo:
-Mira atenta la tele, que
tendrás que repetirlo en cuanto acabe con mi ahijado.
Y sin más ni más, sentí
los labios de mi madrina abrirse y engullir mi miembro. La pericia de Manuela
era por mi conocida, pero en esa ocasión, sobrepasó con creces a lo que me
tenía acostumbrado y con impresionante fervor, usó su garganta como si de su
sexo se tratara mientras Laura permanecía atenta a lo que ocurría en la
película. La velocidad y la profundidad que imprimió a su boca hizo que, antes
de tiempo, mi verga explosionara contra su paladar.
-¡Me gusta que me la mames!-
casi gritando agradecí a la comadre de mi madre.
Manuela, saboreó hasta la
última gota de mi semen antes levantarse y decirme:
-Hoy, vas a disfrutar- y
dirigiéndose a nuestra sumisa, ordenó: -Acompáñame, gatita.
La rubia sumisamente siguió a
su dueña a través del pasillo. Su mirada me advirtió de que por alguna causa,
no le apetecía el papel que le tenía reservado. Al escuchar a través de la
puerta las quejas de la chavala, se confirmaron mis pensamientos:
-He dicho que lo hagas- oí que
le gritaba mi madrina.
El sonido de un sonoro bofetón
resonó en el apartamento, tras lo cual se hizo el silencio.
“Como se pasa” pensé
compadeciéndome de la pobre Laura.
Al cabo de cinco minutos, oí
que la puerta se abría y al levantar la mirada, me quedé estupefacto al ver que
a la rubia y a mi madrina saliendo, pero en contra de lo que había previsto, la
que iba disfrazada como pony girl era ¡MI MADRINA!. Tras ella, nuestra sumisa
la seguía con el gesto desencajado con una fusta en su mano. Todavía no
me había repuesto de la sorpresa cuando escuché que la chavala me decía:
-Amo, le traigo a su potrilla
para que la monte.
Como comprenderan eso había que
verlo y levantándome del sofá, me acerqué a admirar a Manuela vestida de
potranca. Mas excitado de lo que me hubiera gustado demostrar, observé que le
había obligado a la rubia a colocarle todos los aditamentos que recogí esa
tarde. Revisando su colocación, apreté los enganches, la mordaza e introduje un
poco más el plugin anal con la cola en su trasero, tras lo cual, sentándome
nuevamente, ordené a la sumisa que me enseñara como su jefa trotaba:
-No puedo hacerle eso-
respondió casi llorando.
Cabreado cogí su fusta y di un
azote a la montura mientras le decía:
-O la domas o tendré que
castigarte.
Mostrando una inaudita
tristeza, agarró las riendas de su jefa y la llevó de paseo por la habitación.
El dolor reflejado en sus ojos despertó mi lado más perverso y cogiendo una
pinzas que solíamos usar en ella, le ordené:
-¡Pónselas!
Al oír mi orden, cayó postrada
a mis pies y berreando como una magdalena, me pidió que la castigara a ella
pero dejara en paz a Manuela.
-Trae tus esposas- indignado
respondí mientras yo mismo colocaba las pinzas en los pezones de mi madrina.
Incapaz de quejarse por la
mordaza, descubrí en los ojos de Manuela la satisfacción de cómo se iban
desarrollando los acontecimientos y regalándole un fustazo, esperé a que Laura
regresara metiendo dos dedos dentro de su coño. La humedad que descubrí en sus
pliegues, me confirmó que estaba caliente y buscando su aprobación, le susurré
en su oído:
-Voy a castigar a la gatita y
luego vengo a domarte.
Con lágrimas en los ojos, la
rubia volvió y sin emitir disculpa alguna, me dio las esposas, diciendo:
-Castígueme, Amo.
Deliberadamente no respondí y
cogiéndola del pelo, la llevé hasta uno de los rincones de la casa y allí le
inmovilicé las muñecas, tras lo cual le dije:
-Sabes qué debo hacerlo.
-Sí- respondió la gatita justo
antes de recibir el primer azote en su trasero.
La satisfacción con la que
recibió mi dura caricia, me enervó y queriendo que realmente fuera un castigo,
le di una docena a cada cual más fuerte. El dolor que sintió no consiguió
quitar la sonrisa de su cara y ya francamente indignado, fui por todos los
instrumentos que usábamos con ella. Sin esperar otra cosa que su rápida
rendición le puse una pinzas con peso en los pezones, le incrusté en su culo un
gigantesco pene de caballo y aun así no conseguí sacar de su garganta queja
alguna.
Desesperado por demostrarle mi
enfado, cogí un látigo y empecé a fustigarla con él. Llevaba unos cinco
latigazos cuando llorando me pidió que continuara. El placer que descubrí en su
voz, lejos de calmarme, me terminó de cabrear y dándome por vencido, le separé
las piernas y le metí otro dildo a la máxima potencia en el coño.
“No puede ser” pensé y cayendo
en la cuenta de que lo que realmente le perturbaba era ver a su ama siendo usada,
decidí concentrarme en mi madrina.
Manuela que había permanecido
inmóvil durante todo ese tiempo al verme llegar, movió la colita que tenía en
su culo demostrando su alegría. Después de la frustración que suponía no haber
sido capaz de hacer claudicar a la rubia, probé fortuna con la morena. Lo
primero que hice fue quitarle la mordaza porque quería oir su reacción.
La comadre de mi madre al notar
que liberaba su boca, me dijo con voz sumisa:
-Amo, soy su potrilla y haré lo
que usted quiera.
A propósito había usado la
misma frase con la que Gatita se dirigía a nosotros. Alucinado todavía de
que se comportara de ese modo la comadre de mi madre, me desnudé mientras ella
me miraba con deseo no reprimido. Ya en pelotas, la obligué a ponerse a cuatro
patas y me monté en su espalda.
-Llévame de paseo, potrilla.
La reacción de mi madrina no se
hizo esperar y pegando un relincho, me llevó por la habitación siguiendo mis
indicaciones mientras Laura seguía atenta nuestros pasos. La obediencia
que mostró Manuela me permitió atreverme a darle un azote, exigiéndole que
acelerara el trote. Mi querida Manuela pegó un gemido cargado de deseo al notar
en su piel la nalgada.
-¿Te gusta?- pregunté.
-Sí, a su potrilla le encanta
sentir el peso de su amo.
Su respuesta me satisfizo y
premiando su fidelidad, le regalé otro par de azotes.
-¡Pégueme a mí! ¡No a ella!-
gritó desde el otro lado del cuarto la rubia.
Fue entonces cuando comprendí
que Laura no soportaba ver azotada a su jefa y llevando a mi montura a su lado,
le dije:
-Eres una gatita muy mala y por
eso tendré que castigar a tu amada.
Mi madrina sin esperar a que
diera otra orden, se puso en posición de castigo y me rogó:
-Amo, enseñe a Gatita a
mantenerse callada.
La intención de Manuela era
doble, por una parte quería disfrutar ella de un castigo y por otra parte,
hacer sufrir a su sumisa. Dominado por el morbo que me daba el tratar a mi madrina
de un modo rudo, cogí la fusta y le pegué un primer golpe.
-Sigue, por favor- me imploró
mientras con sus manos separaba los cachetes de su culo.
Con el segundo fustazo fueron
dos gemidos los que oí, el de Manuela al notar en sus carnes el cuero y el de
Laura al observar a su jefa siendo objeto del castigo. El morbo que sentí, me
hizo repetir una y otra vez mi acción mientras las dos mujeres se retorcían de
placer.
“¡Serán putas!” exclamé
mentalmente al advertir lo cerca que estaban del orgasmo.
Solo paré cuando me percaté del
color rojo amoratado del culo de Manuela y liberando a Laura, le exigí que
calmara ese escozor. No tuve que repetírselo porque en cuanto se vio liberada
se lanzó a lamer las adoloridas nalgas de mi madrina.
-Ama, deje le yo le cure.
La calentura de la comadre de
mi madre se vio magnificada por las caricias de su ayudante y antes de que me
diera cuenta, se dio la vuelta en el suelo y metiendo su cabeza entre las
piernas de la rubia, buscó con verdadera sed el flujo que manaba de su cueva.
Ese estupendo sesenta y nueve
despertó de nuevo mi lujuria y yendo a donde nadie me había invitado, saqué del
culo de Laura el enorme aparato y lo sustituí con mi polla. La diferencia de
tamaño provocó que nuestra sumisa ni se diera cuenta del modo brutal con la que
la penetré y cogiendo desde el principio un ritmo atroz, martilleé sus
intestinos con mi estoque en busca de mi placer.
No llevaba ni medio minuto
acuchillando su trasero cuando sentí que la boca de mi madrina había cambiado
de objetivo y lamía sin pudor mis huevos. Esa doble estimulación hizo que mi
cuerpo no aguantara más y pegando un berrido, rellené de semen el trasero de
nuestra sumisa.
Fue entonces cuando mi madrina
aprovechó para levantarnos del suelo y llevarnos a la habitación. Ya en la cama
las dos mujeres se empezaron a reir. Al preguntarles de que se reían, Laura me
contestó:
-Me aposté con Manuela a que eras
incapaz de darle una buena tunda…
-Y como vez perdió- le
interrumpió su jefa- Yo sabía que eras en temas sexuales un cerdo y que
aprovecharías cualquier oportunidad para devolverme la paliza.
Me quedé impresionado del
montaje que habían elaborado para comprobar si yo era capaz de ejercer de
dominante con ella pero tras pensarlo unos instantes, les solté:
-¡Son un par de zorras!.
-No, - respondió mi madrina:
-Somos tus perras, ¡Tus perras policías!
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