Al día siguiente cuando me
desperté después de una noche llena de pasión, descubrí que mi madrina no
estaba en la cama. Al mirar el reloj y ver que eran más de las diez, comprendí
que nos había dejado dormir y que se había ido a correr, tal y como hacía
todas las mañanas. Junto a mí, Laura, su ayudante seguía profundamente dormida.
No queriendo perturbar su sueño, me levanté y me fui a preparar
el desayuno. Ya en la cocina me puse a pensar en lo ocurrido la noche anterior
y en como la actuación de un ex novio, nos había puesto en bandeja a esa
espectacular rubia. El muy cretino al montarle un espectáculo, había provocado
la reacción violenta de Manuela y por alguna razón que todavía no alcanzaba a
comprender, Laura había visto en su jefa, no solo a una amiga sino a alguien a
quien aferrarse. El resto fue consecuencia de eso, una vez en nuestra casa se
había dejado llevar y había terminado compartiendo cama con nosotros dos, sin
importarle que fuéramos madrina y sobrino.
“Tiene que ser bisexual desde antes”, me dije al analizar la
facilidad con la que había permitido que una mujer le hiciera el amor.
Estudiando en mayor profundidad la reacción de esa rubia, caí en
la cuenta que había algo que no cuadraba. Era como si esa mujer hubiera cedido
voluntariamente el control de su vida dejándolo en otras manos. Aunque no tenía
duda que gran parte de su voluntad se la había entregado a Manuela,
no estaba seguro de cuál era el papel que Laura me tenía asignado.
No tardé en conocerlo porque estaba sirviéndome un café cuando
la vi en por la puerta, todavía desnuda.
-¿Puedo pasar?- preguntó sin atreverse a entrar.
Su absurda pregunta me dejó intrigado pero fue al darle permiso
cuando me confirmó que esa hembra necesitaba sentirse protegida:
-No tienes idea del susto que me pegué al despertar y ver que no
estaban. Pensé que los había decepcionado.
La tristeza que rezumaba su confesión era muestra clara de la
urgencia que tenía por ser aceptada. Comprendiéndolo, le contesté:
-Para nada, princesa. Manuela ha salido a correr y yo te
vi tan dormida que no quise molestarte.
-Ah- suspiró aliviada y cayendo entonces que estaba en pelotas,
preguntó con tono lastimero: -¿Me podrías dejar una camisa? No encuentro mi
ropa, tu madrina debe haberla echado a lavar.
Muerto de risa, respondí que por supuesto pero que era una pena
que se tapara porque así, desnuda, la encontraba fascinante. Mi contestación era
solo una broma pero cuando le entregué lo que me había pedido, me preguntó:
-Entonces, ¿Me la pongo? ¿O prefieres que siga en pelota?
Tardé unos segundos en asimilar que estaba esperando que mi
resolución y al terminarlo de entender, soltando una carcajada, me acerqué a
ella y se la puse yo mismo.
-Gracias- dijo mientras dos pequeños bultos bajo la tela,
delataban que por alguna razón estaba excitada.
Al percatarme de ello, decidí confirmar mis sospechas y tras
coger una tijeras de un cajón, me senté en una silla y la llamé diciendo:
-Ven, preciosa.
La rubia se acercó de inmediato a donde estaba y quedándose
quieta esperó a ver que deseaba. La sumisión que demostraba, me permitió coger
la camiseta y dándole un par de cortes, abrirla por delante para acto seguido
hacer un nudo, de forma que sus pechos quedaban al aire. Satisfecho, le regale
un pellizco en uno de sus pezones, diciendo:
-Me gusta verte las tetas, putita.
Mi dura frase, lejos de molestarla, la hizo sonreír y entornando
sus ojos, me preguntó si sabía que quería ella de desayuno. Su
coqueteo fortaleció mi impresión de que Laura deseaba sentirse usada y
tratando de averiguar sus límites, señalé mi entrepierna diciendo:
-¡Claro!, zorrita, ¡Desayuna!
La alegría que demostró al arrodillarse a mis pies y bajarme el
calzoncillo para liberar mi miembro, me hizo saber que me había quedado corto y
que esa policía era una sumisa en potencia. Laura, sin esperar ninguna otra
orden, se apoderó con sus manos de mi miembro.
-Con la boca-
-Sí, amo-, me respondió sacando su lengua, y recorriendo
sensualmente toda mi extensión.
Al escuchar como se había referido a mí ya no me quedo ninguna
duda y cogiéndola del pelo, forcé su garganta al introducir mi pene por
completo dentro de ella. La rubia que deseaba ese trato, se lo sacó
lentamente para acto seguido volvérselo a meter, y repitiendo la operación
consiguió hacerme sentir que la estaba penetrando en vez de estar recibiendo
una mamada. Que esa mujer era fogosa ya lo sabía pero que era tan experta
mamando fue una novedad pero aún más que mientras usaba la garganta como un
coño, esa mujer rozando su sexo contra uno de mis pies, se masturbara en
silencio.
Totalmente concentrada en su labor, su cara era todo lujuria.
Con los ojos cerrados, parecía estar concentrada en disfrutar de la sensación
de ser usada oralmente.
-¿Te gusta que te manden?- pregunté.
-Sí- reconoció con satisfacción.
Su respuesta me hizo recapacitar sobre su verdadera
personalidad. Aunque la conocía muy poco, Manuela me había contado lo servicial
que era con ella. Entonces me percaté que de algún modo esa vena sumisa había
estado siempre presente en su vida y que habiéndolo descubierto, mi madrina y
yo nos aprovecharíamos de ello.
Mientras planeaba mis siguientes pasos, la rubia seguía buscando
mi placer. Acariciándole la cabeza, dejé que incrementara el ritmo.
Me encantó, la forma tan sensual con la que se lo metìa. Usando una técnica
desconocida por mí, Laura ladeaba su cabeza para que mi glande rebotase en sus cachetes
por dentro, antes de incrustárselo.
La propia excitación por sentirse esclava la hizo correrse antes
de tiempo, pero aunque su cuerpo se estaba viendo asolado por el placer en
ningún momento dejó de masturbarme. Su clímax fue la gota que faltaba para
derramar mi vaso y explotando dentro de su boca, me corrí. Al sentir mi semen
contra su paladar, profundizó su mamada, estimulando mis testículos con
las manos para prolongar mi orgasmo.
-¡Dios! ¡Qué rico!-, dijo feliz al sacar mi maltrecho pene
de su boca.
Su lujuria me dio la idea y levantándola del suelo, le ordené:
-Date prisa que nos vamos de compras…
Un uniforme de criada para Laura.
Según mis cálculos tenía apenas media hora para que Manuela volviera
de su paseo pero justo cuando salíamos por la puerta, me llamó diciendo que se
había encontrado con unos amigos y que no llegaría antes de comer. Al oírla, me
alegré porque me daba tiempo de preparar adecuadamente su sorpresa pero antes
de colgar, le pregunté qué quería que hiciera con su ayudante:
-Cogetela, tantas veces quieras-contestó.
Aunque había supuesto permiso, que me lo diera me alegro porque
así no podía luego quejarse y azuzando a nuestra nueva amante, la saqué de la
casa rumbo a una tienda que conocía. Ya en la calle, Laura me preguntó dónde
íbamos y sabiendo que le iba a gustar, contesté:
-A un sex shop. A comprarte un uniforme y unos cuantos juguetes.
No pudo evitar que una sonrisa iluminara su cara y más cuando le
conté mi plan.
-¿No se enfadará tu madrina?
-Para nada- respondí- estará encantada de estrenarse como
dominante contigo.
La seguridad con la que le respondí, la tranquilizó y
afortunadamente para mi bolsillo, no solo estuvo de acuerdo con cada una de
nuestras compras sino que incluso las pagó de su bolsillo. Para no haceros el
cuento largo, una vez en ese local, elegimos un sensual disfraz de
criada, un antifaz, un par de consoladores, una fusta e incluso un arnés doble
con el que Manuela se la tiraría.
-Tienes suerte. No has tenido que comprar esposas- en tono
jocoso, le solté aludiendo al oficio de ambas.
Para entonces, Laura estaba hecha un flan. Todo su cuerpo
tiritaba de emoción por las ganas de recibir a su jefa, vestida de esa forma.
Al retornar al apartamento, quiso que la usara aún antes de cerrar la puerta,
pero yo tenía otros planes y sacudiéndome de su abrazo, la obligué a irse a
vestir con la ropa que habíamos comprado.
No tardó en volver y cuando lo hizo, le ordené que me modelara:
¡Estaba preciosa vestida así!
Satisfecho, observé que su belleza quedaba realzada en ese
uniforme de raso negro. Totalmente ajustado, sus pechos parecían a punto de
salir de su encierro y si a eso le añadíamos, la diminuta minifalda y las
medías de encaje, no me quedó más remedio que admitir que la cría estaba
buenísima. Mi propio pene me traicionó bajo mi pantalón.
El morbo de pensar en lo que diría mi madrina cuando descubriera
que en su ausencia había descubierto que su ayudante, era una sumisa y que para
colmo habiéndola aceptado así, la había ataviado con ropa que fuera acuerdo a
su nueva condición, me excitó. Reconozco que estuve a un tris, de estrenar su
indumentaria pero pensando en Manuela, decidí esperar y que fuera ella quien lo
hiciera.
El único lujo que me di fue llamarla a mi lado y bajándole las
bragas de encaje, embutirle dos consoladores, uno en su coño y otro en su culo.
No os podéis imaginar el grito de alegría que Laura, la comisario de policía,
pegó cuando descubrió teniéndolos dentro que se manejaban a control remoto. Encendiéndolos
a tope, le ordené que ordenara la casa mientras yo me iba a estudiar. Aun así y
desde mi habitación, escuché los gemidos callados con los que la mujer
reaccionaba al placer que estaba sintiendo. Descojonado, pensé:
“Cuando llegue mi madrina, esta zorra estará en celo”.
Mi madrina aparece y se lleva una sorpresa.
Tal y como planeé, la pobre de Laura estaba que se subía por las
paredes. Habiéndole prohibido que se corriera, sentìa su cuerpo en ebullición y
encima al acercarse la vuelta de su jefa, incrementaba aún más su turbación.
Incapaz de soportar más esa tortura, se acercó a mi cuarto pidiendo que la
liberara. Confieso que me encantó verla entrar y postrarse a mis pies, rogando
que le permitiera llegar al orgasmo.
Aunque me dio pena, me comporté por primera vez como un
siniestro amo y despidiéndola de malos modos, le contesté:
-Ni se te ocurra correrte. Debes tener el coño y el culo
ardiendo cuando llegue tu dueña.
Casi llorando y aceptando su destino, salió de mi habitación con
paso tembloroso. Afortunadamente para ella, Manuela no tardó en llegar. Nada
más escuchar que metìa las llaves en la puerta, me levanté a contemplar su
reacción. Como anticipé, mi madrina se vio sorprendida cuando su amiga la
recibió vestida de criada. Sin saber a qué atenerse, me miró. Supe que
tenía que hacer y por eso le ordené a Laura que la descalzase. La rubia al
escucharme se arrodilló ante su jefa y tratando de ser aceptada, le quitó los
zapatos ante la perplejidad de la recién llegada.
-¿Y esto?- muerta de risa, preguntó.
-Ayer sin saberlo, adoptaste a una cachorrita sin dueño-
respondí- Laura me ha pedido que consintamos en ser sus amos.
Soltando una carcajada, dejó su bolso en una silla y
dirigiéndose a su nueva sumisa, le soltó:
-Vengo cansada, así que prepárame un baño.
Laura no pudo retener su sonrisa al asumir que la había aceptado
y en silencio, se fue a cumplir su cometido. Aprovechando su ausencia, le
expliqué a Manuela cómo me había enterado de la condición de Laura. No dijo
nada al respecto hasta que le expliqué que la había mantenido calentita con dos
consoladores incrustados hasta que ella apareciera, entonces y con tono de
guasa, quiso averiguar donde estaban los límites:
-Eso lo tendremos que averiguar con la práctica, pero ahora te
aconsejo que goces de esta oportunidad y te des un baño.
-¡Eso haré!- me contestó dejándome solo.
Como no tenía otra cosa que hacer, me metí en internet a
averiguar lo más posible sobre dominación y por eso la media hora que tardaron
en salir, pasó volando. Estaba enfrascado leyendo una web de BSDM, cuando
escuché que mi madrina me llamaba desde el salón. Al llegar, observé que mi madrina
llevaba únicamente un coqueto picardías de encaje de color negro y que
arrodillada a sus pies, estaba Laura.
Al verme entrar, me pidió que me sentara y quería que viera pero
no participara. Aceptando de inmediato su sugerencia, me senté en una silla.
Satisfecha se dio la vuelta y empezó a explicar a su sumisa las reglas básicas,
diciendo:
-Gatita, quiero que sepas que acepto ser tu dueña. Te dominaré y
enseñaré tu nueva vida, en la que encontrarás seguridad y felicidad.
-Lo sé, ama- dijo interrumpiéndola.
Le dio una suave bofetada por cortar su discurso, tras lo cual,
encendiendo una vela, le explicó:
-Como es tu primera vez, si te sientes mal o quieres que paré,
dime “apaga la vela” y pararé. No vale decir “no quiero seguir” o “para, por
favor” porque sería desobedecerme y tendría que castigarte. ¿Has comprendido?,
gatita.
-Sí, ama- respondió con un brillo en los ojos que no me pasó
desapercibido. Se notaba que Laura deseaba que empezara pero no se atrevió a
decirlo.
Su dueña, entonces la obligó a levantarse y mientras la colocaba
de pie junto a ella, le dijo:
-Para ser una buena putita, tendrás que esforzarte. Harás
siempre lo que yo te diga- y sacando una fusta, prosiguió diciendo: -Los
castigos son imprescindibles para enseñarte. Cuando hagas algo mal, recibirás
una reprimenda.
Habiéndola aleccionado, le ordenó que se desnudara lentamente
porque quería disfrutarla. Asumiendo que era un examen, Laura se fue
desabrochando el uniforme mientras trataba de descubrir, si le gustaba a su ama
lo que estaba haciendo.
-Date prisa, gatita- Manuela le gritó.
Su ya sumisa obedeció quitándose el resto de la ropa mientras no
perdíamos ojo del sensual modo en que lo hacía. Reconozco que yo al menos me
excité al contemplar a la rubia en pelotas. En cambio, Manuela al ver que ya
estaba desnuda, se puso a su lado y con gesto displicente, le alzó la cara
mientras le decía:
-Voy a examinarte como el ganado que eres- tras lo cual, sopesó
sus pechos como si intentara averiguar el peso.
Laura emitió un suspiro al sentir un duro pellizco en sus
pezones.
-No están mal pero los
he visto mejores- le informó con desgana su nueva dueña.
La rubia como pidiéndome ayuda, me miró preocupada por la falta
de entusiasmo que mostraba Manuela. Al no recibirla, se quedó callada mientras
mi madrina seguía valorándola como mercancía.
Tomándose su tiempo, con los dedos recorrió la distancia entre
los senos y el ombligo su sumisa. Sus maniobras habían comenzado a afectar a
Laura. Me dí cuenta de ello al observar que su respiración se agitaba y que sus
areolas se habían contraído.
“Está excitada”, pensé desde mi asiento.
Para entonces la mano de mi madrina acercaba a su sexo. La rubia
pensando que así facilitaba la tarea, abrió sus piernas, pero entonces
sintió un azote en su trasero.
-No te he dicho que te muevas- le recriminó con tono duro su
jefa y dando por terminada su exploración, le dijo:- Apóyate sobre la mesa y
separa tus nalgas.
La muchacha obedeció de inmediato, dejando que mi madrina
observara su ojete dilatado por haber llevado durante horas un consolador
incrustado en él. Fue entonces cuando mientras le metía un dedo en su
entrada trasera, le dijo:
-Repite conmigo: Soy su gatita y haré lo que usted quiera.
Con enorme alegría Laura
repitió:
-Soy su gatita y haré lo que quiera.
Satisfecha por su respuesta, Manuela preguntó sin dejar de mover
sus yemas en el interior de su sumisa a modo de premio:
-¿Te gusta ser mi gatita?
-Sí, ama. Me encanta ser su gatita y haré lo que usted quiera.
Siguiendo la lección, mi madrina le obligo a tumbarse en la mesa
boca arriba y llamándome a su lado, le dijo a su sumisa:
-No digas nada y no te muevas. Tienes prohibido excitarte.
Tras lo cual, me pidió que la ayudara a ponerla cachonda. No
tuve que ser muy inteligente para comprender su juego. Manuela quería que la
rubia le desobedeciese para así tener un motivo para aplicarle un castigo.
Aceptando mi papel, comencé a darle besos y lengüetazos por todo el cuerpo
mientras su dueña le decía al oído:
-Verdad que te apetece que esta noche te ponga a cuatro patas y
mientras mi sobrino te folla, yo meta la lengua en tu coño y saboreé lo puta
que eres.
-Si, ama. Me apetece.
-Te estás poniendo caliente y te lo he prohibido- le recriminó
pegándole un duro azote en uno de sus muslos.
Al haberla cogido desprevenida, la rubia pegó un chillido pero
rápidamente se repuso diciendo:
-Lo siento, ama. No volverá a ocurrir.
La respuesta le satisfizo y pegándole un último azote, le
preguntó:
-¿Quién eres?
-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.
Entonces, pegándole un mordisco en los labios, la besó diciendo:
-Estoy orgullosa de ti. Ahora disfruta- tras lo cual, la levantó
de la mesa y llevándola hasta su cama, me miró y dijo:-¡Hazla gozar! ¡Se lo ha
ganado!
Sin llegarme a creer todavía mi suerte, decidí comprobar
hasta donde llegaba mi función y cogiendo a Laura la puse a cuatro patas encima
de las sábanas. La visión de ese espectáculo de mujer esperando ser usada, me
excitó pero recordando a mi madrina, le pregunté:
-¿Te parece que me la folle mientras esta puta te chupa el coño?
Manuela descojonada, se tumbó en la cabecera de la cama y
separando las rodillas, puso al alcance de la boca de la rubia su coño. Laura
comprendió de inmediato lo que querían sus amos y sacando la lengua, comenzó a
recorrer con ella los pliegues de su dueña. Valorando su estricta obediencia,
me permití cogí mi pene y se lo metí hasta el fondo.
Como estaba sobre calentada, no me sorprendió encontrarme su
chocho encharcado. Decidido a usar mi nuevo poder, empecé a cabalgarla
mientras le ordenaba que usara sus dedos para dar placer a su jefa. La rubia
quizás estimulada al sentir mi miembro en su interior pegó un grito y con mayor
énfasis, reanudó la comida de coño.
-¡Me encanta ver cómo te la follas a nuestra gatita!- aulló Manuela
y para profundizar en la sumisión de su ayudante, me pidió que quería ver como
azotaba su culo.
Complaciendo a mi madrina y con un sonoro azote, azucé el ritmo
de la rubia. Laura al sentir mi dulce caricia en su nalga, aceleró la velocidad
con la que degustaba el sexo de su ama. El ruido que hacía mi pene al entrar y
salir del chocho de nuestra sumisa me convenció de que esa mujer estaba
disfrutando del duro trato y soltándole otra nalgada, le prohibí correrse antes
que su dueña.
-No lo haré, ¡Amo!-chilló dominada por la pasión.
Los gemidos de Manuela me revelaron que no iba a tardar en tener
un orgasmo y deseando que Laura fallara, aceleré el compás de mis
penetraciones. Como en ese momento yo estaba ejerciendo de amo, me tocaría a mi
aplicar el castigo y por eso, con mayor rapidez, acuchillé su interior con mi
estoque. Afortunadamente para la rubia, mi madrina no pudo más y pegando un
aullido, se corrió sobre las sabanas.
“Otra vez será”, me dije sabiendo que tendría que esperar otra
ocasión para ejercer de estricto dueño de esa muchacha.
Laura al percatarse y saborear el éxtasis de su dueña, se dejó
llevar por la tensión acumulada y moviendo su culo, se corrió mientras
recogía con su lengua el flujo que brotaba del sexo de Manuela.
Fue entonces cuando la comadre de mi madre, completamente
dominada por el deseo, se levantó y quitando de un empujón a su sumisa, me
pidió que me tumbara. Con mi polla tiesa, obedecí. Mi entrega, satisfizo a mi madrina
que poniéndose a horcajadas, se empaló lentamente con mi miembro. La lentitud
con la que embutió mi pene en su interior, me permitió sentir como se abría
camino entre sus pliegues.
-¡Me encanta!- aulló al notar que la rellenaba por completo.
Para entonces, Laura pidió permiso a su dueña para chuparle los
pechos. Al escuchar que se lo daba, se abalanzó sobre ellos. Al sentir los
labios de la sumisa en sus pezones, dio inicio a un desbocado galope sobre mi
polla. Ensartándose sin parar, mi madrina buscó nuevamente su
placer.
Al ver sus pezones rebotando arriba y abajo al ritmo de su
cabalgar, me terminó de excitar y cogiendo a Manuela, la cambié de postura y
poniéndola a cuatro patas, la ensarté con fiereza y usándola como
montura, imprimí a mis caderas un ritmo brutal.
-¡Sigue! ¡No pares!- berreó mi madrina.
Esas palabras me azuzaron y acelerando el compás de mis caderas
al límite, machaqué su interior con mi verga. Ya notaba los primeros síntomas
de mi orgasmo cuando, al levantar la cara, vi a Laura masturbándose en un
rincón del colchón. El morbo de saber que le excitaba ver cómo me follaba a mi madrina,
me terminó de desbordar y pegando un grito, eyaculé en el interior del sexo
de su dueña. Agotado me dejé caer sobre la cama con Manuela a mi lado.
Durante largo tiempo, estuvimos descansando del esfuerzo. Una
vez repuestos, nos íbamos a levantar cuando de pronto vimos entrar a Laura con
un regalo:
-¿Es para mí?- preguntó mi madrina.
-Sí, ama. Su sobrino lo compró esta mañana.
La curiosidad es la perdición de toda mujer y por eso,
rápidamente lo abrió para descubrir en su interior, el arnés doble que habíamos
adquirido en el sex shop. Guiñándome un ojo me dio las gracias y mientras se
colocaba el artilugio, sonriendo, le soltó:
-¿Te gustaría que tu ama te tomara por detrás?
Con sus ojos inyectados de deseo, Laura respondió que sí. Al oír
Manuela su respuesta, soltó una carcajada y acercándose a ella, le dijo:
-¡Te va a doler!
La rubia, sonriendo le contestó:
-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.
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